Mañana

Tres Ríos, Costa Rica

Mañana quiero ir a algún lugar con buena vista, podría ser el Irazú, o tal vez me vaya para Turrialba a ver qué hay… Tal vez llegue a un lugar nuevo, que para mi hoy no existe. Que bueno ir a Turrialba para ir a un lugar nuevo, o por lo menos al que no voy casi nunca. “Tranquilos, tranquilas, creo que sí he ido pero no me acuerdo… Ah! Bueno ya me acordé, fijo he ido porque una vez fuimos a tomarnos unos “chots” a Chichís Turrialba, o Charlies? Creo que era Charley’s. No sé, pero por ahí anda la vara. Algo nuevo me encantaría, disfruto caleta conocer lugares nuevos.

Me llevo el libro de pájaros y los binóculos. Sin prisa, estoy ahí solo para disfrutar lo que vaya pasando, como un viajero? Como un yo no sé qué. No tengo ningún horario que seguir, ninguna meta que cumplir, ninguna expectativa interna o externa, nada que me apresure o me presione a seguir ningún camino. Voy libre. Voy porque quiero. Voy por donde voy. Voy.

Vamos parando todo el tiempo para tratar de identificar pájaros y nos agarra un hambre tremendísima a pesar de las frutas y cosas que nos hemos ido comiendo en el camino. Por dicha llevamos unos sanguches con pan fresco y aguacates buenísimos preparados en la casa.

Vamos hasta donde podemos con el carro y ahí lo dejamos. Agarramos todo y caminamos. Nos adentramos más en la montaña, conectándonos con todo, con nosotros mismos, agradecemos y aceptamos el cariñoso abrazo de la “Madre Naturaleza”, “deh Patcher Madder,” la “PachaMama”. Le damos nuestro cariño. Directo. Vivímos.

Llevamos las macas, yo llevo para prestar un par. Paramos un toque en un claro y nos tiramos sobre el pasto a comernos una fruta y garrobeamos un rato, recibiendo el sol para calentarnos. Nos echamos una deliciosa siesta y nos despertamos revitalizados, despertando entre el canto de los grillos y las nubes que pasan volando en el cielo azul, azul profundo.

Recorremos bastante terreno y a la hora de la tarde con buena cobija y o “sleeping” y con un buen café negro, chorreado ahí mismo con agua “casi hirviendo” del termo Primus, nos tiramos a ver qué pintarán los abuelos del universo en el cielo al atardecer.

Poco a poco se oscurece y se desvanece el telón. Comienza el espectáculo del cosmos. Nos rendimos ante el cansancio y dejamos caer los cuerpos en las hamacas, las almohaditas son un regalo divino para el cuello. Respiramos el momento con ojos cerrados y al abrirlos abrimos una ventana hacia la inmensidad del espacio. La luna, que hoy parecía tener una sonrisa escurridiza, como la del gato en Alicia, que flota y se desvanece en el País de las Maravillas, ya se ha ido y brillan más fuerte los astros, formando siempre nuevas constelaciones. Un chocolate amargo cruje cuando lo quebramos para compartirlo y vuelve a crujir cuando lo masticamos. Delicioso. Las estrellas se ven increíbles. Nos absorbe el borde de la galaxia. Y, de ahí a aquí, de aquí a ahí, no hay nada. Nos vemos mañana, a ver qué dicen los abuelos…  A ver qué decís vos…