El mensajero caminante

 

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Raúl saborea el pan como si fuera el manjar más delicioso del mundo, comiéndose hasta las boronas que caen sobre la mesa de madera. 

Doña Rosa le sirve otro vaso de agua, esperando pacientemente a que el mensajero esté listo para hablar. Los segundos parecen eternos.

-Viene una tormenta, será mejor que pase la noche aquí. 

-Fuerte?

-Tres días y tres noches. Puede dormir en el sofá. Hay mucho que hacer por aquí y me caería bien la compañía. Además, se ve que le caería bien un descanso. ¿Cuánto lleva caminando?

-Dos lunas  

-Voy por la ropa de cama

-Gracias. 

Los retumbos de un trueno sacuden suavemente aquel hogar de madera.

Doña Rosa nunca se equivocaba en cuanto al tiempo. La vieja parecía tener una extraña conexión con la naturaleza que cualquier marinero hubiese envidiado, pero nunca un marinero llegó a conocerla. En el corazón del antiguo bosque en un valle rodeado de montañas se escondía su cabaña. Pocos llegaron a verla y muchos menos podrían decir que la conocen.

Raúl la conoció una noche muy parecida a esta, en este mismo lugar, y nunca olvidará lo que fue llegar hasta allí esa primera vez. Fue hasta el tercer día en el bosque que se dio cuenta que algo lo seguía. A la luz de la luna pudo ver la silueta del oso bebiendo agua del lago colina abajo. Esa noche hizo una fogata y durmió al alcance de las ramas encendidas, solo por si acaso… 

Así pasó las nueve noches que le siguieron, con el oso siguiéndolo o acompañándolo, todavía no estaba seguro. Una cosa sí sabía, no había nada que temer de ese oso, parecía ser lo único que no le asustaba de aquella tierra tan extraña. El día que no vio más al oso fue el día que llegó a la cabaña. 

Desde ese primer viaje siempre había sido así, cada vez que venía a este terrible lugar.

 

La vieja tiró unas pesadas mantas y una almohada sobre el largo sillón y Raúl supo que venía nieve.

Doña Rosa sabía que el mensajero dormiría al lado de la chimenea, pero igual le ofrecía siempre el sillón.

-Alejandro ha decidido cruzar. Ya sabe usted lo que quiere.

-Pues a buena hora se decide, poco tiempo le quedaba. ¿Tiene el pergamino?

Raúl extrajo de su viejo bolso dos rollos de pergamino, uno con un lazo rojo que contenía el mensaje y uno con un lazo negro para la respuesta de la vieja, un tintero de vidrio con tapa de corcho lleno de tinta negra, y una pluma resplandeciente ante la luz de las llamas.

-Ha enviado esto también. -dijo poniendo un pesado libro sobre la mesa

A Doña Rosa le brillaron los ojos por un instante fugaz y luego su cara se llenó de nostalgia como se había llenado de arrugas, casi imperceptiblemente.

-Sí gusta se lo puedo leer, ya veo que no podremos salir y sería un placer compartirlo con usted. Además, este nunca lo he leído. -dijo mientras veía caer los primeros copos de nieve que se acumulaban en el marco por fuera de la ventana.

Ver, Sentir

 “Caras vemos, corazones no sabemos…”

Es otro dicho seguramente mucho más profundo de lo que jamás he imaginado.

Superficialmente parece fácil de entender y muy cierto. Siempre lo he interpretado como que vemos la cara o “fachada” que las personas nos muestran, pero no sabemos sus verdaderas intenciones.

Ahora empiezo a creer que el corazón no se ve, se siente. La cara no siempre lo refleja y mientras sigamos enfocándonos en ver caras, difícilmente sabremos los corazones.

Tal vez, si dejamos de ver caras y empezamos a sentir, corazones sabremos…

Empezar

“Comer y rascar, todo es empezar.”

Eso me dijo Tía Cecilia una vez hace mucho tiempo y como la mayoría de los dichos de los abuelos, venía cargado de sabiduría.

Hoy me pregunto una vez más: ¿Por qué me cuesta tanto hacer lo que quiero?

Pienso en disciplina y me pongo a leer viejos escritos cuando de repente me acuerdo del dicho de Tía Cecilia. Me doy cuenta que aplica también para escribir, y posiblemente para todo…

¿Será, que todo es empezar?