En tren de Mughalsarai a Bodh Gaya

India

La fuerza de Banaras es fuerte y no me quiere dejar irme. No hay trenes, tengo que agarrar uno de una ciudad vecina, Mughalsarai. Ahí podré enrumbarme vía Gaya hacia Bodh Gaya, el lugar donde el Buda se iluminó debajo del árbol.

Me levanto a las seis y media de la mañana para salir con tiempo y aprovechar para bookear un hotel barato, pero el internet se fue desde ayer y mi ilusión de que hubiera vuelto en la mañana no se cumplió.

Camino unos 5 minutos entre los callejones y salgo a la principal donde me tratan de cobrar el doble pero encuentro un cycle rickshaw (bicitaxi) que me lleva por precio cercano al real. Una media hora en bici en el sol de la mañana está rico, antes de que se ponga infernal el horno mientras gira la tierra. Llego a la estación de tren y de ahí me voy en un jeep colectivo a Mughalsarai, conociendo en el camino a un hombre de familia que me dice viendo en su celular que mi tren tiene hora y media de atraso. Esto sería apenas una preparación o aviso de lo que vendría. 

Cuando compré el boleto me dijeron que el tren salía a las diez y media de la mañana y que era bien rápido, que duraba 3 horas a Gaya y de ahí era como media hora en tuk tuk hasta Bodh Gaya. 

Salió como una hora tarde y bien estrujado, con gente por todo lado. A pesar que era sleeper class yo llevaba gente encima y todo alrededor, en un momento hasta entrepiernada. Había por lo menos 5 personas en cada cama (supuestamente para una persona), un imposible enredo de zapatos y chanclas en el piso y bultos por todo lado (incluido el mío amarrado a las rejas de la ventana con un mosquetón para mantenerlo seguramente balanceado sobre la mesita donde lo podía ver y sin que fuera a caerle encima a nadie). Básicamente había como 25-30 personas en un espacio destinado para 4, bienvenido a India, bienvenido a compartir. Además de eso, en vez de durar tres horas duró como ocho. Las vistas fueron muy bonitas y también lo fue compartir con los locales. En el camino venden hirviente té, chai. Delicioso. Una experiencia muy linda, intensa como casi todo en India. Pasamos pueblos y campos y chozitas hechas de paja entre campos cafés y palmeras. Los ríos están secos. 

Cuando finalmente llego a Bodh Gaya me hago amigo de un local y hablamos un buen rato mientras comemos.

Javid me lo cuenta: “Two rivers. Dry.” Me cuenta de las cuevas en la montaña. Primero ofrece llevarme en su moto y después, cuando me pregunta si sé andar y yo le digo que más o menos, me dice que entonces me la presta, que él me explica el camino y después yo me la llevo, que los policías me dan derecho de vía por ser turista. Solo tengo que acordarme de manejar del otro lado de la calle y jugármela con el tráfico. Eso implica aprender a frenar controladamente, algo que nunca he tenido que hacer en Ometepe (una isla en el Lago de Nicaragua), el polo opuesto en población a la India y el único lugar donde he andado en moto (aparte de Copacabana en Bolivia), donde tampoco hay mucha gente y la única vez que tuve que frenar fue por una oveja en medio del camino. Logrando mantenerme del lado indicado de la calle y esquivando el resto del tránsito solo me quedaría subir en la moto por unas calles de piedra en la montaña tan empinadas que los tuk tuks no suben, y esos bichos suben por todo lado. Cuando llegue a las cuevas tengo que asegurarme de guardar la llave de la moto en la bolsa para que no me la roben los “monos blancos” quienes son muy agresivos según me cuenta Javid “the white monkeys.” Por eso no puedo llevar ni las llaves de la moto ni nada en la mano. Le pregunto a Javid qué pasa si me las quitan y me dice: “You can become monkey also and chase them and take it from them.” 

Suena como una buena aventura…

Si logro todo esto, puedo meditar en las cuevas donde meditó el Buda Gautama. 

Pura vida

Una historia

Una historia que empieza lerda como el perezoso, pero que envuelve y atrapa como la arena movediza. Tan lenta y segura como los cambios del clima, que no lo notás, pero cuando te das cuenta se fue el verano. Con personajes que conocés mejor que a nadie, pues vos sos todos los personajes, y les das vida en tu mente. Héroes tan valientes como tu consciencia y villanos tan oscuros y malvados como la peor vagabundería, envueltos en mantos de ideales y falsas esperanzas. Maravillas que no sabías que podías imaginar y vacíos más profundos que el fondo del mar. Una historia, donde todo puede pasar…

Donde el río sale volando

 

La libélula gigante flota en el aire,

volando entre verde jungla y cielo azul.

 

Una lluvia de hojas doradas frente a la cascada.

El estruendo del agua, que sale disparada,

millones de gotículas vuelan hacia el horizonte,

disipándose invisibles solo para volverse a juntar…

 

Un criadero de nubes es este lugar,

donde el río sale volando…

Salta y luego explota y se convierte en humo,

se esfuma y se hace uno con las nubes.

 

El resto sigue hacia el mar, 

Relajado, fluyendo todo es bajar.

Descansar con paciencia es curar,

sanar.

 

Desembocar,

uno con el todo, 

uno con el mar.

 

Fluir, fluir y fluir y volver a empezar…

Extraños encuentros

Y ahí estaba el oso, nadando panza parriba en la poza.  Bajo la luz de la luna y las estrellas y el misterio de la oscuridad, el oso flotaba relajado en el agua casi congelada de lo que una vez fue un glaciar… En eso, el oso queda viéndole a los ojos, pero sus ojos son brillantes y tienen una chispa adentro, parecido a un reflejo de sol, pero mucho más brillante, y mucho más que eso. En esa pequeña chispa, en lo más oscuro de los ojos del oso se podían ver estrellas y galaxias, agujeros negros llenos de luz, esos ojos de oso. Y de repente el oso se sumergió rápida y silenciosamente, dejando anillos de luz en el agua y un llamado que sonaba a lo lejos… Raúl, Raúl, Rauuúl!

La voz de La Vieja le llegó como un escalofrío que se le arrastró hacia la cabeza por la espalda del alma y se levantó de inmediato. Al abrir los ojos solo vío blanco, y luego recordó que estaba en la casa de La Vieja y que todo estaba bien. Esta vez todo estaba bien… Pero cuando vio a La Vieja se dio cuenta de que estaba asustada, y vio que lo blanco era nieve que volaba en un tremendo vendaval dentro de la casa. La Vieja le dijo que tenían que irse, la mitad del techo había salido volando y parecía que la tormenta quería llevarse la otra mitad. Fueron al cuarto de La Vieja y debajo de una alfombra apareció una escotilla redonda, camuflada entre las tablas del piso, invisible para quién que no la busca, o no la ha visto… Bajaron por una anciana escalera de madera y pasaron en silencio por oscuros túneles hasta llegar a una amplia caverna bajo las raíces del Viejo Milenario… El árbol más viejo de los once mil mundos…

Día XV. Jomson – Pokhara

 

Diario del Himalaya

 

Aventura de buses. 

Me levanto a las seis de la mañana y pasan trotando los militares de la academia de guerra de montaña, los más vagos van caminando al final, igual que en el cole…

El bus es un chuzo, una buseta cabra montesa. Tamaño mediano y motor poderoso, apenas para subir por barreales y maniobrar por los estrechos pasos que quedan entre los derrumbes y el abismo! La maneja nuestro capitán el Nepalí Rastamán junto con su primo El Flaco, ambos con anteojos de aviador.* Nuestra vida depende de sus habilidades y buen juicio en cada paso complicado. Al principio pienso que nos vamos a morir todos; llueve a aguacero cerrado, rayos rompen el cielo y cuando lo desgarran el aire mismo estalla en truenos, la montaña parece derrumbarse todo alrededor, pareciera que son momentos para que nos toque a nosotros, y nos trague la tierra… Pero después de un par de pasos de infarto en los que El Flaco se baja y expertamente guía a Rastaman por barreales** al borde del risco voy agarrando confianza. Cuando llegamos a un paso que parece imposible y que nadie se atreve a intentar es que la cosa de verdad se pone fea. Hay varios vehículos parados y la gente está en la calle esperando a ver quién intenta un paso de absoluto terror. Se baja El Flaco con sus anteojos de aviador y hasta se baja Rastaman con los suyos. Voy con ellos para ver nuestra suerte, se ven tranquilos, pero el hecho que se bajaran los dos dice mucho. 

La primera parte es una subida brava por unos surcos profundos en el barro, estrecha como el demonio. Me parece que si pasamos rozando los vehículos que están atascados en esa parte del lado derecho apenas hay suficiente espacio para que nuestro carruaje no se vaya con el barreal que cae hacia el guindo del lado izquierdo. Si logramos esa parte después hay una curva cerrada hacia la derecha justo en la parte más empinada y más estrecha, seguida por un derrumbe. El derrumbe bloquea el paso por completo, hasta aquí llegamos… pero no, El Flaco encontró algo. Le señala a Rastaman un paso imposible, una línea psicópata o genial, la gloria o la muerte. Para mi sorpresa parece que lo vamos a intentar, y ya no es momento para dudar. Me vuelven a ver como para tener otra opinión y yo les comunico mi apoyo. Si no podemos creerlo menos podremos hacerlo… pero si creemos, tendremos mejor chance… Yo creo que sí es posible, ya me han impresionado varias veces, y espero que lo logremos. Hay que mandarnos con fé! 

Cuando le explican al resto de los pasajeros que vamos a intentarlo hay un pequeño alboroto, pero la decisión está tomada y Rastamán no tiene tiempo pa juegos. Se sube al mando y pone el motor a rugir, El Flaco se acomoda salido por la ventana a un lado para tener mejor visibilidad y todos nos agarramos lo mejor que podemos de la fuerte fibra de la esperanza… 

Rastamán le mete la chancleta y vamos con todo! Vuela el barro y los gritos, la lluvia y las piedras, la buseta coletea y entramos al estrecho del renacimiento con buena velocidad, tal vez demasiada… al frente vemos el abismo, inevitable, vamos demasiado rápido… Se alarga el tiempo y todo pasa en cámara lenta; pienso que ahora sí se acabó el camino y veo la gente alrededor, me pregunto por qué el capitán no cruzó?, y apenas me da tiempo de agradecer la vida cuando escucho un grito de El Flaco y Rastaman quiebra fuerte a la derecha y jala las riendas con toda su fuerza, sosteniendo un derrape terrorífico en el que de alguna forma logramos mantenernos de este lado de la muerte. ¡Todos celebramos y saboreamos el dulce éxtasis de la vida que creíamos que se nos iba! 

Después de eso mi confianza es total y hasta me duermo una siesta. Descanso en paz mientras atravesamos pasos y barreales impresionantes, incluso teniendo que hacer varios intentos en algunos. 

Llegamos a un desbarrumbe gigante, pero este sí borró la calle por completo. Rastamán y El Flaco se despiden de nosotros y les damos las gracias. Nos bajamos bajo la lluvia y sacamos cada uno nuestras cosas. Agradezco tener todo en el bulto, porque parece que hay que caminar y aprovecho para ayudarle a una abuelita con algo de su carga. En un momento estamos todos al lado de la buseta; jóvenes, viejas, niños y hasta hay un Sadhu que viaja con nosotros, todos bajo la lluvia, con nuestras cosas en hombros y nadie parece saber qué hacer ahora, no hubo otra instrucción después de “bájense todos y agarren sus cosas…” Volvemos a ver a nuestros viejos guías con anteojos de aviadores y  nos señalan un puente de hamaca que apenas se ve a través de la maleza a la distancia  sobre el río. Tenemos que llegar ahí, y ahí veremos qué después… Vamos caminando estilo perdidos en el espacio por el barro y la montaña, cruzamos el puente sobre el furioso río y del otro lado encontramos El regalo de Rastamán y El Flaco. Ellos habían coordinado todo y ahí nos esperaba una buseta lista para continuar nuestro camino. 

Ahora vamos en un bus manejado por Colin Farrell versión Nepalí y su ayudante El Flaco, pero este no usa anteojos, y tiene ojos pensativos y curiosos. Rápidamente me doy cuenta que este par se apoya más en la suerte bendita y menos en la experiencia y análisis, y no me inspiran mucha confianza, ya no puedo dormir. 

Aventura total. Varias veces estuve al borde del pánico al borde del precipicio,*** pero lo logramos. 

Más de doce horas después de salir de Jomson llegamos a Pokhara, al lado del lago. 

Todo terminó, y empieza la aventura, una vez más…

 

* no se los quitan en todo el camino, aunque está lloviendo y oscuro y casi no se ve nada

** barreales que cualquier 4×4 estaría orgulloso de pasar

*** iba sentado del lado izquierdo, que es el lado del guindo

Día XIII. Thorung High Camp – Paso Thorung La – Muktinath

 

Diario del Himalaya

 

No duermo muy bien, tramado con el mal de altura y demasiadas cobijas, pero duermo algo, y a estas alturas eso es bueno. A media noche me despierto y me siento el pecho con mis manos y no lo reconozco, pero pronto pasa. Seguro por el calor, me quito un par de cobijas (estoy durmiendo más o menos bajo todas las cobijas del refugio) y sigo el reposo. Cuesta acostarse a las ocho y media para despertar a las cuatro de la mañana…

Me levanto en la oscuridad, y después de alistar todo con la luz roja del frontal voy a desayunar y estoy listo para subir. Los otros ya salieron y han pasado un par del campamento de más abajo. Me pongo el bulto en la espalda y los pies al camino, y dejo que me lleven. Avanzo muy despacio, paso a paso, voy sintiendo el corazón y la respiración. El paso es a los cinco mil cuatrocientos dieciséis metros sobre el nivel del mar, y yo no tengo prisa. 

Ya al salir del refugio parecía que comenzaba a clarear, pero en eso el cielo se nubló absolutamente y el día quedó congelado en el tiempo, paralizado adonde empezó, en un místico medio amanecer… 

A veces puedo ver a algunos de los otros a la distancia en el sendero. En el eterno claroscuro y envueltos en tantas capas, caminamos como momias recién despertadas por el hechizo de la montaña, buscando lo que siempre tuvimos. Cuando pasamos cerca unos de otros, borrachos de altura y sedientos de oxígeno, intercambiamos una sonrisa o un leve gesto, sin desperdiciar energía que todavía podamos necesitar para llegar. Kissna viene atrás, me parece que va sufriendo un poco de mal de altura porque siempre le gusta ir caminando adelante lejísimos y ahora viene casi arrastrando los pies, como si la montaña se aferrara a sus talones. 

Paso al lado de una momia sentada al lado del sendero, lo veo tratando en vano de “agarrar aire” como dicen, pero aquí arriba cada vez hay menos… Con una mirada me dice que está bien y que siga. Cada uno camina su camino. 

Sigo caminando por lo que parece para siempre en la desolación de las alturas y en eso levanto la mirada y veo colores bailando frente a mis ojos. Cientos de banderas de oración y otras de todo tipo ondean al viento en el Thorung La; paso de montaña. En ese momento una sonrisa brota en mí, la felicidad alza el peso de la mochila y subo el resto saltando como cría de cabra montesa.

Cuando me doy cuenta estamos todos en el paso y celebrando. Algunos se toman fotos con el rótulo lleno de banderas y otros cuelgan más banderas, ofreciéndolas a la montaña. 

Unos cuantos subimos al tope de una colina cercana a apreciar la vista y pienso que lo único que podría pedir es que caiga nieve. No han pasado dos minutos y empieza a nevar! Disfruto con el catalán Gerardi Escaldat el momento tan especial y le ofrezco una tocada de armónica a la montaña, agradeciéndole por dejarnos pasar y todo lo que nos ha dado. Me como una cucharada gigante de miel de abejas gigantes del Himalaya, orgánica. Hay un pajarito celebrando con nosotros, y comiendo boronas, todo el mundo trajo algo para celebrar. Todos vestimos plumas. Frío tremendo en las manos. Cuando ya no aguantamos más, bajamos por el otro lado de la montura, agradeciendo una vez más al glorioso Thorung La.

Este lado es pura piedra y grava. Estamos sobre las nubes. Se despejan algunos picos nevados y glaciares, revelando un paisaje celestial. 

La bajada es larga, rocosa y empinada. Voy cansado cuando de pronto la encuentro, o me encuentra, o nos encontramos… la paz de la montaña. Me envuelve por completo, por dentro y por fuera y todo alrededor. El silencio total y la tranquila quietud que me hacen pensar que tal vez no estaría tan mal quedarse sordo… hasta que canta un pájaro y su mágica melodía me llena de alegría.

Sigo el camino y veo unas cabras montesas. 

Llegan las nubes y desciendo entre la niebla, poco a poco volviendo a la vida. Cada espacio habitable es ocupado por plantas, lichen, de todo… 

Empiezan a aparecer flores azules y moradas y rojas en los musgos. Seguimos bajando y donde empieza el pasto salen gigantes toros de la niebla. Aparecen y desaparecen con el viento. Los saludo y quedan atrás, pero los sonidos de sus campanas me acompañan en la infinidad. 

Llegamos a Charabu y almorzamos ahí. Desde la terraza se ven unas rocas inmensas, y el pájaro de puchero rojo, garganta negra, cejas blancas y espalda café canta mientras me tomo el té.

Llueve todo el resto de la bajada, ponchos todo el camino después de almuerzo. Volvemos a pasar por puentes colgantes, y bien resbalosos. 

Ya casi llegando a Muktinath pasamos por un templo hinduista y uno budista. En el budista veo el fuego en el agua y cabezas calvas y unos ojos azules que me dicen que “todo es lo que estoy pensando ahora.” Dejo todo ir, suelto. Me elevo y desprendo de toda la energía negativa que venía acarreando. Alegría, frescura, empezar de nuevo cada instante. Energía positiva! 

Llegamos al hospedaje. Mmmmmm, ducha de agua caliente, me enjabono y todo! Om. 

Voy por un café de verdad al Bob Marley y me topo a todos los compas del paso. Me tomo un café acompañado de un pie de manzana legal y después me voy a caminar a los templos en la montaña.

De regreso paso de nuevo al Bob Marley. Mike armó tres dedos de momia y nos mandamos dos después de caminar en el concreto fresco. Nos pegamos una buena compartida de música y sueños y risas. 

En la noche me como una pizza deliciosa con gaseosa. Vuelvo al BM y disfrutamos el último dedo hasta que nos mandan a dormir. 

Duermo rico y tarde, hasta las siete y cuarenta y cinco de la mañana. 

Día XII. Churi Ledar – Thorung High Camp

 

Diario del Himalaya

 

Amanece divino, el sol fresco y el cielo azul. Todo está cubierto de gotitas de agua que brillan como cristales. ¡Gracias por un nuevo día, bienvenido, nuevo día!

Parece que hubo un estallido de flores en las alturas. Amarillas como girasoles, otras las “margaritas” moradas. Hay pequeñitas, azules y moradas. Rosadas, rojas, blancas, y unas rarísimas que cuelgan como si pesaran empapadas, escondiendo su entrada y sus colores hacia el suelo. Plantas blancas que huelen delicioso. Los cipreses enanos cantan con pájaros en su interior. Pajaritos cafés y uno café con puchero rojo y cola levantada, que se le infla el rojo puchero cuando canta… ahora sostiene un bicho en el pico. Otro enmascarado con antifaz negro y anaranjado en su panza vuela de aquí para allá, celebrando la mañana. 

Arriba, entre rocas y nubes vuelan los grifones. Ya no hay árboles para hamaquear. Solo rocas y deslizamientos de rocas. El río está cada vez más flaco aquí cerca de su origen,  cuando no se la han unido las cascadas del camino. 

Logro entregarme, al camino, al mundo, a la naturaleza y a la vida, todo es asombroso. La vida aquí arriba, en un ambiente que parece hostil, brota literalmente de las piedras y abundancia es la única forma de describirlo para quién abre los ojos. 

Los descansos ahora son en los albergues, adentro, porque afuera está demasiado frío. Nos juntamos los pocos caminantes, que entre todos somos como ocho, a jugar naipe y hablar de la vida. Pasa un inmenso grifón sobrevolando bajo y todos nos emocionamos pero solo un par salimos a verlo.

Llegando al High Camp, a más o menos cuatro mil novecientos metros sobre el nivel del mar, me topo un grupo de treinta y resto cabras montesas trepadas en un acantilado. Brincan por todo lado, tirándose de cabeza en forma casi suicida de un borde invisible a otro sobre la cara de la piedra. Unos dudan y se detienen antes de saltar, como analizando el riesgo, o calculando el brinco, pero los que vienen atrás no les dan tiempo y rápidamente les pegan un empujón con los cachos que los saca de su indecisión, mandándolos a su suerte por los aires… Los machos grandes tratan de saltar a las hembras ahí mismo y se embisten por los turnos. Se enfrentan al borde del abismo. Suenan cachos contra cachos en los violentos choques y los pedruscos caen libremente, volando por el acantilado, rebotando de vez en cuando en una saliente y quebrándose en mil pedazos que finalmente llegan a descansar montaña abajo en un puño de lastre que seguro lleva acumulándose cientos de años. Las crías saltan por laderas imposibles y un macho gigante me mira desde arriba; El Rey Cabrón. Suenan las pezuñas de roca en roca mientras otros pastan mucho, pero mucho más abajo, por el deslizamiento de roca, ajenos aparentemente a la locura de sus co-especímenes. 

En todo el rato que las estuve observando (que fue mucho) no vi ni una caerse, o siquiera tropezar. Por más locas que se ven, saben lo que están haciendo, y lo hacen perfecto, pues el acantilado no perdona. Siempre me habían impresionado, pero hoy fue el día que empecé mirándolas y terminé admirándolas. Tremenda exhibición de la naturaleza! Gracias, una vez más.

Llegamos al High Camp y me doy un baño de balde de agua caliente, porque ayer no me bañé, pero hoy sí. 

Un peludo animal que parece un cruce entre conejo y ratón brinca sobre las piedras afuera de la ventana, lindo, se ve calientito pese a que afuera debe estar helado. Adentro está helado también… 

En el albergue conozco y comparto con otros viajeros, se disfruta. Un experimentado catalán me habla sobre el famoso “Gerardi Escaldat,” (o algo que sonaba parecido a eso) también conocido como Culo Quemao, el terror de todo caminante. Me dice que el secreto  para curarlo es “Que el culo respire.” Me explica que para eso lo mejor es dormir chingo. Dice que también ayuda el talco de bebé… He escuchado cuentos de quienes han usado hasta aceite de cocinar en su desesperación.

Con esos sabios consejos ya documentados nos vamos cada uno a dormir, a las siete y media de la noche. 

Mañana a las cuatro y media es el desayuno, y a las cinco esperamos salir rumbo al paso Thorung La.

Que la montaña nos bendiga.  

Día XI. Manang – Yak Kharka – Churi Ledar

 

Diario del Himalaya

 

Amanece despejado y se ven todos los picos alrededor! 

Rodeado de picos nevados en medio de las Himalayas… este es un momento soñado. Respiro profundo y no lo dejo pasar sin haberlo disfrutado.

Gangapurna nos despide con retumbos de glaciar y su pico despejado y majestuoso. Agradecemos su bendición y seguimos nuestro camino, montaña arriba.

Pasamos por el primer pueblito después de Manang y hay varios semilleros (pajaritos) parados en un alambre. Las hembras son color café y los machos tienen una hermosa cabeza carmesí que destiñe hacia un pecho rojizo y termina en una pancita ladrillo lavado que se mezcla con el café del resto de su plumaje. 

Todo ha cambiado, ya no hay árboles gigantes, ahora son enanos, y la mayoría de las plantas se vuelven cada vez más duras y espinosas, pero siempre hay algunas flores por ahí. Creo que sobrepasamos o estamos al borde de la línea de árboles, según yo andaremos por los cuatro mil metros sobre el nivel del mar, aunque aquí el mar es algo que pocos han visto…

Entre los cipreses enanos que se mantienen a ras de suelo veo el misterioso roedor correr de un lado a otro con la velocidad de un rayo, seguro confundiendo la sombra de un cuervo con la de un águila. 

En las alturas vemos un grupo de Yak, según Kissna, pero están muy lejos para identificarlos, aún con binóculos. 

Paro a descansar en un planito enzacatado y me siento en la mochila a ver un grupo de cabras, en algún punto entre montesas y domésticas. Tienen campanas, pero su comportamiento, pelaje largo-larguísimo, y los cachos inmensos que usa el Macho Pelucón para espantar a los otros es muy salvaje. Un crío se mueve feliz en medio de la seguridad aparente del grupo, olvidando de momento, a la Reina de las Nieves… 

Vamos casi llegando a Yak Kharka cuando al fin nos agarra un aguacero y estreno el poncho que cubre todo y bulto, aquel que conseguimos de último momento el primer día en Katmandú. ¡Qué frío! 

Caminando bajo la lluvia vemos cabras montesas, totalmente salvajes. 

Llegamos al hospedaje en Churi Ledar; básico. El cuarto tiene paredes de concreto y sólo las latas de zinc en el techo, ínfima barrera contra la inclemencia de la cordillera. La noche viene fría, me imagino. 

Muy cansado, dormiremos a cuatro mil ciento y resto esta noche. La miel de abeja que ando se pone cada vez más dura, pero me atrevo a decir que también se va poniendo más deliciosa…

Me encuentro una guitarra en el hospedaje y me invento una canción inspirada en el Grifón del Himalaya.

“Si yo fuera… Si yooo fuera… Un grifón Himalayo…”

Al final de la tarde me voy  a caminar por la aldea, que consiste de cuatro o cinco hoteles, de los cuales tres están abiertos y solo en dos hay gente. No mucha gente vive aquí, tan cerca del cielo…  Me tomo un par de tazas de té negro en uno estilo “The Shining,” acompañado solo por un gato gris que me calienta el regazo y me deja el chaleco lleno de pelos. Cae la lluvia, buena vista tras el ventanal. 

Llega el momento en el que tengo que irme y sigue lloviendo, pero tendré suerte… En el momento que salgo la lluvia se transforma en una suave llovizna que me da chance de llegar al refugio sin mojarme mucho. Cierro la puerta detrás de mí y casi inmediatamente escucho el aguacero cayendo sobre las láminas del techo, como queriendo entrar… 

En el espacio que tengo disfruto de la práctica de yoga más alta y fría que he hecho en la vida. Sagrado refugio, santo templo. Gracias!

Está tan frío que me pongo los guantes en los pies, a ver si se me calientan. 

Con la noche llega un frío que cala, hasta la pared del cuarto está congelada… por dentro.

 

Día X. Manang – Manang

 

Diario del Himalaya

 

Amanece soleado y despejada la montaña. 

Desayuno de campeones! 

Mejor esperar a la tarde para la ducha, resulta que es solar. Estaba fría… friísima, helada, casi congelada!

Subimos a las faldas de Gangapurna, a ver el lago y el glaciar. Mientras caminamos Kissna me pregunta como me fue digiriendo el Yak, y cuando le cuento del dolor de panza se muere de la risa. Me dice que era el Yak clavándome los cachos en el estómago. 

Kissna baja y yo me quedo, hamaqueando entre ancianos pinos, rodeado de legendarios pájaros, huesos, y bellotas. El sonido del viento es la tierra respirando. Una brisa helada baja del glaciar y las banderas de plegarias tiemblan del frío, sacudiendo sus recuerdos.

En la tarde me duermo una siesta exquisita, a cortinas cerradas, con el calorcito del día.

A las cuatro me levanto y me tomo un café acompañado de un libro de Pérez-Reverte. 

Lleno de energía me voy a subir un poco de otra montaña, desde donde se ve todo el pueblo, el río, y del otro lado; Gangapurna, adonde fuimos en la mañana. Voy en búsqueda de La Monja Viejita, hija de El Centésimo Lama. La tradición es que por cien rupias ella le da a uno un collar bendito y buena suerte para Thorung La, el paso de montaña que veremos en un par de días, a unos cinco mil cuatrocientos y resto de metros sobre el nivel del mar. Es el punto más alto de toda la caminata y de fijo que la bendición de una sabia viejita caería bien, y supongo que para ella las cien rupias tampoco están de más…

Dando y dando, todos salimos ganando.

Subo ligero y me siento increíble, con un aire tremendo. Siento que mi cuerpo usó la siesta para aclimatarse, tengo que averiguar cómo es el proceso de subir la cuenta de glóbulos rojos, pero creo que pasa mientras uno duerme… 

Llego arriba pensando que hay que tener cuidado cuando uno busca gurús, porque los empezará a encontrar en cualquier lado. Pero resulta que no me tengo que preocupar, porque llego y no hay nadie, la señora que supuestamente no había bajado en 30 años no está. Me voy por un lado de su huerto y llego a la puerta de la cueva. Ahí me encuentro a El Centésimo Lama en una foto sobre la puerta. Lo saludo, le agradezco y le dejo mi ofrenda. 

Bajo y camino feliz por los campos. Las montañas son las que dan la verdadera suerte. Tal vez esa es la bendición que me transmitió la viejita con su ausencia, porque aunque no recibí el collar, me siento bien alegre y bendito.

Paso la tarde caminando entre flores amarillas y pájaros y montañas, bienaventurado como el perro café con blanco que cruza la pradera a brincos y saltos. 

Un retumbo del glaciar Gangapurna me habla, diciéndome que salga de mi cabeza y vuelva al presente. Tengo la suerte de oír otro retumbo y veo que hay una tormenta sobre el glaciar. Veo las montañas perderse en la distancia, con sus picos escondidos entre las nubes, mostrándose en furtivos vistazos que deslumbran, aún más especiales por su rareza.

Momentos entre las nubes… 

Cuando regreso hay rumores frescos en el pueblo, sobre La Reina de las Montañas… dicen que se comió un par de cabras en uno de los pueblos que pasamos hace poco. La gente comenta emocionada mientras baja el sol y sube el frío. Los cuentos se disipan como la luz del día y regreso a casa con la cabeza llena del silencioso rugido del Leopardo de las Nieves, Reina de las Montañas.

 

Día IX. Ngawal – Manang

 

Diario del Himalaya

 

Amanece lloviznando, frío y ventoso. 

Un grupo de mulas y burros se queja de que lo muevan a tal hora en este frío, pero bueno, ya saldrá el sol… Me caliento las manos con la taza de té hirviendo y escucho las campanas de Nepal. Perros, caballos, mulas, todo tiene su campana, y los gatos andan chilindrín.

El terreno es cada vez más desolado y pedregoso. Vamos caminando cerca de unos extraños riscos cuando de repente un montón de rocas alza vuelo en un aleteo frente a nosotros y se va volando a las paredes de piedra. ¡Una bandada de Chukar! Aterrizan en el risco como gallinas salvajes y ahí se quedan tranquilas escalando. Poco a poco van perdiéndose entre las rocas, convirtiéndose en ellas, hasta ser una vez más, piedras en la montaña.

Este acto de magia salva a muchas Chukaras de ser devoradas por el Águila Dorada, pero en las noches es otra historia, más romántica y menos terrorífica, pues se dice que las Chukaras están enamoradas de la Luna, y la miran perdidamente cada vez que pueden…

amor eterno

Hermosa Himalaya. 

Llegamos a Manang. Lodge divino de madera, tres pisos. Ducha con agua caliente! Lavo ropa en palangana y me encanta, creo que escurrirla puede ser mi parte favorita. Se llega a conocer muy bien la ropa, lavándola a mano.

Paso la tarde andando por el pueblo con Rastaman, a quién había conocido brevemente en la oscuridad de la cocina en Timang. Nos tomamos una sidra de manzana y me comparte mucho de su conocimiento local y toques del camino. En el centro comunal proyectan películas todos los días. Increíble!

Me tomo un café de verdad y me como un filete de Yak. 

Dolor de panza toda la tarde intermitente. 

Me asomo en un casamiento lleno de buenas vibras y celebración.  

 

Noche estrellada. Vista de glaciar desde la ventana. Tres cobijas.