La zopilota

El sendero se ha puesto morado, cientos de flores han bajado de los árboles para compartir con nosotros y su dulce aroma me llena de alegría.

Esta alfombra de diminutas flores convierte mi día en un cuento de hadas… Y es que la magia está por todas partes, si abrimos los ojos, la mente y el corazón.

Sigo caminando descalzo hasta adonde el sendero cambia de piel y viste el café de la tierra con un toque más claro de hojas secas de palmera y de vez en cuando una joya de piedra de río.

Entre mar y jungla veo en el camino una pequeña culebrilla negra, pero sigo subiendo la mirada de la cola y sigue y sigue y sigue, haciéndose gorda y brillante por más de dos metros hasta adelgazar un poco justo antes de terminar en su cabeza manchada de amarillo claro. Se desliza lentamente, casi vagabunda disfruta el sol mañanero y en silencio desaparece entre la maleza sin dejar más rastro que el de mi boca abierta.

Magia marina

Roatán, Honduras

Nos ponemos los fríos neoprenos y caminamos por la oscuridad al bote donde nos espera Capi con todo el equipo de buceo junto al muelle. Nos sentamos después de haber revisado todo el neceser y navegamos la noche bajo la lluvia. Las únicas luces vienen de la isla, nuestros focos, y una lucecita que cuelga del frente del techo del bote, un hilo blanco de LED que cae y alumbra en chispazos.

Llegamos al sitio y nos tiramos hacia atrás en la negra mar. Prendemos los focos y bajamos por la línea de la boya hasta el fondo. Nuestras pequeñas linternas alejan solo un pelo la insondable oscuridad que nos envuelve y así nos vamos, a explorar la noche submarina.

Un gran lenguado de extraños ojos roza el fondo de arena, se detiene, sacude un arenero y desaparece sin dejar rastro.

En el arrecife todo parece tranquilo y más quieto que nunca. Los peces se ven escondidos entre cuevas como señoras en un barrio tras caer el sol. Algunos curiosos azules asoman un ojo por la ventana queriendo ver que pasa afuera mientras un pez gallo duerme plácidamente. Erizos tantean la noche con sus espinas y morados abanicos bailan dormidos con la corriente. Las langostas patrullan las rocas, acorazados espinosos de brillosos ojos rojos. Algunos peces como el ardilla y otros noctámbulos de inmensas pupilas andan todavía merodeando por ahí, afuera de las casas.

Fascinados nos adentramos en el abismo hasta que llegamos a un parche de arena donde nos arrodillamos en círculo y apagamos todos los focos.

Tinieblas.

Quietud.

 

Poco a poco se acostumbra la visión.

Tiras de perlas blancas fantasmean a la distancia,

todo alrededor brillan extrañas formas de luz.

Al moverse el plancton explota en azul.

 

Hay luz en la oscuridad…