La costa

Aquí pegan de frente todas las furias de las tormentas marinas.

Las olas revientan cada vez más cerca y escalan la playa como queriendo salirse del mar. Blanco y espumoso el fiero hocico de un océano rabioso llega casi a la puerta de la casa. Ahora el viento se le une y solo falta la lluvia para que sea una tempestad.

Las hojas de las palmeras suenan sin parar y las que no logran aguantar se arrancan y con tremendo estruendo se arrastran aferrándose a los troncos durante su caída hasta llegar al suelo en un triste golpe final.

Suenan los ruidos sordos de las pipas que caen como meteoritos en la arena y un panal se menea terriblemente mientras un pueblo entero de avispas se aferra por la vida.

El pasto y el churristate ya no bailan sino que se doblan y se les dan vuelta las hojas que les quisiera arrebatar el despiadado viento.

Éste se enoja más y en su colerón le arranca las crestas a las olas y la espuma gruesa y blanca vuela al cielo elevada como nieve en una tormenta de otras latitudes…

Extracto de Diarios del carrocasa. El día del vendaval

Oasis

Atravieso la soledad en la oscuridad de la noche. Sobre opacas calles vacías voy a veces cuesta abajo y a veces cuesta arriba, sigo sin tregua en camino al lugar indicado. Voy siguiendo un hilo invisible de algo que siempre me ha guiado; El Camino Dorado

Recorro los silenciosos kilómetros sobre dunas negras que se tragan el brillo anaranjado de las luces del alumbrado sin devolver nada más que vacío y el aire frío se me mete en las orejas mientras sigo adelante con la mirada fija en la media luna que flota encima del horizonte. 

El camino es largo y es eterno, y de repente, en un instante, todo terminó. 

Llego al fin a la equis en el mapa y encuentro un portón cerrado, pero puedo escuchar voces que vienen del otro lado…

Aquí afuera las arenas del desierto azotan las rutas abandonadas en el olvido de la pandemia y la luna brilla distanciada, despidiéndose con un brillo amarillo antes de su retirada. Pronuncio el “Ábrete Sésamo” y salen a recibirme un par de beduinos con los que atravieso un portal a otra época… 

Entramos directo al Oasis, donde brillan las luces y la gente baila alegre al sonar de la música. “Sed alegres” se dijo una vez hace mucho y aquí, en el lugar menos esperado, encuentro que se sostiene un bastión de esa alegría. Veo gente viviendo la vida, disfrutando de la buena comida y bebida y compartiendo de todo en este juego de sueños y tragedias, todos bebiendo del cáliz de la compañía, eterna fuente de alegría. 

Un oasis en el desierto del Covid.

En un abrir y cerrar de ojos me devuelvo en el tiempo y en el canvas de mi mente se pinta con memorias un cuadro reluciente; el oasis de Huacachina en el desierto de Ica…  

Afuera, los vientos de la pandemia siguen moviendo la arena del tiempo, enterrando la camaradería, las amistades y las familias bajo las dunas de los años… Mientras aquí dentro, del pozo inagotable del ser, rellenado infinitamente por la abundante compañía, los camellos seguirán bebiendo galones y galones de gloria eterna, hasta la próxima travesía…

*Por lo menos, todavía se puede soñar¿Será, que estamos soñando despiertos? ¿Será, que esto también pasará? ¿Será, que hay rarezas con las que tenemos la suerte de topar, antes de que todo esto se llegue a acabar?

Tirado en la maca

Verdes palmeras brillan entre la bruma del mar,

me arrullan las olas que revientan sin parar.

De los almendros con sus hojas de colores, 

llueven estrellas en forma de flores.


El horizonte marino me invita a soñar. 

Alzo la mirada y veo una flecha de pelícanos pasar.

Una pluma trabada y el canto de un gallo.

Una pipa que cae y un hombre que se levanta…


Un aroma a café entra en mi mente,

¡Qué rico un yodo caliente!

Diarios del Carrocasa

27/4/2021

Un día después de la luna llena.

No hay pan en Pavones. Fui al pueblo a comprar huevos y pan, pero no había pan en los tres supers (2 y 1 tiendita), se vendió todo el pan con el swell, “gracias a Dios” dijo el mae de la tiendita.

Cuando volví a Jr. sentí como volver a la casa después de andar lejos en un largo viaje, y aunque tal vez solo me fui media hora, es lo más lejos que he ido desde que llegué.

*La gloria de tormenta en buen refugio. Rayos y truenos y todo.

Extracto del capítulo Pavones-Pavones, Diarios del Carrocasa

En tren de Mughalsarai a Bodh Gaya

India

La fuerza de Banaras es fuerte y no me quiere dejar irme. No hay trenes, tengo que agarrar uno de una ciudad vecina, Mughalsarai. Ahí podré enrumbarme vía Gaya hacia Bodh Gaya, el lugar donde el Buda se iluminó debajo del árbol.

Me levanto a las seis y media de la mañana para salir con tiempo y aprovechar para bookear un hotel barato, pero el internet se fue desde ayer y mi ilusión de que hubiera vuelto en la mañana no se cumplió.

Camino unos 5 minutos entre los callejones y salgo a la principal donde me tratan de cobrar el doble pero encuentro un cycle rickshaw (bicitaxi) que me lleva por precio cercano al real. Una media hora en bici en el sol de la mañana está rico, antes de que se ponga infernal el horno mientras gira la tierra. Llego a la estación de tren y de ahí me voy en un jeep colectivo a Mughalsarai, conociendo en el camino a un hombre de familia que me dice viendo en su celular que mi tren tiene hora y media de atraso. Esto sería apenas una preparación o aviso de lo que vendría. 

Cuando compré el boleto me dijeron que el tren salía a las diez y media de la mañana y que era bien rápido, que duraba 3 horas a Gaya y de ahí era como media hora en tuk tuk hasta Bodh Gaya. 

Salió como una hora tarde y bien estrujado, con gente por todo lado. A pesar que era sleeper class yo llevaba gente encima y todo alrededor, en un momento hasta entrepiernada. Había por lo menos 5 personas en cada cama (supuestamente para una persona), un imposible enredo de zapatos y chanclas en el piso y bultos por todo lado (incluido el mío amarrado a las rejas de la ventana con un mosquetón para mantenerlo seguramente balanceado sobre la mesita donde lo podía ver y sin que fuera a caerle encima a nadie). Básicamente había como 25-30 personas en un espacio destinado para 4, bienvenido a India, bienvenido a compartir. Además de eso, en vez de durar tres horas duró como ocho. Las vistas fueron muy bonitas y también lo fue compartir con los locales. En el camino venden hirviente té, chai. Delicioso. Una experiencia muy linda, intensa como casi todo en India. Pasamos pueblos y campos y chozitas hechas de paja entre campos cafés y palmeras. Los ríos están secos. 

Cuando finalmente llego a Bodh Gaya me hago amigo de un local y hablamos un buen rato mientras comemos.

Javid me lo cuenta: “Two rivers. Dry.” Me cuenta de las cuevas en la montaña. Primero ofrece llevarme en su moto y después, cuando me pregunta si sé andar y yo le digo que más o menos, me dice que entonces me la presta, que él me explica el camino y después yo me la llevo, que los policías me dan derecho de vía por ser turista. Solo tengo que acordarme de manejar del otro lado de la calle y jugármela con el tráfico. Eso implica aprender a frenar controladamente, algo que nunca he tenido que hacer en Ometepe (una isla en el Lago de Nicaragua), el polo opuesto en población a la India y el único lugar donde he andado en moto (aparte de Copacabana en Bolivia), donde tampoco hay mucha gente y la única vez que tuve que frenar fue por una oveja en medio del camino. Logrando mantenerme del lado indicado de la calle y esquivando el resto del tránsito solo me quedaría subir en la moto por unas calles de piedra en la montaña tan empinadas que los tuk tuks no suben, y esos bichos suben por todo lado. Cuando llegue a las cuevas tengo que asegurarme de guardar la llave de la moto en la bolsa para que no me la roben los “monos blancos” quienes son muy agresivos según me cuenta Javid “the white monkeys.” Por eso no puedo llevar ni las llaves de la moto ni nada en la mano. Le pregunto a Javid qué pasa si me las quitan y me dice: “You can become monkey also and chase them and take it from them.” 

Suena como una buena aventura…

Si logro todo esto, puedo meditar en las cuevas donde meditó el Buda Gautama. 

Pura vida

Una historia

Una historia que empieza lerda como el perezoso, pero que envuelve y atrapa como la arena movediza. Tan lenta y segura como los cambios del clima, que no lo notás, pero cuando te das cuenta se fue el verano. Con personajes que conocés mejor que a nadie, pues vos sos todos los personajes, y les das vida en tu mente. Héroes tan valientes como tu consciencia y villanos tan oscuros y malvados como la peor vagabundería, envueltos en mantos de ideales y falsas esperanzas. Maravillas que no sabías que podías imaginar y vacíos más profundos que el fondo del mar. Una historia, donde todo puede pasar…

Donde el río sale volando

 

La libélula gigante flota en el aire,

volando entre verde jungla y cielo azul.

 

Una lluvia de hojas doradas frente a la cascada.

El estruendo del agua, que sale disparada,

millones de gotículas vuelan hacia el horizonte,

disipándose invisibles solo para volverse a juntar…

 

Un criadero de nubes es este lugar,

donde el río sale volando…

Salta y luego explota y se convierte en humo,

se esfuma y se hace uno con las nubes.

 

El resto sigue hacia el mar, 

Relajado, fluyendo todo es bajar.

Descansar con paciencia es curar,

sanar.

 

Desembocar,

uno con el todo, 

uno con el mar.

 

Fluir, fluir y fluir y volver a empezar…

Extraños encuentros

Y ahí estaba el oso, nadando panza parriba en la poza.  Bajo la luz de la luna y las estrellas y el misterio de la oscuridad, el oso flotaba relajado en el agua casi congelada de lo que una vez fue un glaciar… En eso, el oso queda viéndole a los ojos, pero sus ojos son brillantes y tienen una chispa adentro, parecido a un reflejo de sol, pero mucho más brillante, y mucho más que eso. En esa pequeña chispa, en lo más oscuro de los ojos del oso se podían ver estrellas y galaxias, agujeros negros llenos de luz, esos ojos de oso. Y de repente el oso se sumergió rápida y silenciosamente, dejando anillos de luz en el agua y un llamado que sonaba a lo lejos… Raúl, Raúl, Rauuúl!

La voz de La Vieja le llegó como un escalofrío que se le arrastró hacia la cabeza por la espalda del alma y se levantó de inmediato. Al abrir los ojos solo vío blanco, y luego recordó que estaba en la casa de La Vieja y que todo estaba bien. Esta vez todo estaba bien… Pero cuando vio a La Vieja se dio cuenta de que estaba asustada, y vio que lo blanco era nieve que volaba en un tremendo vendaval dentro de la casa. La Vieja le dijo que tenían que irse, la mitad del techo había salido volando y parecía que la tormenta quería llevarse la otra mitad. Fueron al cuarto de La Vieja y debajo de una alfombra apareció una escotilla redonda, camuflada entre las tablas del piso, invisible para quién que no la busca, o no la ha visto… Bajaron por una anciana escalera de madera y pasaron en silencio por oscuros túneles hasta llegar a una amplia caverna bajo las raíces del Viejo Milenario… El árbol más viejo de los once mil mundos…

Un viaje por Nepal

 

Diario del Himalaya

 

Un día a la vez…

Así empezó la aventura por aquella cordillera, Abuela de las montañas de nuestra Tierra, en lo que hoy es Nepal. 

La idea es caminar alrededor del macizo Annapurna, disfrutando los paisajes en el día, y el calor, alimento, y compañía de los refugios en las noches. Llevo un buen bulto con todo lo necesario (ojalá), y el resto, espero encontrarlo todo en el camino…

Un viaje siguiendo la luz y la montaña, hacia arriba y hacia adentro, para abajo y para afuera. Caminar, y descansar… Un viaje de vuelta redonda, para llegar a ningún lado, y terminar, justo donde empezamos…

…y empezamos aquí, ahora, en Katmandú.

Sólo en El Silencio

Ahora camino entre ancestros. Viejos robledales desde el principio de los tiempos, intocados, intocables…

Llenos de secreta sabiduría, me susurran sus misterios a través del viento y el canto de las aves. Hongos del más allá me invitan a otros mundos. Telarañas perfectas y serpientes mensajeras de la Pachamama, que me sostiene y me cuida, que me ha dado la vida.

El sol me calienta y el cielo azul me llena de esperanza.

Árboles que transmiten sonrisas y en el barro huellas de danta. Helechos gigantes se bañan en la luz de la mañana. Musgos masivos abrigan los robles. Colibrís aparecen y desaparecen en destellos de luz.

Divago, asombrado en secreto por el bosque…