En tren de Mughalsarai a Bodh Gaya

India

La fuerza de Banaras es fuerte y no me quiere dejar irme. No hay trenes, tengo que agarrar uno de una ciudad vecina, Mughalsarai. Ahí podré enrumbarme vía Gaya hacia Bodh Gaya, el lugar donde el Buda se iluminó debajo del árbol.

Me levanto a las seis y media de la mañana para salir con tiempo y aprovechar para bookear un hotel barato, pero el internet se fue desde ayer y mi ilusión de que hubiera vuelto en la mañana no se cumplió.

Camino unos 5 minutos entre los callejones y salgo a la principal donde me tratan de cobrar el doble pero encuentro un cycle rickshaw (bicitaxi) que me lleva por precio cercano al real. Una media hora en bici en el sol de la mañana está rico, antes de que se ponga infernal el horno mientras gira la tierra. Llego a la estación de tren y de ahí me voy en un jeep colectivo a Mughalsarai, conociendo en el camino a un hombre de familia que me dice viendo en su celular que mi tren tiene hora y media de atraso. Esto sería apenas una preparación o aviso de lo que vendría. 

Cuando compré el boleto me dijeron que el tren salía a las diez y media de la mañana y que era bien rápido, que duraba 3 horas a Gaya y de ahí era como media hora en tuk tuk hasta Bodh Gaya. 

Salió como una hora tarde y bien estrujado, con gente por todo lado. A pesar que era sleeper class yo llevaba gente encima y todo alrededor, en un momento hasta entrepiernada. Había por lo menos 5 personas en cada cama (supuestamente para una persona), un imposible enredo de zapatos y chanclas en el piso y bultos por todo lado (incluido el mío amarrado a las rejas de la ventana con un mosquetón para mantenerlo seguramente balanceado sobre la mesita donde lo podía ver y sin que fuera a caerle encima a nadie). Básicamente había como 25-30 personas en un espacio destinado para 4, bienvenido a India, bienvenido a compartir. Además de eso, en vez de durar tres horas duró como ocho. Las vistas fueron muy bonitas y también lo fue compartir con los locales. En el camino venden hirviente té, chai. Delicioso. Una experiencia muy linda, intensa como casi todo en India. Pasamos pueblos y campos y chozitas hechas de paja entre campos cafés y palmeras. Los ríos están secos. 

Cuando finalmente llego a Bodh Gaya me hago amigo de un local y hablamos un buen rato mientras comemos.

Javid me lo cuenta: “Two rivers. Dry.” Me cuenta de las cuevas en la montaña. Primero ofrece llevarme en su moto y después, cuando me pregunta si sé andar y yo le digo que más o menos, me dice que entonces me la presta, que él me explica el camino y después yo me la llevo, que los policías me dan derecho de vía por ser turista. Solo tengo que acordarme de manejar del otro lado de la calle y jugármela con el tráfico. Eso implica aprender a frenar controladamente, algo que nunca he tenido que hacer en Ometepe (una isla en el Lago de Nicaragua), el polo opuesto en población a la India y el único lugar donde he andado en moto (aparte de Copacabana en Bolivia), donde tampoco hay mucha gente y la única vez que tuve que frenar fue por una oveja en medio del camino. Logrando mantenerme del lado indicado de la calle y esquivando el resto del tránsito solo me quedaría subir en la moto por unas calles de piedra en la montaña tan empinadas que los tuk tuks no suben, y esos bichos suben por todo lado. Cuando llegue a las cuevas tengo que asegurarme de guardar la llave de la moto en la bolsa para que no me la roben los “monos blancos” quienes son muy agresivos según me cuenta Javid “the white monkeys.” Por eso no puedo llevar ni las llaves de la moto ni nada en la mano. Le pregunto a Javid qué pasa si me las quitan y me dice: “You can become monkey also and chase them and take it from them.” 

Suena como una buena aventura…

Si logro todo esto, puedo meditar en las cuevas donde meditó el Buda Gautama. 

Pura vida

Estancado donde se iluminó el Buda

Bodhgaya, India

Una vez más me pasa que me quedo estancado. Estancado demasiado tiempo en un lugar o situación que no me gusta, sabiéndolo desde el principio. Tal vez por vagabundo, tal vez por miedo, tal vez por no saber qué hacer, pero la cuestión es que me pasa demasiado.

Esta vez me quedé en un hospedaje donde casi nada funcionaba y por la ventana de mi cuarto entraban solo gritos, calor, humo y lo peor, un olor insoportable a mierda. Por 5 días.

De ahora en adelante, si estoy en un lugar que no me gusta me muevo. Aunque no sepa que hacer pero me muevo, ojalá para adelante, pero hasta para atrás es mejor que quedarse pegado en un mal lugar.

La vida es movimiento y fluidez, quedarse estancado lo pone a uno podrido. Hasta le pasa al agua, esta da todo para la vida, pero estancada se pone horrible. Así me puse yo, como perro enjaulado y amarrado y hambriento. Pero aprendí algo, aprendí mucho y también leí mucho libro y escribí y edité bastante.

Ya no más quedarme trabado en malos lugares y a dejar de vagabundear. No que tenga nada contra vagabundear pero si lo voy a hacer que sea en lugares tuanis.

Todo siempre fluye, aunque no parezca.

Pura vida

Bienvenido al laberinto

Cuentos del laberinto. 

Varanasi, India 

Una noche y casi medio día en tren, muy bonito dormir en tren. Los movimientos y pesados sonidos de hierro llevan a un pesado sueño.

Aprovecho para leer y pongo los bultos colgando como murciélagos de las cadenas que sostienen el camarote, para tener campo para dormir, con los pies salidos desde el tobillo. De vez en cuando siento quién pasa por el pasillo en la oscuridad.

—Benaras  —me dicen Yippi y Renu con el típico ruedo de cabeza Indio, confirmando que al fin hemos llegado.

Banaras. Benares. Banares. Le llaman por todos sus nombres, excepto Varanasi…

Salimos al calor de la calle y me monto en un tuk tuk que me hace preguntarme si me debería devolver de una vez, sabiendo que esto me atrapará un par de días más aquí, la pereza de la presa y del tuk tuk. Calor infernal. Mucho calor, casi no nos movemos y los necios bocinazos son incesantes. Chocamos con otro tuk tuk negro en el lento caos, se chollan ambos. Los conductores se vuelven a ver con desdén y cada uno sigue su camino.

Me bajo adonde termina la calle.

Entro al laberinto.

Respirar libertad.

Viajar entregado al camino.

Encuentro un mae en la calle que promete llevarme hasta el hotel donde pensaba ir, y a otro que es “mejor y más barato”. Veo los dos y el más barato tiene la vista más increíble. Me cautivó cuando subí a la terraza en la azotea.

Me veo a los ojos con la madre de La India, Ganga.

Un mae me enseña el cuarto y cuando abre la puerta del balconcito me sorprenden las rejas. Veo la jaula desde adentro. Estamos en un cuarto o quinto piso.

—Monkeys —me dice cuando ve mi cara.

Monos de ciudad que viven en las azoteas, brincan de una a otra, hacen lo que les da la gana. A veces parecen ser los verdaderos amos de la ciudad. Inhalo aire de aventura, me pongo el turbante y disfraz de rey (ropa elegante que me regalaron en India) y salgo mientras todavía sé dónde está la puerta.

Guías.

Un hombre en el camino ofrece enseñarme el lugar, promete no querer nada a cambio. Yo acepto la imposibilidad de su promesa. Sanyu.

Cuando me doy cuenta estoy rodeado de muertos. En ese momento me percato que estas no son fogatas y que después van a traer a la gente para quemarla. Los cuerpos ya están aquí. Fijándome bien veo que adentro de esas inmensas fogatas hay cadáveres ardiendo. Cuando Sanyu me decía que las batas indicaban si era hombre, mujer vieja o mujer joven, yo solo me fijaba en la gente alrededor del fuego, nunca me fijé en quién estaba en el fuego.

Vamos al fuego eterno, de donde prenden todas las otras piras.

—Ha estado quemando por más de 3 mil años… —me cuenta Sanyu.

Después de una rápida reverencia agarra un poco de ceniza y me toca la frente, bendiciéndome y deseándome buena vida para mí y toda la familia. Yo le deseo el doble y le toco la frente antes de volver a bajar al lado del río.

Por dicha pasamos a comprar chancletas antes (me compré unas negras bien bonitas, de cuero), porque las pantuflas recortadas de tiempos de hotel se sienten muy feas mojadas y la suela no les dura mucho más de una semana.

Un hombre se me acerca y me habla en secreto mientras Sanyu va a buscar un barco.

— ¿Qué haces andando con ese hombre? Cara negra, corazón negro. Ten cuidado… —me dice mientras veo en sus ojos sincera preocupación. Se esfuma apenas el otro se acerca.

Sanyu tiene la cara muy negra.

Pasamos por la pura orilla del Ganga, donde cada paso se hunde en la basura y más adentro, adentro donde el agua está limpia. Tomamos un poco.

Al atardecer vamos remando en “secret boat” Sanyu, el chiquito del barco y yo. Me llevan a ver la ceremonia del río sagrado. Un extraño magnetismo parece atraer a todos los barcos de alrededor hacia el Dashashwamedh Ghat, frente al cual se unen como gotas de mercurio convirtiendose en uno solo. Flotando en este vivo y vibrante muelle de madera presenciamos el Ganga Aarti. Sobre la piel de barcos caminan vendedores de todo tipo, como si fuera la calle. Me compro un chai y una vela para encender y soltar al río. Campanas suenan sin parar, mantras, fuego, inciensos, olor a sándalo.

Termina la ceremonia y al disiparse la energía la masa de barcos se esparce hasta desaparecer en la oscuridad. Nosotros vamos al desierto, un banco de arena fina al otro lado del río, donde revolotean toldos sobre palos de bambú. Tiendas que solo existen de día. Nos fumamos un beedie.

En el laberinto masticamos un bittel, es algo raro metido en una hoja verde…

Volver a la casa. Comer rico. Tomar té, escribir, bañar, leer, dormir. 

Monos en las rocas

Hampi, India

Levantarse temprano es darse un regalo.

Esto es evidente desde que huelo el café, y solo mejora cuando siento la frescura de un nuevo día en el aire de madrugada.

Poco a poco la luz se va poniendo perfectamente dorada.

Camino por la polvorienta calle de tierra entre los arrozales y palmeras en este mundo de rocas gigantes como si estuviera en un sueño.

Un martín pescador pasa volando, mostrando el increíble color turquesa de su espalda un instante antes de que aparezcan los franceses.

Pasamos descalzos sobre un montón de arroz que parecen estar secando en medio del camino.

A la derecha alza vuelo una bandada de semilleros en un remolino de plumas y aterriza en un campo vecino. Seguro se estaban comiendo el arroz de los campos. Una bandada de bandidos…

Seguimos por un sendero y vuelvo a ver las piedras a la izquierda. Hay un mono bien sentado encima de un búlder inmenso. Los franceses comentan que parece como que fuera humano, y no es cuento, si fuera menos peludo y un poco más grande perfectamente podría ser humano, y su pose no tendría nada de raro. Pero es un mono, y tranquilo nos ve pasar mientras otro atrás brinca de roca en roca, desapareciendo en el universo de piedra que es Hampi.

Nos ponemos a escalar. Es el momento perfecto. El piso es de granito y todo alrededor hay búlders dorados de todos tamaños. En las planicies se ven campos de arroz cafés entre verdes palmeras. A la distancia incontables montículos de piedras colosales. En medio de todo los antiguos templos se esconden a plena vista.

La luz del sol empieza a brillar sobre la pagoda más alta mientras un hippie que se hace llamar Cookie me cuenta que adentro de uno de esos templos hay un Ganesha gigante. Un Ganesha de más de cuatro metros de alto tallado de una sola roca, liberado de la piedra. ¿Qué más podrá esconderse en esas rocas cuando en una se encontró tal removedor de obstáculos?

Cookie se nos une y escalamos varios búlders, buscando siempre la sombra. Cuando el calor se vuelve insoportable nos despedimos, satisfechos y felices. Quedamos de vernos a las cinco de la tarde en la calle de tierra para ir a escalar el atardecer.

Cruzo el río sobre más piedras herculeanas y entro al templo principal por la puerta lateral. Es increíble, toda su superficie está tallada, por dentro y por fuera, colmada de los más diminutos de detalles. Su forma de pirámide parece estirarse hacia arriba como queriendo tocar el cielo. Adentro, monos merodean por entre las columnas de los templos menores y otros corren por todo lado.

Alguien me grita que no puedo tener zapatos ahí y yo le digo que tranquilo, mostrándole que los ando en la mano.

Doy dos pasos y me reviento la bola del pie izquierdo contra una piedra levantada y me corto la pata. “Que verga!” pero bueno, tener más cuidado la próxima.

De camino a la salida un local me pide tomarse una foto conmigo y al final salen varias selfies con todos sus compas robando cámara atrás, pero todos felices. “Oh” me dice uno señalando el piso adonde veo un charquito de mi propia sangre. Le digo que “Está bien, no es problema…” y sigo a la salida. Ahí me amarro el pañuelo (por suerte rojo y que sabía algún día me iba a servir para algo) en el pie para mantener limpia la herida después de echarme unas gotas del milagroso Melaleuca.

Me voy a desayunar y después salgo en busca del famoso Ganesha.

Lo encuentro en un templo inmenso y es el Ganesha que nunca me hubiera imaginado, hermoso. La uña de su dedo pequeño es más grande que mi cabeza. Lo contemplo un largo rato, le camino alrededor para verle la espalda y hasta me devuelvo para verlo una vez más cuando ya había salido del templo.

Sigo subiendo hacia el tope del puño de piedras que hay atrás del templo y me encuentro una cueva inmensa entre búlders enormes (del tamaño de casas y furgones y edificios enteros) que quedaron acomodados de forma muy conveniente. Está muy fresco en esta cueva, pasa constantemente una brisa que no deja que se caliente. La ausencia de basura me indica que es un lugar poco frecuentado o no visitado del todo. Rodeado por caídas casi verticales de liso granito que terminan unos diez metros más abajo la única forma fácil de llegar es escalando el puente de piedra por donde entré.

Trepo un poco más, el mayor peligro siendo que mis pies sudorosos y sucios se resbalan en el negro cuero de las chanclas, pero logro llegar arriba y una vez más aprecio el perfecto paisaje. Campos abiertos y planos rodeados de palmeras y dominados por los puñados de rocas titánicas se extienden hasta donde ve el ojo en todas direcciones. Una mirada más fina revela los templos que brotan por doquier, mezclándose perfectamente con su entorno, tallados en la misma piedra del lugar.

Bajo a la cueva adonde está fresco y agradable a pesar de que es medio día. Todo alrededor reina el calor infernal.  

Sin pensarlo dos veces me quedo ahí, leyendo hasta caer dormido en las profundidades de una deliciosa siesta.

El tren de treinta horas

Desde Calcuta hasta Hampi, India

Fue buenísimo.

Se atrasó y en vez de salir a las 11:30 pm salió a la 1:45 am.

Gente caminando, gente sentada, gente tirada durmiendo en la estación por todo lado, gente sobre gente, esa es Calcuta.

Llega el tren y aunque llevo horas esperándolo, y tal vez por eso mismo, tengo que apurarme para empacar todo lo que había sacado y ponerle para encontrar mi vagón. Voy en clase 3ac, porque era la única que había disponible. Eso significa aire acondicionado y tres camas por pared, seis por “cuarto”. No hay suficiente campo para sentarse derecho, excepto cuando guardan la del medio que se desengancha de un lado y queda como respaldar de la de abajo. En cada cama puede haber desde una persona, hasta una familia.

Me tocó un campo perfecto. “Lower bunk” con ventana y viendo para adelante.  Abajo no hay que estar subiendo y bajando, se puede alcanzar las cosas del piso y lo mejor de todo: se puede ver por la ventana hasta acostado, apoyando la almohada contra metal y vidrio.

Alrededor, los bigotes (99.99% de los hombres en India tienen bigototes) son buena gente y me ayudan a pedir comida y con cualquier cosa que necesito comunicar en Hindi.

El vecino de arriba, que va para Hospet, igual que yo (la estación de tren más cercana a Hampi) ronca como me imagino roncaría un dinosaurio, quizás más fuerte. Es un milagro que no se despierte a sí mismo. Acostumbrado a dormir con tremendo escándalo los ruidos del resto de la gente en el tren no le afectan en absoluto y duerme hasta tarde, pasadas las 10 de la mañana.

Arriba de él nunca supe quién vivía.

Del otro lado vive toda una familia con un bigote muy alegre y vigoroso que me recuerda a un tío y un primo (Neno y Lagarto), siempre muy sonriente.

Arriba de él vive un bigote super tuanis que se pone piyamas para ir a dormir y vende implementos médicos. Una noche me enseñó unas ligas, una rodillera y un putty (plastilina médica) durísimo. El último se lo traté de comprar queriendo desarrollar más fuerza en las manos para escalar, pero no me la vendió porque lo que andaba era solo para demos de ventas.

Pasamos pueblos de pueblos y estaciones y trenes que iban para el otro lado con su bocina ensordecedora pasando a miles de kilómetros por hora uno al lado del otro.

Tomé cantidades de chai y tuve la suerte de que una de las mañanas pasó un mae vendiendo “boiled egg” y le compré tres huevos duros con masala. Estaban deliciosos. Me terminé el libro que me estaba leyendo que estaba basado en Calcuta. Me hice un té con jengibre con agua hirviente del viejo Primus (termo). Me bajé en las estaciones a rellenar la botella con “chilled drinking wáter” y me subí al tren corriendo cuando ya agarraba velocidad, persiguiéndolo y montándome de un brinco agarrado de la baranda. Hice mis necesidades en el baño metálico de cuclillas y dormí como un bebé arrullado por los rieles. Me salí colgado por la puerta abierta cuando el tren iba a toda máquina y sentí el viento en la cara y viví la velocidad del tren, viendo para adelante y para atrás en las curvas el cuerpo de esta mole de hierro que nos lleva tan eficientemente. “Suave” y “rápido” nos movemos a través de paisajes espectaculares. Uno tiene baño, cama, ¡y hasta enchufe! Constantemente gente pasa vendiendo té chai hirviendo y todo tipo de comidas y bebidas. Todo lo que uno podría necesitar y mucho más.

 

“Chai chai, chai chai…” me despierta el vendedor pasando de vagón en vagón. “Chai chai!” grito desde mi cama.

Me siento a tomármelo inclinado hacia adelante para no pegar la cabeza en la cama del dinosaurio y me doy cuenta con cierta nostalgia que dentro de poco vamos a llegar.

Dos noches en tren pasaron volando.

 

Meditando con el Taj Majal

Agra, India

Llegamos a la ciudad de Agra, casa del Taj Majal. Pasamos por un gentío con largas filas y chequeos de seguridad y llegamos a un portal gigante, casi un templo en sí mismo. Alguien dice que hay uno de esos en cada entrada, y que los hicieron solo para que uno no pudiera verlo de cerca hasta pasar por ellas, solo para taparlo. El efecto al atravesarlo es simplemente espectacular. Sentado como una perla en medio de los 16 jardines que lo rodean esta maravilla parece brillar con luz propia, es algo único en este mundo. Nunca en mi vida he visto ningún edificio ni parecido. Una joya de la imaginación plasmada en este mundo, en el mármol más preciado, cristalizado y translúcido.

Al acercarse uno se empieza a dar cuenta de su verdadero tamaño, es gigante. Descalzándome siento el mármol más liso bajo las plantas de mis pies. Los detalles adentro son todavía más espectaculares, piedras preciosas y semipreciosas embebidas en el mármol a la perfección, todo hecho a mano. La acústica invita a cantar y su diseño lleva estos cantos hacia afuera para que todo el mundo alrededor pueda escuchar. Los símbolos de ataúdes en el centro me recuerdan que quien construyó (o más bien mandó a construir) esto y su esposa han pasado a otro paraíso.

Salgo y siguiendo el consejo de un amigo me voy a buscar un lugar tranquilo para admirar a la distancia. Me siento en una banca a la sombra de un árbol y respiro el momento con una vista perfecta del Taj, enmarcado en verdes hojas del árbol que me da sombra y el inmaculado pasto de sus jardines prohibidos.

Horas después encuentro un lugar perfecto para practicar yoga con una vista increíble del Taj.  Es el techo de un restaurante y hotel donde nos estamos quedando. No me toma mucho tiempo romper el cuadrado de la mente y acomodo el mat en diagonal con respecto al edificio para quedar con mi drishti (mirada) hacia la representación del paraíso en la tierra.

Me asusta por un instante el llamado a oración de las mezquitas todo alrededor, pero me calmo viendo el vuelo de los papalotes. Me asomo por el borde y veo que son los niños quienes conquistan los cielos desde las azoteas.

Disfruto de una práctica tremenda durante la cual veo la puesta del sol y aprovecho una meditación enfocada en el Taj al final. Quedo totalmente hipnotizado. En ese momento me doy cuenta que no tengo nada más que hacer, ningún lugar a donde ir, puedo enfocar toda mi atención en este momento y ver cómo se oscurece este suspiro de mármol conforme cae la noche sobre India.

Nada mejor que hacer que vivir este momento, y siempre es este momento.

 

                                                                                         

Buscando tigres

Ranthambore, India

A las cuatro y media de la mañana veo mi Casio y sé que no voy a poder dormir más, no cuando podría haber tigres por delante. Me levanto silenciosamente para no despertar a Quique, mi peruano compañero de cuarto, y salgo de la habitación. Afuera brillan las estrellas y está caliente, perfecto para mí pero fresco para India en esta época (tal vez unos 30 grados Celsius). Hago un saludo al sol en compañía de las estrellas y regreso a ponerme una camisa y asegurarme que tengo todo listo.

En uno de los patios internos desayuno un delicioso té masala y unas galletitas. Perfecto para recibir el amanecer. Los gritos de un martín pescador en el más alto domo del techo me llaman a saludar el día y calibrar los binóculos. El turquesa de su espalda es asombroso.

Después de lo que se siente como una muy larga espera nos avisan que ya es hora, hora de ir a buscar tigres. Nos dijeron que los chances de verlos son de 10% a 15% pero mi ilusión es infinita. Llegan esos viejos camiones de safari, abiertos, sin trompa y con el conductor del lado derecho. Pregunto si se puede y me dan permiso de subirme en el asiento del copiloto. Otro compa se sienta a mi lado en el centro. El resto se monta atrás, el guía justo a mi espalda, es un veterano Sikh con largos bigotes y barba enrroscada, y unos ojos penetrantes. Nunca se sienta, va siempre al acecho del tigre y los avistamientos de vida salvaje. 

Salimos de nuestro palacio por las polvorientas calles de tierra hasta llegar a la entrada del parque, demarcado por un pequeño muro de piedra que un tigre se podría saltar con los ojos cerrados. El paisaje es espectacular, seco, casi todos los árboles han perdido todas sus hojas y la tierra roja está polvorienta. El monte largo y seco ha perdido cualquier rastro de verde y aunque el sol apenas se empieza a asomar, ya se siente caliente. A pesar de todo este aparente desierto nos aseguran que todo aquí se pone verde y repleto de jungla con las primeras lluvias del monzón, durante los meses de julio y agosto.

Pasamos por un portal inmenso en ruinas, en una especie de cañón en la montaña por donde quisiera decir que baja un poquito de agua, pero realmente lo que hay es un poco de agua estancada, rodeada de vida.  Un poco más adentro vemos unos monos sentados tranquilos en el suelo viéndonos pasar. Pájaros cafés con negro y blanco llegan a inspeccionarnos sin ningún temor y hasta se sientan en el borde del parabrisas. Vemos venados de puntos blancos con inmensas cornamentas que nuestro guía nos cuenta botan cada año, y las crecen de nuevo en la época del monsoon, justo antes de la época de apareamiento. Vemos otros venados sin manchas, todos cafés, inmensos. ‘’Estos son la comida favorita del tigre, le encantan!” exclama nuestro guía mientras el conductor asiente la cabeza con el típico ruedo hindú.

En un estanque natural vemos todo tipo de pájaros, incluyendo una vez más el increíble turquesa del martín pescador hindú, cormoranes, cola e tijera negros y hasta un cocodrilo descansando cerca de la orilla, con la cabeza y los picos de la cola saliéndole del agua.

Seguimos pasando al lado de acantilados de piedra rojiza y pastizales secos, paisajes increíbles con o sin tigres. En ese momento empiezo a entender que en la vida no siempre se ve el tigre, pero hay muchas otras cosas que ver, cuando entonces, veo hacia el lado derecho en el pastizal donde viene subiendo el tigre! Inmediatamente apunto y digo “tigre” o baagh, en hindi. El guía da la orden y apagan el vehículo de inmediato. Me levanto y veo donde va subiendo el tigre en el montazal, casi invisible.  Seguimos un poco para toparlo y sale justo al lado de nosotros. Nos ve un momento y sigue su camino con una paz animal. Camina al lado del carro y al verle los gϋevos el guía confirma y nos cuenta que es un macho grande, lo cual es bastante raro de ver. Somos suertudos. Unos metros frente a nosotros decide cruzar la calle de tierra y nos permite ver su magnificencia en todo su esplendor, con el contraste de la roja tierra nos deja ver su verdadera forma de tigre. Para por un momento para volvernos a ver y se cumple mi sueño de verlo a los ojos, esos ojos amarillos. Levanta el rabo y se ve casi bravo por un instante antes de agarrar para la derecha y seguir caminando por la calle con la paz absoluta de un tigre en la India, de quién camina tranquilo, por su propia casa. Se mete en la maleza y una vez más se mezcla con la naturaleza, moviéndose como un espíritu sin bordes definidos entre el monte, como lo haría una niebla, el tigre desaparece…

 

 

Soñando con tigres

Ranthambore, India

Me encuentro a mí mismo en India. Poco sé de cómo llegué aquí. No sé si mi esfuerzo me trajo o si todo esto pasó por sí solo.

Por fuera estoy sentado en un escritorio de madera iluminado por una lámpara con cuerpo de bronce y una sombra verde, por dentro, estoy volando. Escribiendo el sueño, viviendo el sueño, y siendo el sueño.

Mañana nos vamos a levantar de madrugada para ir al parque nacional a buscar tigres. Así es, vamos en un safari a buscar tigres. Tigres de verdad. De esos que de vez en cuando se salen del parque y comen ganado y hasta a veces gente. Esos majestuosos tigres inmensos que solo puedo imaginarme hoy, tendré la oportunidad de ver mañana. Aquí estoy con el punto rojo en la frente y me voy a dormir temprano y contento porque no importa lo que encontremos, vamos a estar en la presencia de naturaleza en una de sus manifestaciones más increíbles. Veamos o no los tigres, esto es increíble. Llevo todo preparado, osea, voy a llevar los binóculos. A ver si veo un tigre a los ojos. A ver que veo en el tigre, y que ve él en mí?

Que rujan los tigres y que corran y que brinquen y que meneen el rabo. A celebrar la vida. Pura vida.

Namasté tigres.