Fiesta

Las jirafas comen en las alturas, estirando sus largos cuellos y arrancando las hojas tiernas de las acacias, cualquier otro las consideraría demasiado espinosas. Por los pastizales corren las gacelas, juveniles brincan ágilmente de un lado para otro. El verde brota por todas partes. La vida celebra la vida. Es como si hubiese llovido alegría.

Los primeros aguaceros reviven todo lo que tocan y África vibra renovada. En los charcos se bañan elefantes inmensos, tiran agua con su trompa y bañan todo en derredor. Las pequeñas aves comparten con los gigantes del continente “olvidado” y se bañan sin parar de cantar. El leopardo descansa entre las ramas, espiando con ojos entreabiertos mientras duerme su siesta. Los cachorros de una leona juegan y brincan felices mientras los buitres y las hienas gozan de los sobros. Las risotadas se escuchan hasta el cielo y Mama África sonríe. El reino animal disfruta este jolgorio, donde abundancia de agua es abundancia de vida.

A la distancia suenan los tambores de las tribus que se unen a esta celebración. El ritmo primitivo se mezcla con los truenos, bombos del cielo que anuncian nueva fiesta. En el horizonte reinan los inmensos cumulonimbos. En un increíble juego de luces los relámpagos son el primer aviso.  

¡Esta fiesta apenas está empezando!

Sacrificando sueños

¿Por qué será que sacrifico mis propios sueños?

¿Por qué dejo de último lo que más quiero hacer? Debería hacerlo primero, pero no, hago todo lo otro, hasta lo que no me gusta y lo que ni sé porque, pierdo el tiempo en tonteras y lo sé. Hago todo eso y después, si todavía me queda algo de tiempo, y ganas, entonces veo a ver si trato de vivir mis sueños.

¿Cómo voy a lograr una cosa si hago la otra? ¿Por qué será que lo primero que sacrificamos son nuestros sueños? ¿No deberían ser más bien lo último que tiramos por la borda? ¿Cómo es que no tenemos tiempo para nuestros sueños, para nosotros y nuestros seres queridos, pero sí tenemos para quejarnos, para cumplir con presiones de la sociedad, para encajar con los demás?

Ya no más perder el tiempo haciendo cosas sin sentido.

No voy a sacrificar mis sueños para salvar tonteras.

Voy a ejecutar mis prioridades en mi vida diaria.

Primero lo primero.

Imposible

Un día te diste cuenta de que verdaderamente no hay límites. De un pronto a otro te percataste de que soñar con llegar a las estrellas es demasiado simple, tan ordinario, ni siquiera sale de lo conocido. Ahora sabes lo que realmente significa una aventura. Explorar lo inexplorado, conocer lo desconocido y desconocer lo conocido. Dudas por un momento, pero sabes bien que no hay vuelta atrás, además, atrás no quedó nada. Te atreves a levantar el telón de lo imposible y ves más allá:

 

“Una inmensa mariposa vuela hasta la luna.

Revolotea desempolvando tu mente.

Da vueltas incendiando el sol de tu corazón.

Coloca un solo huevo en el centro de tu vida y se mete dentro.

Por un instante todo es oscuridad.

El huevo empieza a brillar, cada vez más fuerte.

Eclosiona.

Luz en todas direcciones ilumina el infinito misterio del ser.”

 

Ese día, es hoy.

Perdido en el paisaje

Entregado al camino busco mi asiento y me acomodo en una buena ventana. Poc a poc vamos saliendo de la ciudad y Barcelona queda atrás, atrás y adelante, porque sé que volveré.

El camino se abre paso por los áridos campos en el espacio abierto de las afueras y gradualmente entramos en el vacío. En la nada que contiene todo, hasta las grandes ciudades.

Viajamos por ese espacio en medio y me pierdo en el paisaje. Caigo dormido entre arbustos y rocas y regreso de mis sueños para ver pasar el azul mar.

Entro y salgo varias veces, navegando entre sueños y realidad hasta llegar a la última parada y cuando me bajo del bus estoy en otro país y el camino continúa en francés…

Bienvenido a Montpellier.

Por encima de las nubes

Suena la tetera avisando que ya está el agua para el café. Qué delicia tomar un cafecito en la cima de una montaña sin nombre. Abajo, un manto de nubes cobija la ciudad al atardecer y me deja solo con las estrellas. Cierro bien la casa y me monto en la nave para ir a pasear por el espacio.

Soltar para volar

               

              Podemos volar al cielo solo si soltamos nuestros agarres del suelo.

Soltemos sin miedo, o con miedo, pero soltemos, porque qué difícil volar aferrándose a todo.

Soltemos el miedo, el pasado, las expectativas, los límites y los imposibles…

Elevémonos, volemos ligeros y dejemos que los sueños nos lleven hasta más allá de lo inimaginable.

Volvamos para contar el cuento y compartamos todo lo que hayamos tenido la suerte encontrar.

Invitemos a todos a volar.

Soltar, volar, amar.

Soltar.

Soltar.

Soltar.

Si queremos nos podemos volver a agarrar, así sea poco probable que eso llegue a pasar.

No nos preocupemos por perder lo que nos hace menos, menos felices, menos sonrientes, menos alegres.

Alivianémonos.

Liberémonos de nosotros mismos.

Volemos.

Porque sí que podemos.

Volemos.

A la aventura

Me monto en un tren hacia lo desconocido. Estación tras estación me alejo del confort y me acerco a los límites exteriores de mí mismo.

A la distancia se ve una montaña coronada por gigantes rocas, su cima envuelta en un espeso misterio de nubes blancas. Perfecto lugar para un monasterio.

El tren sube y sube, pero mi espíritu ya le pasó, vuela en la emoción de la aventura. Entre túneles y colosales formaciones de piedra nos adentramos en las profundidades de la niebla. Silenciosos pinos aparecen donde no había nada y se esfuman sin dejar rastro. Fantasmas en un mundo vestido de blanco. Centinelas del camino.

Finalmente llegamos a la última parada y ahí está el antiguo monasterio, cobijado por la montaña, protegido por las rocas. Pero yo voy para un templo más antiguo todavía, la naturaleza.

Saludo al viejo Michel quien me recibe con una sonrisa y me advierte de los jabalíes. Encuentro dos buenos árboles para colgar la hamaca y con la fugaz luz del atardecer preparo mi nuevo hogar acompañado por un pequeño jilguero gris de pecho anaranjado que canta alegremente.

Cae la noche y comienza un concierto de bichos que celebran la oscuridad. Antes de acostarme veo a uno salir de su escondite, plateado y extraño como algo que nunca hubiera imaginado. Con sus tantas patas largas y finas como cabellos se escabulle entre mis pensamientos y se escapa de la luz y de mi vista.

Me acurruco en la hamaca arrullado por el repiqueteo de la lluvia en el toldo. Suavemente floto entre las nubes y poco a poco voy cayendo en un profundo sueño. Las estrellas tintinean en el frío y se ponen a bailar cuando los monjes suenan las campanas del viejo campanario. Su eco deambula por toda la montaña y se pierde en el silencio de mis sueños. Allí seguirá sonando, imposiblemente, por todos los tiempos.