Sueños de luz

Respiré hondo y de repente todo se desvaneció en una blanca niebla que invadió todos mis sentidos.

Entre la niebla pude ver luces donde antes estaban las lápidas y me dirigí hacia ellas. La más cercana era una tenue luz amarilla que me llenó de recuerdos de mis abuelos. Al llegar a ella pude ver, como si estuviera asomándome por una ventana, a Don Melchor. Un señor alegre de pelo y barbas blancas que se deleitaba creando paisajes y arreglando diminutos trenes en su ático de madera. Una luz verde llamó mi atención y floté entre la niebla hacia ella. Sentí el amor de la naturaleza y pude ver una hermosa mujer con largo cabello rojo y piel aceituna danzando en una jungla llena de vida. Poco a poco percibí la profunda paz de una luz blanca entre la niebla y me dejé llevar hacia ella. Flotando en el vacío del espacio había un ser en la posición de loto, con las manos abiertas sobre sus rodillas. De su corazón emanaba en todas direcciones una luz blanca que despertaba la paz en todo lo que tocaba. Sentí en mi pecho la paz más pura, profunda e inalterable. Al bajar la cabeza vi el brillo de mi propio corazón.

Levanté la mirada y no había niebla, no había luces, no había nada, pero la paz, estaba en todas partes.

 

Invierno

El invierno parece tímido al inicio. Llega cauteloso durante las noches, abrigado por el silencio y protegido por la oscuridad. En la mañana todo está sutilmente más blanco, más quieto, más frío.

La nieve comienza a aparecer en los picos de las montañas alrededor y a lo lejos fortalece su presencia en las blancas cimas adonde se retiró durante el verano. Poco a poco las nevadas se atreven a salir a la luz del sol, pero siempre cerca de la noche. Mágicos amaneceres y atardeceres en los que blancas plumas de hielo flotan suavemente hacia la tierra en la luz dorada de la transición.

A todo esto la nieve viene lentamente bajando las montañas, cubriendo cada roca llega a la línea de árboles y los empieza a vestir de blanco. Se acerca casi imperceptiblemente, hasta llegar al pie de las montañas y colinas que rodean el pueblo.

Pasan los días y nada parece cambiar.

En eso, un día empieza una nevada que persiste día y noche y el invierno toma confianza.

Todo es blanco.

Solo el pequeño pueblo mantiene su calor y se resiste al vestido blanco, pero la nieve está todo alrededor y se derrite apenas en sus límites, adonde espera paciente la inevitable marcha de la naturaleza.

El invierno avanzará lentamente, hasta cubrir todo el pueblo, reduciendo el calor a cada casa, a cada hoguera, a cada corazón.

Todo se retira hacia su centro mientras afuera el invierno se extiende y se expande, cubriendo todo con una capa de nieve, paz y tranquilidad.