Monos en las rocas

Hampi, India

Levantarse temprano es darse un regalo.

Esto es evidente desde que huelo el café, y solo mejora cuando siento la frescura de un nuevo día en el aire de madrugada.

Poco a poco la luz se va poniendo perfectamente dorada.

Camino por la polvorienta calle de tierra entre los arrozales y palmeras en este mundo de rocas gigantes como si estuviera en un sueño.

Un martín pescador pasa volando, mostrando el increíble color turquesa de su espalda un instante antes de que aparezcan los franceses.

Pasamos descalzos sobre un montón de arroz que parecen estar secando en medio del camino.

A la derecha alza vuelo una bandada de semilleros en un remolino de plumas y aterriza en un campo vecino. Seguro se estaban comiendo el arroz de los campos. Una bandada de bandidos…

Seguimos por un sendero y vuelvo a ver las piedras a la izquierda. Hay un mono bien sentado encima de un búlder inmenso. Los franceses comentan que parece como que fuera humano, y no es cuento, si fuera menos peludo y un poco más grande perfectamente podría ser humano, y su pose no tendría nada de raro. Pero es un mono, y tranquilo nos ve pasar mientras otro atrás brinca de roca en roca, desapareciendo en el universo de piedra que es Hampi.

Nos ponemos a escalar. Es el momento perfecto. El piso es de granito y todo alrededor hay búlders dorados de todos tamaños. En las planicies se ven campos de arroz cafés entre verdes palmeras. A la distancia incontables montículos de piedras colosales. En medio de todo los antiguos templos se esconden a plena vista.

La luz del sol empieza a brillar sobre la pagoda más alta mientras un hippie que se hace llamar Cookie me cuenta que adentro de uno de esos templos hay un Ganesha gigante. Un Ganesha de más de cuatro metros de alto tallado de una sola roca, liberado de la piedra. ¿Qué más podrá esconderse en esas rocas cuando en una se encontró tal removedor de obstáculos?

Cookie se nos une y escalamos varios búlders, buscando siempre la sombra. Cuando el calor se vuelve insoportable nos despedimos, satisfechos y felices. Quedamos de vernos a las cinco de la tarde en la calle de tierra para ir a escalar el atardecer.

Cruzo el río sobre más piedras herculeanas y entro al templo principal por la puerta lateral. Es increíble, toda su superficie está tallada, por dentro y por fuera, colmada de los más diminutos de detalles. Su forma de pirámide parece estirarse hacia arriba como queriendo tocar el cielo. Adentro, monos merodean por entre las columnas de los templos menores y otros corren por todo lado.

Alguien me grita que no puedo tener zapatos ahí y yo le digo que tranquilo, mostrándole que los ando en la mano.

Doy dos pasos y me reviento la bola del pie izquierdo contra una piedra levantada y me corto la pata. “Que verga!” pero bueno, tener más cuidado la próxima.

De camino a la salida un local me pide tomarse una foto conmigo y al final salen varias selfies con todos sus compas robando cámara atrás, pero todos felices. “Oh” me dice uno señalando el piso adonde veo un charquito de mi propia sangre. Le digo que “Está bien, no es problema…” y sigo a la salida. Ahí me amarro el pañuelo (por suerte rojo y que sabía algún día me iba a servir para algo) en el pie para mantener limpia la herida después de echarme unas gotas del milagroso Melaleuca.

Me voy a desayunar y después salgo en busca del famoso Ganesha.

Lo encuentro en un templo inmenso y es el Ganesha que nunca me hubiera imaginado, hermoso. La uña de su dedo pequeño es más grande que mi cabeza. Lo contemplo un largo rato, le camino alrededor para verle la espalda y hasta me devuelvo para verlo una vez más cuando ya había salido del templo.

Sigo subiendo hacia el tope del puño de piedras que hay atrás del templo y me encuentro una cueva inmensa entre búlders enormes (del tamaño de casas y furgones y edificios enteros) que quedaron acomodados de forma muy conveniente. Está muy fresco en esta cueva, pasa constantemente una brisa que no deja que se caliente. La ausencia de basura me indica que es un lugar poco frecuentado o no visitado del todo. Rodeado por caídas casi verticales de liso granito que terminan unos diez metros más abajo la única forma fácil de llegar es escalando el puente de piedra por donde entré.

Trepo un poco más, el mayor peligro siendo que mis pies sudorosos y sucios se resbalan en el negro cuero de las chanclas, pero logro llegar arriba y una vez más aprecio el perfecto paisaje. Campos abiertos y planos rodeados de palmeras y dominados por los puñados de rocas titánicas se extienden hasta donde ve el ojo en todas direcciones. Una mirada más fina revela los templos que brotan por doquier, mezclándose perfectamente con su entorno, tallados en la misma piedra del lugar.

Bajo a la cueva adonde está fresco y agradable a pesar de que es medio día. y todo alrededor reina el calor infernal.  Sin pensarlo dos veces me quedo ahí leyendo y hasta duermo la siesta.

Tubo en Padang Padang, sueño realidad

Bali, Indonesia

Después de la surfeada de la mañana ando un poco decepcionado de mí mismo, por no atreverme a meterme en el tubo. El miedo me domina. Hasta empiezo a dudar si de verdad me gusta surfear. Todo está a punto de desmoronarse. Entretengo el pensamiento de dejar de surfear y de escalar y dejar de hacer cualquier cosa de esa naturaleza. La mente quiere destruirme.

Veo de nuevo el grafiti que dice “On the other side of fear lies FREEDOM.” En español: “Del otro lado del miedo yace la LIBERTAD.” Libertad. Palabra, idea o concepto que he tenido muy presente últimamente. 

En la tarde agarro la tabla y voy al mar con Raúl el canario. Decidimos surfear en Padang Padang en vez de Impossibles. La ola es una izquierda perfecta que rompe sobre el arrecife en una punta de piedras. Llegamos y no hay mucha gente, unas 10 personas tal vez. Me meto al borde del grupo, queriendo ver las olas. Espero pacientemente mi oportunidad.

El mar parece un lago.

Se escuchan chiflidos y veo las líneas en el horizonte. Se acelera el pulso. Líneas que se acercan y se levantan como enormes paredes con una sola salida, a la izquierda. La ola se vuelca sobre el arrecife formando un tubo grande y abierto, perfecto.

De repente estoy en el puro pico y la perfección me visita. Remo con todas mis fuerzas metiendo los brazos profundo en el agua porque sé que esta ola se vuelca rápido. Es como montarse en un tren que va a toda velocidad. Siento un empujón y me levanto de un brinco poniendo la tabla bajo mis pies. Veo un par de metros de vacío abajo mío. De alguna forma evito irme de cabeza y bajo manteniendo una línea de fe. La ola corre y crece frente a mí, cada vez más rápida y más hueca, queriendo devorarme. Cuando voy pasando frente al fotógrafo todo me dice que la ola es perfecta y meto la mano en la pared, bajando un poco la velocidad. Escucho y siento el tubo justo atrás, encima, y veo pasar la cortina de verde translucido frente a mí. Estoy dentro del tubo. Una visión increíble. Éxtasis. Euforia. El instante que me pongo a pensar dejo de fluir y me revuelca, pero me metí en un tubo, y en un monstruo de tubo porque casi ni me agaché, perfecto.

Ese tubo le dio muerte a todos los miedos y en las olas subsecuentes me tiro desde lo más profundo, metiéndome en unas cavernas tremendas (incluyendo una espumosa particularmente oscura), sin salir de ninguna, pero ya crucé, llegué a la libertad del otro lado del miedo, soy libre!

Cuando me enteré de Karma Tribe

Playa Hermosa, Costa Rica. Año 2015

Montamos las tablas de surf, hamacas y mochilas al carro y nos vamos manejando un par de horas para salir de la ciudad y llegar a la costa del Pacífico costarricense.

Voy con mi hermano Beto a visitar a nuestro amigo Dave, un loco que vive en Playa Hermosa de Jacó, un lugar tranquilo y natural, donde suele haber más olas que gente.  

Desde que se mudó aquí con su amigo Allan siempre ha tenido la puerta abierta para quien quiera visitarlo. En las múltiples casas que ha vivido siempre nos ha brindado un espacio para dormir, convivir y más que nada, compartir y disfrutar. Hemos dormido desde en los sillones hasta en el piso de la cocina, y colgando en las hamacas donde nunca hubiéramos imaginado.

Esta noche dormiremos bajo las tablas del piso. Por suerte para nosotros Dave está viviendo estos días en una casa sobre pilotes de madera al borde de una montaña, perfecto para colgar las hamacas.

Apenas llegamos Dave se asoma por el balcón y nos recibe con un “Que me dicen maeeeeeeees!” y una sonrisa, antes de siquiera habernos apeado del vehículo. Subimos las escaleras y hay fuertes abrazos para todos. Nos cuenta que las olas han estado buenísimas y que en media hora termina de trabajar (en línea), y que se viene a surfear con nosotros.

Aprovechamos esa media hora para hacer el café chorreado de la tarde y después de saborear hasta la última gota nos vamos a surfear. En 5 minutos estamos frente al mar y Playa Hermosa nos saluda haciéndole honor a su nombre. Olas para todos.

Cada uno lleva a cabo su ritual antes de entrar al agua y para adentro. Disfrutamos una gran sesión entre amigos y hermanos, hermanos del mar y de la vida. Cuando ya no se puede ver nada salimos del agua bajo las estrellas y vamos pa la casa, pa la casa de Dave, o como él la ve, la casa de todos.

Juntos preparamos una buena cena y ayudamos con la importante labor de lavar los trastes.

Bien alimentados nos dedicamos a guitarrear y cantar y filosofar. Es entonces cuando Dave me dice que tiene un proyecto en mente. Me cuenta que la idea original fue de Allan, hace años, pero nadie ha actuado sobre ella. (Allan ahora vive a una hora de Hermosa, y su puerta, igual que la de Dave, sigue siempre abierta.)

Desde ese entonces la idea ha sido un volcán durmiente.

Dave confiesa que está dispuesto a meterle toda su energía a este proyecto para hacerlo una realidad. Puedo ver el brillo de un sueño en sus ojos y escucharlo en sus palabras. Es el sueño de un mundo donde las personas pueden dedicarse a hacer lo que más aman, ayudándose a ellos mismos mientras ayudan a los demás. Un sueño donde la bondad y el amor son lo que mueve el mundo en todos los niveles, en el que vale más una sonrisa que un billete. Donde la gente se pregunta “¿Cómo puedo ayudar?” en vez de “¿Cuánto puedo ganar?” Un mundo más feliz.

Ese sueño es Karma Tribe.

Remando en el mar de Andamán

Diarios de Tonsai, Tailandia

Arrastro mi navío sobre la arena gruesa y zarpo hacia donde no hay senderos. El mar está levemente inquieto y el cielo se olvidó de la lluvia. ¡Qué perfecta tarde para remar!

Poco a poco entro en mi ritmo natural mientras la proa del kayak salta celebrando las olas. La pradera marina se extiende hasta el infinito, decorada por los acantilados de las islas que flotan en su inmensidad.

Topo con suerte y encuentro un parque de diversiones entre las rocas al borde de unas islas, donde el agua pasa por cuevas, túneles y pasadizos en un desorden épico. Observo largo y tendido, esperando las olas para ver cuales lugares exponen roca al vaciar.

La experiencia me enseñó que una de las formas más fáciles de volcarse en el kayak es explorando estos lugares. Cuando viene “el set” (las olas grandes) primero llena todo de agua y después drena por completo antes de la próxima ola, dejando al kayakero balanceado precariamente sobre las rocas expuestas. Una vez en esta cómica situación es casi milagroso no volcarse antes de la embestida de la próxima ola.

Cuando creo que he visto todos los puntos críticos que vacían dejando roca pelada me dispongo a gozar.

Paso como un demonio por un oscuro túnel, gritando de emoción y agachando la cabeza para mantenerla conmigo cuando de repente sube el nivel del agua, queriéndome presentar al techo de roca. Salgo a la luz del otro lado y me doy vuelta para tirarme por un tobogán que solo existe cuando entra la ola, pasando por un estrecho pasadizo entre las rocas donde entra el mar y me impulsa en un emocionante viaje entre agua, aire y piedra. El kayak doble es un poco más retador de maniobrar, pero la misma ola que rebota contra las piedras lo mantiene a uno a salvo (a menos que lo reviente contra las piedras en el inicio, pero si se logra evitar eso se está bastante seguro y el mar guía con sabiduría.)

Nunca me ha pasado que el mar me reviente en kayak contra las piedras, pero me imagino que, aunque no debe ser tan placentero, tampoco debe ser tan trágico como la mente lo pinta.

Juego y juego hasta que en una pasada a aguas bajas las rocas le rascan un poco la panza al kayak, avisándome que es hora de seguir navegando.

Rodeo las islas, pasando por partes donde puedo remar bajo techo, flotando en cuevas con estalactitas colgando sobre mi cabeza que se acercan y se alejan con las olas del mar. Catedrales marinas.

Me deleito viendo nuevos acantilados y viejos conocidos desde un nuevo punto de vista.

Explorando una isleta encuentro los más maravillosos hoyos sopladores. Uno en particular es un dragón marino. Me quedo maravillado frente a la entrada de la pequeña cueva. Primero suena cuando el vacío empieza a succionar, se siente inhalar con todas sus fuerzas, el agua a su entrada se pone rugosa y gotas de agua son arrancadas de la superficie, secuestradas hacia la oscuridad de la cueva y seguidas por un instante de paz que precede la feroz explosión de spray caliente en la que el vacío devuelve todo lo que se llevó.

Lo bonito de estos es que en vez de escupir hacia arriba, como la mayoría de los que había visto, disparan paralelo al mar, facilitando jugar con sus explosiones y refrescarse en ellas (a pesar que algunas veces sale casi caliente).

Encuentro otro cerca que, aunque no aspira, tira un spray tremendo y mucho más concentrado. Disfruto sus explosiones entre las olas hasta lograr colocarme en el punto perfecto. “Puuuffffffffshhhhhhh!” Una explosión gloriosa me da directo y casi me bota del kayak. “¡Hiiija!” Qué emocionante despliegue de energía.

Me imagino que así se debe sentir cuando escupen los tubos de las olas inmensas que surfean los profesionales alrededor del mundo. Incluso hay una historia que cuenta de una ola en Hawaii tan poderosa que con su escopetazo le dislocó el hombro a uno de estos míticos montadores de olas.

Me quedo por ahí, maravillado por los regalos de la naturaleza. Me fascinan todas estas sorpresas, junto con su espontaneidad y ocurrencia según la variación de las mareas. Tuve la suerte de pasar por aquí en el momento perfecto.

Remo en la angulosidad del mar meneado, encontrando ocasionalmente la deliciosa superficie suave y redonda del agua calma, deslizándome a través de estos refugios acuáticos creados por las islas que protegen de viento y oleaje.

Cruzando la bahía amarro como puedo el kayak a una piedra con un demasiado corto pedazo de cuerda de escalar e intento caminar por el slackline (cuerda floja) sobre el mar.

Tensado entre dos isletas de piedra cuchillo y cubiertas bajo la superficie por conchas navaja y quién sabe cuántos erizos, llegar a la línea es más que un reto. Logro un par de intentos en los que camino un poco, pero en el tercero me doy cuenta que con el fuerte oleaje el kayak se zafó de la piedra y me tengo que ir nadando tras el fugitivo a tres brazadas por respiración.

Nuevamente encaramado en mi embarcación voy a explorar nuevos acantilados desde el mar. Negros, anaranjados, blancos, grises, cremas, el verde de las plantas, la oscuridad de una cueva, el azul del cielo y el turquesa del mar saltan por doquier en un espectáculo visual centrado en la caliza.

Remo con cautela muy cerca del oscuro borde de una isla que sale del mar en un ángulo invertido de unos 45 grados, creando una cubierta de piedra negra que sube sobre el agua.  Al pasar la ola contemplo el brillo de mil diamantes que llueven deliciosamente, precipitándose desde la negra rugosidad de piedra, gota a gota de regreso al mar…

Una cola negra con amarillo se arrastra hacia arriba en las rocas de una isla. Instintivamente me hago hacia atrás pensando que puede ser una serpiente marina que salió a poner huevos, pero pronto veo asomar la cabeza y garras de un varano que me saca su bífida lengua morado-negra mientras me enseña que es él quien está al otro lado de esa cola de culebra.

Garzas de arrecife del Pacífico esperan en las piedras tras cada acantilado y se van volando en busca de otra percha. Una y otra vez ellas huyen sin ser perseguidas y yo las persigo inadvertidamente en el curso de mis aventuras. Finalmente, una se queda quieta y tranquila viéndome pasar con esa mirada amarilla y puedo continuar sin alterar su paz.

Entre los peñascos de las islas vuela el águila marina de panza blanca, ya cerca del atardecer.

A media bahía acomodo el remo y quedo a la deriva mientras me como una barra y tomo un poco de agua en medio del mar antes de enrumbarme hacia la playa.

Regreso con las suaves olas y piso terra firme una vez más para presenciar un atardecer de ensueño en el que primero los acantilados se visten de oro y cuando creo que todo terminó la bóveda celeste se incendia con los más asombrosos colores de atardecer.

Al borde del acantilado

Diarios de Tonsai, Tailandia

Salgo con la hamaca a explorar el día. Camino entre la jungla hasta topar con la muralla de uno de los acantilados y sigo sus faldas hasta llegar donde se desploma hacia el mar y hacia el cielo.

Llego a una parte que se llama “Melting Wall” y después de un poco de exploración encuentro un buen lugar para poner la maca en una cueva, colgando de dos salientes en el techo de la caliza. Pongo todas mis cosas al alcance y quitándome los zapatos me tiro en la maca.

Hay un pequeño piso y un corte en la roca, unos dos metros más abajo está el mar en su eterno movimiento. Desde la maca tengo una vista incomparable de la bahía de Tonsai en su máximo esplendor, rebosando con la marea alta, con su arena dorada frenteando la selva y los barcos cola larga flotando en el canal al inicio de la playa. Del otro lado de la verde bahía están mis dos acantilados favoritos con fondo celeste y enmarcados en la oscuridad de la roca que me rodea y sigue por decenas de metros sobre mi cabeza. Los acantilados lucen una gama de blancos, cremas, suaves anaranjados, grises y hasta partes negras en sus orgullosas caras, resaltando entre intenso verde de la selva tropical. En sus topes tienen algunos penachos de valiente flora que se atreve a vivir al borde del abismo.

El acantilado de la izquierda tiene un extra-plomo tremendo en su tercio superior y el de la derecha es una pared vertical que siempre me hace pensar en “El Capitán” de Yosemite, llamados “Tonsai Wall” y “Tiger Wall” respectivamente. Ambos nacen desde la arena de la playa y llegan a tocar el cielo cientos de metros más arriba.

En medio de los dos hay un mundo perdido que alberga la jungla más cobresca, tigresca, y salvaje que se pueda imaginar jamás. Protegida a sus lados y fondo por los dos inmensos acantilados que se meten tierra adentro y se conectan al final formando una “v” tierra adentro, y una pared lisa y extra-plomada (hogar de las rutas más difíciles del condado) de 50 metros a su frente, el lugar es prácticamente inaccesible para el ser humano “normal.”

Sueño con escalar hasta ahí y acampar unos días en ese mundo, tan cerca y tan lejos.

Pongo un pedazo de espiral que me encontré entre las piedras a humear bajo la maca para espantar mosquitos y me tiro ahí simplemente a disfrutar de la vista. Nunca había tenido una vista así desde la maca. Puedo ver el lugar donde hamaquié el otro día justo frente a mí, en “Tonsai Wall,” del otro lado del agua.

A mi alrededor inmediato hay caliza por todo lado, parece derretirse cuando uno no está viendo y congelarse en el momento que uno le presta atención. Hay estalactitas y estalagmitas y troncos de inmensos árboles de caliza que los geólogos llamarían “columnas” y todas las formaciones que uno se pueda imaginar.  De vez en cuando pasa un barco cola larga con ese aire inconfundible de navío asiático por el canal y el coro de su motor es amplificado por los acantilados como en un teatro de la antigua Grecia.

Leo horas y veo la bahía vaciarse poco a poco al retirarse el agua camino a la marea baja de la tarde.

Empiezan a romper las crestas de pequeñas olas que entran a la bahía en forma de herraduras al pasar sobre rocas que ahora se asoman a la superficie. Su suave y rítmico sonido es el respirar de la Pacha Mama.

Veo dos Martines Pescadores vestidos en plumaje impecable, blanco con azul marino y negro azabache. Están conversando en las ramas de un arbusto seco al lado del agua. Siempre me he preguntado cómo hacen los animales para verse tan limpios?  Uno termina de comerse algo y se va, dejando al otro perchado viendo hacia el mar. Poco después éste otro alza vuelo y pasa a molestar a una garza gris que caza entre las rocas recién emergidas del mar y vuelve a percharse justo donde estaba segundos antes.

Me le quedo viendo un rato, pensando lo bonito que es dedicar tiempo a observar y apreciar el mundo natural.

Leer algunos de los escritos de John Muir me ha inspirado a explorar más y a raíz de eso ha vuelto a encender el fuego de la aventura y amor por la naturaleza dentro de mí. Ayer me tomé el tiempo de ver un milpiés y las olas de su caminar. Hoy en la mañana pude ver en detalle la boca de un caracol que limpiaba su concha, un poco asqueroso a mi parecer, pero sin embargo perfecta naturaleza.

El Martín alza vuelo de nuevo y se parece estrellar contra un bambucillo a mi derecha al borde del agua cuando los gritos de una chicharra delatan que no fue ningún accidente y el ave se regresa a su percha con chicharra gritando en su pico.

Usando su cuello y cabeza como un látigo cuya punta es la desafortunada chicharra revienta de lado a lado a su presa contra la rama hasta que no hay más gritos y procede a tragársela entera.

¡Ese pájaro que yo pensaba que no estaba haciendo nada, estaba cazando, qué momento!

 

Diluvio en Tonsai

Diarios de Tonsai, Tailandia

Recobro poco a poco la conciencia de mi cuerpo y llevo el mosquitero de la cama a nuevos límites, estirándome lentamente desde la punta de los pies hasta los dedos de las manos.

“Plac, plac, plac plac plac…”  Gotas grandes y pesadas caen sobre el techo metálico del bungalow de madera. Se abre el cielo y la lluvia cae en chorros. Salgo al balcón para tirarme en la maca y deleitarme viendo la tormenta bañar los acantilados de caliza. La intensidad es alucinante. Cada vez llueve más recio y aparentes ráfagas resultan ser simplemente incrementos en la tempestad.

Me parece increíble que esta cantidad de agua pudiera estar sostenida en el cielo, paseando en forma de nubes, recolectando agua hasta reventar.

Empieza a llover adentro también. Por suerte ninguna de las goteras cae sobre la cama o las pertenencias.

Llueve horas sin parar…

Por momentos parece aminorar un poco y hace pensar que fuera el final, pero son solo respiros en los que agarra fuerza.

Varios vecinos han salido a ver el diluvio. Algunos esperando a que pare para poder ir a desayunar (como yo) y otros porque nunca han visto llover así. Se pone tan fresco que aprovecho para ponerme un par de medias.

Entrada la tarde decido que puede más el hambre y me pongo un impermeable y unos chores y me voy a desayunar. Todo está empapado, el agua corre, la pendiente le ayuda a abrirse camino rápidamente hacia el mar.

Finalmente va bajando la intensidad de la lluvia y cuando me termino mis huevos fritos ha cesado totalmente y hasta se atreve a brillar el sol.

Las nubes se volcaron sobre Tonsai hasta consumirse a sí mismas por completo, dejando ver el cielo azul.

Un café y unas páginas después parece que ya se puede escalar. Voy con todo mi equipo por la playa y tengo la suerte de encontrarme con gente probando una ruta “fácil” que tengo algún chance de completar. Me invitan a escalar y juntos disfrutamos la camaradería de la escalada.

Cuando llega mi turno la intento y apenas logro llegar arriba para salvar la tarde que nunca tuvo que ser salvada, simplemente urgía algo de movimiento después del letargo del diluvio.

Verde se mantiene la selva.

Viva se mantiene el alma.

En la noche regresando a la casa veo la explosión de vida desatada por el diluvio. Ranas de todo tipo brincan de charco en a charco por la callejuela y escalan los árboles, dándose un festín con el brote de mosquitos y miles de otros bichos emergidos de la lluvia. Ranas tan gordas que parece que van a reventar. El coro de la selva suena a mil voces.

Paso cerca de una lámpara envuelta en una nube de insectos voladores cafés en un frenesí total. Al ver que parecen inofensivos me acerco cada vez más, hasta quedar con la cabeza dentro de esa locura. El revoloteo de sus delgadas alas suena todo alrededor y al abrir los ojos me recuerda de estar nadando en medio de una escuela de peces. Antes de quedar totalmente hipnotizado y ponerme a dar vueltas con ellos sigo mi camino a casa.

Algo me recuerda que a veces con estas lluvias pueden meterse las culebras a las casas, y yo no he hecho ni un solo chequeo de Cobra desde que llegué.

Al llegar al bungalow me encuentro con sedientos representantes de los millones de mosquitos desatados por el diluvio esperando mi retorno. Quieren mi sangre.

 

 

Una exploración submarina

Ko Tao, Tailandia

Me levanto antes de que salga el sol, emocionado por ir a explorar las profundidades del océano.

Un saludo a un sol durmiente, un trago de agua y estoy listo.

Elijo ir caminando por la playa, en el gris del pre amanecer. Los barcos flotan sobre la superficie desierta del mar, que esconde tanta vida en sus entrañas. En el horizonte inmensas cumulonimbos forman una cadena montañosa que amenaza con tormenta.

Llego al centro de buceo donde todos están medio dormidos. Poco a poco empieza a despertar la emoción mientras alistamos el equipo. Tanques de aire suenan como campanas al amanecer. Reguladores, máscaras, bc´s, patas de rana, todo va para los pickups y nosotros también. Esta vez me mandan en la cabina, como un pachá. Al regreso disfrutaría el aire fresco, sentado atrás junto al equipo que nos facilita explorar bajo el agua.

Llegamos al puerto donde nos espera el viejo barco de madera. Es grande, azul con celeste y un capitán tai que cambia como el mar.

Empieza a llover mientras salimos de la bahía hacia el Pináculo de Chumphon, una gigante torre de piedra debajo del mar. Me toca de “dive buddy” un señor con cola larga y dientes desgastados como los de un caballo viejo, aventurero por décadas. De “dive masters” nos acompañan un flaco tatuado de tragedias y un tipo muy alegre con tremenda barba roja.

Ensamblamos el equipo y comprobamos que todo está en orden antes de dar el paso gigante, el paso entre dos mundos.

En un paso, todo cambia y nos convertimos en exploradores en un mundo submarino, aquanautas…

Al caer todo queda atrás en una explosión de blancas burbujas que al disiparse revelan el primer vistazo de los secretos escondidos bajo el espejo de la superficie. Azul, azul, azul… Ingravidez… Abrumadora inmensidad. Me asalta la misma sensación que da al contemplar el cosmos en las noches más estrelladas.

Peces plateados pasan frente a nosotros, nadando sin esfuerzo y aparentemente sin rumbo, de un lado a otro. El único sonido es el de mi propia respiración a través del regulador. Columnas de burbujas que vienen desde abajo nos avisan que no estamos solos.

Descendemos siguiendo una vieja cuerda color crema cubierta de bivalvos que nos guía desde la boya que flota en la superficie hacia lo desconocido de las azules profundidades. Inmensas escuelas de peces plateados se mueven como un solo animal y forman una pared llena de ojos que fluye ante nosotros, reaccionando ante el menor movimiento repentino con la velocidad de un rayo. Seguimos bajando y vemos el pináculo por primera vez. Es una explosión de vida, cubierto de corales, esponjas, anémonas y rodeado de peces de todos tamaños, alberga vida en cada rincón. Una escuela de diminutos peces del tamaño de almendras nos envuelve, nadando a escasos centímetros todo alrededor.

Dejamos la línea y nos acercamos al borde del pináculo. Una inspección cercana revela la presencia de peces morados que viven perfectamente camuflados en el baile de las anémonas. Lo que parecen ser flores amarillas, rojas, blancas, anaranjadas y moradas que salen de los corales, resultan ser gusanos que se retraen en una fracción de segundo, desapareciendo en un acto de magia si algo se les acerca demasiado. Un inmenso Grouper levita tranquilo en las sombras de una cueva, con ojos como los de una vaca y una boca que puede engullir en un instante a la mayoría de especímenes a su alrededor. Hacia arriba se ve el borde de la roca y las siluetas de los peces. Hay algo grande entre ellos. Ante el trasfondo brillante de la superficie lejana se destaca la forma de una masiva barracuda. Pasan ángeles, compartiendo en sus escamas azules y amarillos que desafían cualquier paleta de color jamás imaginada fuera del agua. El “dive master” nos señala un “Harlequin Sweet Lips” que se esconde en un coral, dejando ver solo partes de sus manchas blancas entre su color rojizo y los brazos del coral. Otra señal y vemos dos babosas cuyos colores revientan los límites de lo posible. El blanco más blanco, destacado por un negro tan vacío como el espacio, amplificado por anaranjados y amarillos imposibles, en una textura que tienta a romper todas las reglas de “ver y no tocar” del buceo. Todo el universo en una babosa de mar.

Seguimos nuestro recorrido entre lo inimaginable por la eternidad del ahora, finalmente emergiendo de las profundidades para compartir con quien lo quiera el hechizo del viaje submarino.