Entre día y noche

La Fortuna, Costa Rica

Nubes vestidas de rosados brillan en celebración.

Un oscuro gigante empieza a despojarse de las sábanas que cubren su pico.

Rosados se duermen en nocturnos morados.

La oscuridad revela un filo plateado de luna creciente.

Volcán Arenal se despeja por completo en un espectáculo colosal.

Celajes, luna y volcán, juntos en un perfecto anochecer.

 

Me siento alegre y con suerte de poder presenciar este espectáculo. Agradezco a la vida y a todo por esto, por ahora, por aquí. Por poder estar presente y disfrutar las increíbles cosas que hay fuera de las paredes del mundo y de la mente.

Cuando me enteré de Karma Tribe

Playa Hermosa, Costa Rica. Año 2015

Montamos las tablas de surf, hamacas y mochilas al carro y nos vamos manejando un par de horas para salir de la ciudad y llegar a la costa del Pacífico costarricense.

Voy con mi hermano Beto a visitar a nuestro amigo Dave, un loco que vive en Playa Hermosa de Jacó, un lugar tranquilo y natural, donde suele haber más olas que gente.  

Desde que se mudó aquí con su amigo Allan siempre ha tenido la puerta abierta para quien quiera visitarlo. En las múltiples casas que ha vivido siempre nos ha brindado un espacio para dormir, convivir y más que nada, compartir y disfrutar. Hemos dormido desde en los sillones hasta en el piso de la cocina, y colgando en las hamacas donde nunca hubiéramos imaginado.

Esta noche dormiremos bajo las tablas del piso. Por suerte para nosotros Dave está viviendo estos días en una casa sobre pilotes de madera al borde de una montaña, perfecto para colgar las hamacas.

Apenas llegamos Dave se asoma por el balcón y nos recibe con un “Que me dicen maeeeeeeees!” y una sonrisa, antes de siquiera habernos apeado del vehículo. Subimos las escaleras y hay fuertes abrazos para todos. Nos cuenta que las olas han estado buenísimas y que en media hora termina de trabajar (en línea), y que se viene a surfear con nosotros.

Aprovechamos esa media hora para hacer el café chorreado de la tarde y después de saborear hasta la última gota nos vamos a surfear. En 5 minutos estamos frente al mar y Playa Hermosa nos saluda haciéndole honor a su nombre. Olas para todos.

Cada uno lleva a cabo su ritual antes de entrar al agua y para adentro. Disfrutamos una gran sesión entre amigos y hermanos, hermanos del mar y de la vida. Cuando ya no se puede ver nada salimos del agua bajo las estrellas y vamos pa la casa, pa la casa de Dave, o como él la ve, la casa de todos.

Juntos preparamos una buena cena y ayudamos con la importante labor de lavar los trastes.

Bien alimentados nos dedicamos a guitarrear y cantar y filosofar. Es entonces cuando Dave me dice que tiene un proyecto en mente. Me cuenta que la idea original fue de Allan, hace años, pero nadie ha actuado sobre ella. (Allan ahora vive a una hora de Hermosa, y su puerta, igual que la de Dave, sigue siempre abierta.)

Desde ese entonces la idea ha sido un volcán durmiente.

Dave confiesa que está dispuesto a meterle toda su energía a este proyecto para hacerlo una realidad. Puedo ver el brillo de un sueño en sus ojos y escucharlo en sus palabras. Es el sueño de un mundo donde las personas pueden dedicarse a hacer lo que más aman, ayudándose a ellos mismos mientras ayudan a los demás. Un sueño donde la bondad y el amor son lo que mueve el mundo en todos los niveles, en el que vale más una sonrisa que un billete. Donde la gente se pregunta “¿Cómo puedo ayudar?” en vez de “¿Cuánto puedo ganar?” Un mundo más feliz.

Ese sueño es Karma Tribe.

Refugiados en la tienda 

Playa Grande, Costa Rica

Aaaaaaaaaauuuuuuuuuuuuuuuuu auuu auuu auuuuuuu! 

Aúllan los lobos llenando el vacío de la noche. Lobos guanacastecos. Coyotes para ser más exacto. Coyotes de la sequía y del cornizuelo.

Animales salvajes que hacen lo que les da la gana, lo que mande su instinto. Se brincan las cercas y corren libres bajo la luna. Sus aullidos son magia pura y quien quiera que los oiga queda para siempre encantado.

Un sonido tan antiguo y tan fundamental como la vida misma, tan misterioso como las profundidades del mar.

Ay, que suerte tuvimos, de escuchar a los coyotes aullar…

No exactamente como me lo hubiera imaginado…

La Carpintera, Costa Rica

Ya son casi las tres de la tarde y todavía no he salido de la casa. Salgo al jardín y veo la montaña, “La Carpintera,” ahí no más… Es tan cerca, sin embargo nunca he ido. Dicen que es chuzo, dicen que es peligroso.

Pongo en el mapa para llegar hasta el final de la calle y me voy. Ya llegando me dicen que mejor deje el carro frente a alguna casa para que me le echen un ojo, porque “no, peligroso no és, pero andan unos carajillos… Haciendo daños.” Me topo con un adorable obstáculo, o dos. Parece que para poder llegar al final tengo que pasarle por encima a un par de cachorritos diminutos que juegan en la angosta callejuela. Inmutables. Me bajo del carro y los pongo a jugar en el zacate. No paran de jugar y siguen como si nada, incluso durante su traslado. En la noche me daría cuenta que en ese instante me deben haber abordado unas doscientas mil pulgas, pulgas grandes de las bravas y descaradas, tanto que uno se las puede quitar con los dedos y tirarlas por la ventana.

Llego al final de la calle pero se ve fea la vara. Decido ir a explorar otra calle y empiezo a ver espacios abiertos y siento que ahora sí voy por buen camino. Topo con un portón al final de una calle de lastre pero está encadenado y asegurado con candado.

Doy vuelta y me meto a la izquierda un toque. Ahí encuentro a Joselyn y su familia, volando papelotes y jugando fútbol por las torres que sostienen los cables de alta tensión, en un polvazal. Una niña a la derecha del camino pega un grito escalofriante y tira la muñeca al caño cuando ve el carro acercándose. En un instante está babeando, moqueando y llorando, cara empapada, con burbujas de mocos y todo. A la muñeca se le zafa una pierna. La muñeca se parece un poco a Chucky. Mi mente me puede haber jugado sucio en esa. Joselyn la consuela y la verdad que me consuela un poco a mí también, diciéndome que es su sobrina y que no me preocupe, que es que a la chiquita le dan miedo los carros. Yo le digo que mejor eso a que se atravesara, para que no la atropellen. Cuando en brazos la tía le pasa las manos para quitarle las lágrimas y le quedan las manchas de la tierra en sus gorditas mejillas. A todo esto otro chiquillo de ojos celestes y dientes grandes y salidos me mira asombrado.

Está bonito aquí, hay una vista muy linda. Dejo el carro ahí y le doy un agradecimiento a Joselyn para que se tome un café con los chiquillos.   Me pregunta varias veces que donde voy? y que por qué voy solo? Me dice que está medio raro. Yo le digo que quiero llegar hasta el cucurucho y que es bueno estar solo para encontrarse a/con uno mismo, que uno siempre pasa viendo para fuera y que también es bueno ver hacia adentro. Me dice que es privado y que tienen perros. Le digo que los perros no me preocupan tanto, creo que los puedo espantar con el báculo (palo para caminar), digo espantar porque no les pegaría, a menos que fuera absolutamente necesario. Yo estaba más pensando en balazos, entonces perros me suena bien por un momento. Me dice que son tres y bien grandes, “Ro Güailers o algo así. Son tres. Pero creo que solo los sueltan en la noche…”

Empiezo a subir y tengo que quitarme el bulto y meter la panza para poder pasar por el espacio que hay entre la cerca portón encadenado.

Dos caminos. Como decidir? Muy fácil. Me voy por el que no suenan disparos.

Tantos caminos.

La casa. Abandonada. Nadie ha tomado café en esa taza polvorienta últimamente. Encuentro un claroscuro Multiverso de telas de araña al lado del escusado de hueco. Protegido y aislado por chamizo de madera.

Voy tan sigiloso como puedo, pero hay mucha hoja seca por acá, al mismo tiempo sin esconderme mucho para que tampoco crean que ando robando… Empiezo a pensar que tres “Roll Güailers” me podrían matar. Dos probablemente podrían. Con uno creo que me la juego. En mi mente cambio mi plan de “espantarlos con el palo” a “defenderme como pueda con el palo y ver rápido adonde putas me subo antes que me despedacen.”

Todo se ve bastante abandonado por acá, excepto esas pichingas, esas pichingas que hay por todo lado, llenas de algo. Creo que hasta podría ser de agua. Sigo entrando y saliendo de los caminos, saliéndole a una chanchera por atrás (después de quedarme inmóvil y atento por el tiempo que tardo en reconocer la diferencia entre el sonido que hace un chancho y el que hace un humano.) Es más de lo que yo hubiera pensado. Decido que si escojo una ruta que siempre va hacia arriba eventualmente tengo que llegar al punto donde no pueda subir más, y esa sería la cima, por lo menos una cima local. Un ave rapaz sobrevuela en círculos contrarreloj y me indica que es hora de parar un toque. Pongo la maca. El cazador se percha un rato a descansar en el cucurucho de un árbol seco y me da tiempo de buscarlo en el libro “Broad winged hawk” creo. Ese “creo” me cuesta no poder marcarlo en el libro y queda para otro día. Me tomo un té y descanso un rato, viendo la ciudad desde arriba. Me gusta esta vista. Todo parece un juego, miniatura. Una mariposa inmensa estilo morpho flota por encima mío y se adentra en el bosque. De aquí para arriba parece impenetrable por ahora. Hoy llego hasta acá. Veo la noche caer sobre la ciudad y esta se va iluminando a la misma vez que se levanta el velo del cielo y se hace visible el cosmos. Le pongo para recoger todo y empezar a bajar. Este lugar ya me daba miedo de día y ahora voy a tener que bajar de noche… Me va a agarrar la noche de fijo, pero ando foco, por lo menos. Lo que espero es no perderme demasiado en la bajada. Espero que no hayan soltado a los Ro Güaylers…

 Llego a una entrada al bosque por donde podría ser el camino, pero no estoy seguro. Al final decido que no voy a entrar ahí porque es demasiado oscuro, me da miedo. Paso otra igual, jamás me voy a meter ahí, fijo ni los tres Roll Wailerrrsh se meterían ahí de noche. Cada vez que me siento perdido me encuentro con algo que me indica que voy bien. Unas matas de hoja ancha en fila, un tronco caído, la chanchera… Paro un toque a acariciar los chanchos. Estos también pueden haberme regalado algunas pulgas, pero no sé, los chanchos tienen pulgas? Tengo que usar el GPS un toque para confirmar que voy bien, wassap, location. Sirve, de milagro. No creo que sean tan bravos los perros, sería demasiado peligroso, si se mete un chiquito? o si se escapan y se van a comer gente al pueblo? Constantemente voy parando para apreciar el anochecer en sus diferentes etapas. Cada vez se ve más bonita la ciudad. Será porque en la oscuridad lo único que se ve es la luz? Después de una eternidad llego a la calle de lastre que estoy seguro que es el camino indicado. Porque cuanto es una eternidad? Nada, o nunca ha pasado una… Al fin me puedo relajar completamente. Que rico que es encontrarse después de haberse perdido. Aunque, no exactamente como me lo hubiera imaginado… Casi que hace que valga la pena haberse perdido. Cuando se define que uno está perdido? Es todo mental? Es TODO mental? Siempre estamos perdidos? O Nunca estamos perdidos?

Me topo un mae justamente en el portón y me cuenta un poco de todo. Resulta que no son cazadores los balazos que suenan, sino un lugar de “tiro al blanco” que hay por ahí y que nadie le hace problema para subir a uno, claro, a menos que uno se meta en la finca de una gente ahí, y que los perros no son unos monstruos salvajes sino que son un golden retriever llamado Shadow, un zaguate llamado Chance y el tercero de hecho es una gata, llamada Sassy (Chance tal vez no sea zaguate pero no me sé la raza. Tamaño como el de un rott wailer, pero colores blanco y gris o café, como una vaca, jupa cuadrada.) Bromas, de los perros no me pudo decir mucho, pero tampoco me metió más miedo.

En tres oraciones me explica todo.  Como al final de un episodio de Scooby Doo, cuando desenmascaran al villano y todos ven quién es…  El señor Mente, su propia mente.

Me monto al carro y me voy pa la casa satisfecho con mi dosis de aventura y naturaleza. Por ahora.

Mañana

Tres Ríos, Costa Rica

Mañana quiero ir a algún lugar con buena vista, podría ser el Irazú, o tal vez me vaya para Turrialba a ver qué hay… Tal vez llegue a un lugar nuevo, que para mi hoy no existe. Que bueno ir a Turrialba para ir a un lugar nuevo, o por lo menos al que no voy casi nunca. “Tranquilos, tranquilas, creo que sí he ido pero no me acuerdo… Ah! Bueno ya me acordé, fijo he ido porque una vez fuimos a tomarnos unos “chots” a Chichís Turrialba, o Charlies? Creo que era Charley’s. No sé, pero por ahí anda la vara. Algo nuevo me encantaría, disfruto caleta conocer lugares nuevos.

Me llevo el libro de pájaros y los binóculos. Sin prisa, estoy ahí solo para disfrutar lo que vaya pasando, como un viajero? Como un yo no sé qué. No tengo ningún horario que seguir, ninguna meta que cumplir, ninguna expectativa interna o externa, nada que me apresure o me presione a seguir ningún camino. Voy libre. Voy porque quiero. Voy por donde voy. Voy.

Vamos parando todo el tiempo para tratar de identificar pájaros y nos agarra un hambre tremendísima a pesar de las frutas y cosas que nos hemos ido comiendo en el camino. Por dicha llevamos unos sanguches con pan fresco y aguacates buenísimos preparados en la casa.

Vamos hasta donde podemos con el carro y ahí lo dejamos. Agarramos todo y caminamos. Nos adentramos más en la montaña, conectándonos con todo, con nosotros mismos, agradecemos y aceptamos el cariñoso abrazo de la “Madre Naturaleza”, “deh Patcher Madder,” la “PachaMama”. Le damos nuestro cariño. Directo. Vivímos.

Llevamos las macas, yo llevo para prestar un par. Paramos un toque en un claro y nos tiramos sobre el pasto a comernos una fruta y garrobeamos un rato, recibiendo el sol para calentarnos. Nos echamos una deliciosa siesta y nos despertamos revitalizados, despertando entre el canto de los grillos y las nubes que pasan volando en el cielo azul, azul profundo.

Recorremos bastante terreno y a la hora de la tarde con buena cobija y o “sleeping” y con un buen café negro, chorreado ahí mismo con agua “casi hirviendo” del termo Primus, nos tiramos a ver qué pintarán los abuelos del universo en el cielo al atardecer.

Poco a poco se oscurece y se desvanece el telón. Comienza el espectáculo del cosmos. Nos rendimos ante el cansancio y dejamos caer los cuerpos en las hamacas, las almohaditas son un regalo divino para el cuello. Respiramos el momento con ojos cerrados y al abrirlos abrimos una ventana hacia la inmensidad del espacio. La luna, que hoy parecía tener una sonrisa escurridiza, como la del gato en Alicia, que flota y se desvanece en el País de las Maravillas, ya se ha ido y brillan más fuerte los astros, formando siempre nuevas constelaciones. Un chocolate amargo cruje cuando lo quebramos para compartirlo y vuelve a crujir cuando lo masticamos. Delicioso. Las estrellas se ven increíbles. Nos absorbe el borde de la galaxia. Y, de ahí a aquí, de aquí a ahí, no hay nada. Nos vemos mañana, a ver qué dicen los abuelos…  A ver qué decís vos…

Algunos diablos

Soñando despierto, Costa Rica

Hace rato que vengo con la idea de kayakear toda la costa del Pacífico. Bueno, la verdad que no fue la idea original, pero de querer hacer un viaje largo en kayak a toda la costa, no pasó mucho tiempo. El fuego de la idea revivió cuando salimos a remar bajo las estrellas en Cuajiniquil hace ya un par de meses. Una sensación en el momento que ahora no puedo pintarles con palabras. Una sensación increíble que daba a luz dentro de uno al deseo, al deseo de remar toda la noche, y considerarse afortunado de poder hacerlo mientras uno se pregunta a sí mismo por qué diablos no hace cosas así más a menudo? Qué puede ser comparable a eso? De momento, nada.

Yo les voy a decir cuáles de esos diablos son los que conozco. Los que conozco íntimamente y por experiencia propia. Los que no conozco, pero no descarto que puedan estar aquí, ahora mismo, sin que yo lo sepa, pues de esos no les puedo contar. Conozco bien al diablo de la vagabundería, pero este crece y se marchita rápido si uno le permite ahogarse en su propio egoísmo, irónicamente, muere al recibir lo que él mismo pide. Por eso no me asusta tanto. Conozco al diablo del miedo, el miedo a que algo pueda pasar, una tragedia. Pero este rápidamente es espantado por su hermano mayor, el diablo del miedo a que no pase nada, a cometer el gravísimo error de no tener la certeza absoluta de poder intentar lo que sea, cualquier cosa, lo que se me ocurra, y de que puede que incluso lo logre. Miedo a no hacer nada y arrepentirme. Miedo a caer ante este gran diablo, y lo digo así porque hemos forcejeado como un par de luchadores greco romanos por mucho tiempo a lo largo de esta vida, eterna hasta el momento. En ocasiones me ha tenido por años. En otras, yo a él. El diablo del confort. Me ataca de a poquitos, con golpes al cuerpo que no parecen tener la menor importancia. Un día viendo tele, no va a pasar nada, eso pienso. Pero por ahí se mete y empieza a crecer adentro y se hace cada vez más fuerte. Es como un umbral donde incesantemente está creciendo una barrera, que se rompe y tiene que empezar nuevamente cada vez que la atravesamos, cada vez que hacemos algo. Cada vez que salimos de nuestra zona de confort. Si la paso una vez a la semana ni se siente, pero ya al mes cuesta, se ha vuelto mucho más fuerte, la fuerza necesaria para romperla es proporcional a la cantidad de tiempo (sin tomar en cuenta la posible elasticidad del tiempo) que ésta lleva sin romperse. Lo que tenía al inicio una fuerza imperceptible, invisible, creció a ser primero algo como una tela de araña, luego un vidrio, volviéndose cada día más fuerte y al mismo tiempo minimizando su zona vulnerable, hasta llegar a tener un extraño parecido a la redonda ventana de un submarino nuclear, aparentemente imposible de romper, pero que siempre deja ver el otro lado. Este diablo me permite ver lo que quiero, y todavía no sé si lo hace por crueldad, para aumentar mi sufrimiento, o si es un diablo que en el fondo quiere ser derrotado y por eso me alienta con la visión de la esperanza, me da una razón para luchar. En ese momento me doy cuenta que yo no estoy viendo hacia afuera desde adentro, yo no estoy atrapado en el submarino sino que yo soy el océano, y el submarino está atrapado dentro de mí y que su objetivo es atraer toda mi atención hacia él, y sostenerla descendiendo cada vez más profundo hacia las tinieblas donde es más fácil convencerme de que no hay nada más. En ese momento soy los dos y me veo a los ojos y se rompe la barrera. Pero entre más profundo llegue más difícil es, y aunque lo haya hecho cien veces no estoy seguro de poderlo hacer siempre. El temor no es la batalla, es la vida que se pierde en ella. Por eso trato de pasar cuando todavía es un vidrio y ojalá antes, pero a veces vuelvo a ver y ya hay una barrera considerable, y siento que tengo que prepararme para romperla, pero mientras yo me preparo ella se fortalece y lo único que logro es aumentar la magnitud de la batalla. También debo mencionar que esta barrera es un diablo de todo o nada, y esto es para mí específicamente. Una vez que empiezo a luchar contra él no ha habido vez que no termine en mi victoria, pero la batalla es a veces una guerra y se sufre sin parar. No es un enemigo al que se le pueda ir haciendo daño lento, despacito, como él lo ataca a uno, porque él puede recuperar y fortalecerse mientras uno descansa. Una vez que se empieza esta lucha no hay tregua hasta que el enemigo haya sido derrotado, y es agotador solo pensarlo, y eso es exactamente lo que usa para crecer. Me convence de dejar la batalla para “la próxima” porque es un diablo astuto. Explota todas mis debilidades y le rehúye a mis fortalezas, pues me conoce desde siempre. Se habrán dado cuenta ya los que venían pensando en sus propios diablos que este diablo, precisamente y no por casualidad el más poderoso, sigiloso y peligroso de todos los diablos, es como verse en el espejo. Si no lo ven puede que no sea así para ustedes, o puede ser que todavía no han conocido a todos sus diablos, pues los más escondidos son los que más daño hacen. Nuestros diablos somos, nosotros mismos.

Ya explicado “por qué diablos?” podemos volver a la historia original, en la que voy navegando hacia las estrellas pensando en todas las cosas increíbles que deben haber a lo largo de toda la costa del Pacífico de Costa Rica. Cuantas bahías reflejan a perfección la luna en el instante elusivo que cesa de soplar el viento por el tiempo suficiente para que se calmen las aguas? Ver reflejadas las estrellas en el espejo del manglar. (Tal vez para ese momento sería bonito un grupo para minimizar el posible pánico que podría desatar la presencia de uno o varios cocodrilos reales y/o mentales.) Pasar la noche viendo las estrellas desde la hamaca en alguna isla desierta…

Tras la huella de la danta

Valle del Silencio, Costa Rica

En el albergue, profundo dentro del robledal, acariciado por las nubes y visitado por colibrís.

Jugamos naipe a la luz de las velas, Wist.

Luna llena. Todos duermen. Salgo por la pesada puerta de madera quitando el clavo gigante que hace de picaporte. Afilo el lápiz a la blanca y fría luz de la luna. Pienso que si hay un momento en el que todo es blanco y negro es este, a la luz de la luna llena y a 14 kilómetros del próximo ser humano, el solitario guarda parques, y después todavía más. Fuera de la influencia de cualquier luz artificial. Afilo el lápiz de carpintero con la cuchilla y puedo ver la madera brillar más clara después de cada filazo. Le siento la punta con el dedo y cuando pincha está listo.

Escribo un poco y tengo que parar y afilar otra vez.

Empezamos hablando de si habremos realmente llegado a la luna y lo raro que debe ser estar ahí. Lo raro que debe ser ver desde ahí la tierra. El tamaño y los colores. Ver media tierra, o un cachito de tierra. Hablamos de las tinieblas. Hablamos de Jaguares y del miedo. Pensar que una vez estuvimos tan conectados con la naturaleza como el Jaguar, quién merodea sin ninguna carga por el bosque. Teme, siente, le da miedo al animal nocturno el mismo miedo que nosotros al dormir en la noche? Yo duermo más tranquilo de día. Acá donde se puede sentir el jaguar, frío en la nuca, pasa una nube que oscurece la noche y me hace levantar la mirada. Viene otra, pasan de izquierda a derecha, rápido, sin tapar la luna totalmente pero ya no se ve para escribir.

Chamanes y Jaguares , Chamanes Jaguar y Jaguares Chamán. Invocarlos, hablarles, serlos.

Suena la rana campana, el viento, el río y tanto más, insectos.

Escribir

La luna tras las hojas que se ven negras ante el fondo blanco de nubes.

Tras la huella de la danta

Hongos, sol, dorado, viento, pava negra, río. Liquen. Binóculos como microscopio, rana de hojarasca. El clifbar se vuelve Lembas.

—Ustedes sí que van lerdos. —reclama La Maigre.

—Es que ustedes no han visto los mini mundos que hemos visto nosotros… —le contesta Nico con sinceridad absoluta.

Robles con sueta y bufanda, tejidas y adornadas con mucho más que musgo y bromelia. Lo que una foto nunca logra capturar. Ser un milpiés, se arranca el techo cuando cae un roble y se levantan sus raíces. El mundo en las copas de los árboles. Vivir y morir ahí. El sol. El viento. Caminar sobre el agua en la turbera, un bosque de helechos. Descansar. Sentir. Ser. Naturaleza. Agua. Descalzo.

Dejamos atrás solo el cansancio y regresamos al bosque . Ronda el quetzal, anunciando su presencia con su canto. Llueve y se ve increíble, las gotas destellan al reflejar la luz del sol, todo se ve dorado. Explosión de color en la garganta de un colibrí, el garganta de fuego. Llega un conejo a visitar bajo la lluvia. Carlos, paladín de la montaña con su machete por espada y botas de hule por caballo. Expedición nocturna. Ranas hembra y macho, grillos, una danta a la luz de la luna y una salamandra sobre el empapado musgo. Volvemos. Conejos.

Sentado en una ladera, viendo el bosque a la tenue luz de la luna. Sosteniendo una rama, doblándola sin quebrarla para que no obstruya mi vista. Pensando en todos los animales que andan por aquí en la noche, como si nada. En la inmensidad del bosque. El jaguar. Se me ajustan los ojos y me quedo viendo el pasadero, esperando la danta y tal vez temiendo algo más. Veo luciérnagas y las siluetas de los árboles. A pesar de la luna no hay mucha luz. Está nublado. Se me ajustan los ojos y veo todo tipo de formas en las sombras, mi mente está gozando, inventando y haciéndome ver cada cosa… Pienso que seguro esperaremos horas. En eso veo algo grande, una sombra entre las sombras, algo real, y por un momento me aterroriza que sea el Jaguar o la pantera, pero también quiero verlo. Veo que se va a meter en la maleza y prendo el foco verde. Se iluminan las inmensas nalgas de la danta. Me vuelvo a ver si Carlos la vio y cuando regreso la mirada ya desapareció. Pasó tan cerca y nunca rompió el silencio.