Sueños de luz

Respiré hondo y de repente todo se desvaneció en una blanca niebla que invadió todos mis sentidos.

Entre la niebla pude ver luces donde antes estaban las lápidas y me dirigí hacia ellas. La más cercana era una tenue luz amarilla que me llenó de recuerdos de mis abuelos. Al llegar a ella pude ver, como si estuviera asomándome por una ventana, a Don Melchor. Un señor alegre de pelo y barbas blancas que se deleitaba creando paisajes y arreglando diminutos trenes en su ático de madera. Una luz verde llamó mi atención y floté entre la niebla hacia ella. Sentí el amor de la naturaleza y pude ver una hermosa mujer con largo cabello rojo y piel aceituna danzando en una jungla llena de vida. Poco a poco percibí la profunda paz de una luz blanca entre la niebla y me dejé llevar hacia ella. Flotando en el vacío del espacio había un ser en la posición de loto, con las manos abiertas sobre sus rodillas. De su corazón emanaba en todas direcciones una luz blanca que despertaba la paz en todo lo que tocaba. Sentí en mi pecho la paz más pura, profunda e inalterable. Al bajar la cabeza vi el brillo de mi propio corazón.

Levanté la mirada y no había niebla, no había luces, no había nada, pero la paz, estaba en todas partes.