A la aventura

Me monto en un tren hacia lo desconocido. Estación tras estación me alejo del confort y me acerco a los límites exteriores de mí mismo.

A la distancia se ve una montaña coronada por gigantes rocas, su cima envuelta en un espeso misterio de nubes blancas. Perfecto lugar para un monasterio.

El tren sube y sube, pero mi espíritu ya le pasó, vuela en la emoción de la aventura. Entre túneles y colosales formaciones de piedra nos adentramos en las profundidades de la niebla. Silenciosos pinos aparecen donde no había nada y se esfuman sin dejar rastro. Fantasmas en un mundo vestido de blanco. Centinelas del camino.

Finalmente llegamos a la última parada y ahí está el antiguo monasterio, cobijado por la montaña, protegido por las rocas. Pero yo voy para un templo más antiguo todavía, la naturaleza.

Saludo al viejo Michel quien me recibe con una sonrisa y me advierte de los jabalíes. Encuentro dos buenos árboles para colgar la hamaca y con la fugaz luz del atardecer preparo mi nuevo hogar acompañado por un pequeño jilguero gris de pecho anaranjado que canta alegremente.

Cae la noche y comienza un concierto de bichos que celebran la oscuridad. Antes de acostarme veo a uno salir de su escondite, plateado y extraño como algo que nunca hubiera imaginado. Con sus tantas patas largas y finas como cabellos se escabulle entre mis pensamientos y se escapa de la luz y de mi vista.

Me acurruco en la hamaca arrullado por el repiqueteo de la lluvia en el toldo. Suavemente floto entre las nubes y poco a poco voy cayendo en un profundo sueño. Las estrellas tintinean en el frío y se ponen a bailar cuando los monjes suenan las campanas del viejo campanario. Su eco deambula por toda la montaña y se pierde en el silencio de mis sueños. Allí seguirá sonando, imposiblemente, por todos los tiempos.

Monos ardilla

Suaves chillidos, los monos tití hablan en secreto mientras recorren el bosque cerca del mediodía.

Estos pequeños parecen ardillas en tamaño y ciertos comportamientos. No hacen mucho ruido y brincan por las más delgadas ramas, lo que les da un aire de ligereza. Son café caramelo por arriba y panza tirando a gris por abajo. Tienen una cola larga que termina en un cuarto oscuro casi negro que dejan colgar relajada casi siempre, pero la activan para los brincos. Su cara es color crema más clarito y todo su pelaje tiene un aspecto suave como la expresión en su rostro. Sus movimientos son ágiles y gráciles.

Andan unos veinte en este grupo, algunas madres llevan a sus crías, quienes se aferran fuertemente a su espalda. Madre e hijo combinados son si acaso del tamaño de la cría (en espaldas también) de la mona araña qué pasa braceando, colgando de eternos brazos y cola. Esta gigante pasa entre los titís sin preocupaciones y no más que un par de miradas casuales y a la vez curiosas.

El grupo sigue de rama en rama, caminando y saltando cortas distancias. Uno de detiene, revisa la parte de abajo de una hoja, agarra un bicho escondido y se lo come. Al frente llegan a una larga rama que termina solitaria en las alturas. Parece el final del camino pero los monos ni se inmutan. Sin dudarlo se lanzan al vacío estilo ardilla, con cría y todo, abriendo todas sus patas y la cola parece que no hace mucho pero ahí va, volando también. Suena un pequeño escándalo cuando el mono “aterriza” o mejor dicho “arboliza” en un aparente caos, agarrandose de lo que pueda en ramas que se doblarían con el reposo de un colobrí. Las ramas se doblan, hojas se arrancan, la cría se aferra…

Un ínfimo instante se estira por siglos.

Madre, rama y cría finalmente logran aferrarse al milagro de la vida y continúan su camino como si nada hubiera pasado. Un pájaro grande y oscuro sale volando de una sombra en medio de los monos, dejando la invisibilidad de su percha para ir a dormir en otra parte.

La isla perdida

 

Caminamos hasta el final de la playa.

La arena se transforma en rocas.

Llegamos al final y seguimos.

Pasamos tantos finales…

 

De pronto aparece,

en medio del medio de la nada.

Una isla de arena rosada.

 

Corrientes del mar la tienen rodeada.

El cielo la toca con el viento.

Inmensos troncos duermen en ella.

Criaturas marinas la abrazan.

Alrededor las corrientes del mar giran sin parar.

 

Para encontrarla hay que perderse.

Una isla desolada.

Rodeada de vida.

 

La isla perdida.