Las 100 palabras

Las cien palabras que solo se pueden escribir una por una, letra por letra.

 Letra por letra se escribe un libro y una carta de amor. Un mundo fantástico en el que todo puede pasar. Un lugar donde la magia deslumbra todos los días y aumenta aún más por las noches. 

“Bastian comparte su sonrisa con el mundo y se siente ligero mientras monta su inmenso caballo negro porque está enamorado. Suelta las riendas y abraza el viento sabiendo que Cachalote galopa noble hacia la eternidad. 

Del otro lado del bosque, cruzando la pradera el amor espera…”

Soñando con tigres

Ranthambore, India

Me encuentro a mí mismo en India. Poco sé de cómo llegué aquí. No sé si mi esfuerzo me trajo o si todo esto pasó por sí solo.

Por fuera estoy sentado en un escritorio de madera iluminado por una lámpara con cuerpo de bronce y una sombra verde, por dentro, estoy volando. Escribiendo el sueño, viviendo el sueño, y siendo el sueño.

Mañana nos vamos a levantar de madrugada para ir al parque nacional a buscar tigres. Así es, vamos en un safari a buscar tigres. Tigres de verdad. De esos que de vez en cuando se salen del parque y comen ganado y hasta a veces gente. Esos majestuosos tigres inmensos que solo puedo imaginarme hoy, tendré la oportunidad de ver mañana. Aquí estoy con el punto rojo en la frente y me voy a dormir temprano y contento porque no importa lo que encontremos, vamos a estar en la presencia de naturaleza en una de sus manifestaciones más increíbles. Veamos o no los tigres, esto es increíble. Llevo todo preparado, osea, voy a llevar los binóculos. A ver si veo un tigre a los ojos. A ver que veo en el tigre, y que ve él en mí?

Que rujan los tigres y que corran y que brinquen y que meneen el rabo. A celebrar la vida. Pura vida.

Namasté tigres.

 

Aventura

Antigua, Guatemala

Decir que sí sin tener la menor idea de adónde vamos.

Ir a un lugar desconocido. Tirarse de cabeza. Sentir la emoción de no saber que va a pasar. Abrir los brazos y aceptar lo que venga, sea lo que sea. Disfrutar cada momento cautivado por la novedad de lo inexplorado. Hacer nuevos amigos y crear frescas memorias.

Cuando la aventura toca la puerta yo corro a abrirle, la invito a pasar y le preparo un café.

Volando

De Roatán a Managua, escala San Salvador

El constante zumbido del avión me entranza, igual que el cambio de perspectiva. Me sirven jugo de manzana sin hielo y una sprite en lata, caliente, la sprite. El maní y el sanguche ya me los terminé. El maní traía pasas. El jugo de manzana es mi champán. Me tomo un traguito para saborearlo, lo vuelvo a poner en su lugar, una depresión circular donde su base calza a la perfección. Lo veo y me siento como un rey. Me lo tomo todo de un solo. Abro la sprite y me pongo a ver las nubes por la ventana…

En el segundo vuelo trato de hacer lo mismo pero el jugo de manzana no parece champán y siento cómo que algo pasa. Me asomo por la ventana y un rayo salta diagonal de arriba a abajo en una gigante y oscura cumulonimbos. Me doy vuelta y veo que el chiquito que va un asiento atrás y a la derecha tiene las manos llenas de sangre y un diente en la mano…

Mañana

Tres Ríos, Costa Rica

Mañana quiero ir a algún lugar con buena vista, podría ser el Irazú, o tal vez me vaya para Turrialba a ver qué hay… Tal vez llegue a un lugar nuevo, que para mi hoy no existe. Que bueno ir a Turrialba para ir a un lugar nuevo, o por lo menos al que no voy casi nunca. “Tranquilos, tranquilas, creo que sí he ido pero no me acuerdo… Ah! Bueno ya me acordé, fijo he ido porque una vez fuimos a tomarnos unos “chots” a Chichís Turrialba, o Charlies? Creo que era Charley’s. No sé, pero por ahí anda la vara. Algo nuevo me encantaría, disfruto caleta conocer lugares nuevos.

Me llevo el libro de pájaros y los binóculos. Sin prisa, estoy ahí solo para disfrutar lo que vaya pasando, como un viajero? Como un yo no sé qué. No tengo ningún horario que seguir, ninguna meta que cumplir, ninguna expectativa interna o externa, nada que me apresure o me presione a seguir ningún camino. Voy libre. Voy porque quiero. Voy por donde voy. Voy.

Vamos parando todo el tiempo para tratar de identificar pájaros y nos agarra un hambre tremendísima a pesar de las frutas y cosas que nos hemos ido comiendo en el camino. Por dicha llevamos unos sanguches con pan fresco y aguacates buenísimos preparados en la casa.

Vamos hasta donde podemos con el carro y ahí lo dejamos. Agarramos todo y caminamos. Nos adentramos más en la montaña, conectándonos con todo, con nosotros mismos, agradecemos y aceptamos el cariñoso abrazo de la “Madre Naturaleza”, “deh Patcher Madder,” la “PachaMama”. Le damos nuestro cariño. Directo. Vivímos.

Llevamos las macas, yo llevo para prestar un par. Paramos un toque en un claro y nos tiramos sobre el pasto a comernos una fruta y garrobeamos un rato, recibiendo el sol para calentarnos. Nos echamos una deliciosa siesta y nos despertamos revitalizados, despertando entre el canto de los grillos y las nubes que pasan volando en el cielo azul, azul profundo.

Recorremos bastante terreno y a la hora de la tarde con buena cobija y o “sleeping” y con un buen café negro, chorreado ahí mismo con agua “casi hirviendo” del termo Primus, nos tiramos a ver qué pintarán los abuelos del universo en el cielo al atardecer.

Poco a poco se oscurece y se desvanece el telón. Comienza el espectáculo del cosmos. Nos rendimos ante el cansancio y dejamos caer los cuerpos en las hamacas, las almohaditas son un regalo divino para el cuello. Respiramos el momento con ojos cerrados y al abrirlos abrimos una ventana hacia la inmensidad del espacio. La luna, que hoy parecía tener una sonrisa escurridiza, como la del gato en Alicia, que flota y se desvanece en el País de las Maravillas, ya se ha ido y brillan más fuerte los astros, formando siempre nuevas constelaciones. Un chocolate amargo cruje cuando lo quebramos para compartirlo y vuelve a crujir cuando lo masticamos. Delicioso. Las estrellas se ven increíbles. Nos absorbe el borde de la galaxia. Y, de ahí a aquí, de aquí a ahí, no hay nada. Nos vemos mañana, a ver qué dicen los abuelos…  A ver qué decís vos…

Algunos diablos

Soñando despierto, Costa Rica

Hace rato que vengo con la idea de kayakear toda la costa del Pacífico. Bueno, la verdad que no fue la idea original, pero de querer hacer un viaje largo en kayak a toda la costa, no pasó mucho tiempo. El fuego de la idea revivió cuando salimos a remar bajo las estrellas en Cuajiniquil hace ya un par de meses. Una sensación en el momento que ahora no puedo pintarles con palabras. Una sensación increíble que daba a luz dentro de uno al deseo, al deseo de remar toda la noche, y considerarse afortunado de poder hacerlo mientras uno se pregunta a sí mismo por qué diablos no hace cosas así más a menudo? Qué puede ser comparable a eso? De momento, nada.

Yo les voy a decir cuáles de esos diablos son los que conozco. Los que conozco íntimamente y por experiencia propia. Los que no conozco, pero no descarto que puedan estar aquí, ahora mismo, sin que yo lo sepa, pues de esos no les puedo contar. Conozco bien al diablo de la vagabundería, pero este crece y se marchita rápido si uno le permite ahogarse en su propio egoísmo, irónicamente, muere al recibir lo que él mismo pide. Por eso no me asusta tanto. Conozco al diablo del miedo, el miedo a que algo pueda pasar, una tragedia. Pero este rápidamente es espantado por su hermano mayor, el diablo del miedo a que no pase nada, a cometer el gravísimo error de no tener la certeza absoluta de poder intentar lo que sea, cualquier cosa, lo que se me ocurra, y de que puede que incluso lo logre. Miedo a no hacer nada y arrepentirme. Miedo a caer ante este gran diablo, y lo digo así porque hemos forcejeado como un par de luchadores greco romanos por mucho tiempo a lo largo de esta vida, eterna hasta el momento. En ocasiones me ha tenido por años. En otras, yo a él. El diablo del confort. Me ataca de a poquitos, con golpes al cuerpo que no parecen tener la menor importancia. Un día viendo tele, no va a pasar nada, eso pienso. Pero por ahí se mete y empieza a crecer adentro y se hace cada vez más fuerte. Es como un umbral donde incesantemente está creciendo una barrera, que se rompe y tiene que empezar nuevamente cada vez que la atravesamos, cada vez que hacemos algo. Cada vez que salimos de nuestra zona de confort. Si la paso una vez a la semana ni se siente, pero ya al mes cuesta, se ha vuelto mucho más fuerte, la fuerza necesaria para romperla es proporcional a la cantidad de tiempo (sin tomar en cuenta la posible elasticidad del tiempo) que ésta lleva sin romperse. Lo que tenía al inicio una fuerza imperceptible, invisible, creció a ser primero algo como una tela de araña, luego un vidrio, volviéndose cada día más fuerte y al mismo tiempo minimizando su zona vulnerable, hasta llegar a tener un extraño parecido a la redonda ventana de un submarino nuclear, aparentemente imposible de romper, pero que siempre deja ver el otro lado. Este diablo me permite ver lo que quiero, y todavía no sé si lo hace por crueldad, para aumentar mi sufrimiento, o si es un diablo que en el fondo quiere ser derrotado y por eso me alienta con la visión de la esperanza, me da una razón para luchar. En ese momento me doy cuenta que yo no estoy viendo hacia afuera desde adentro, yo no estoy atrapado en el submarino sino que yo soy el océano, y el submarino está atrapado dentro de mí y que su objetivo es atraer toda mi atención hacia él, y sostenerla descendiendo cada vez más profundo hacia las tinieblas donde es más fácil convencerme de que no hay nada más. En ese momento soy los dos y me veo a los ojos y se rompe la barrera. Pero entre más profundo llegue más difícil es, y aunque lo haya hecho cien veces no estoy seguro de poderlo hacer siempre. El temor no es la batalla, es la vida que se pierde en ella. Por eso trato de pasar cuando todavía es un vidrio y ojalá antes, pero a veces vuelvo a ver y ya hay una barrera considerable, y siento que tengo que prepararme para romperla, pero mientras yo me preparo ella se fortalece y lo único que logro es aumentar la magnitud de la batalla. También debo mencionar que esta barrera es un diablo de todo o nada, y esto es para mí específicamente. Una vez que empiezo a luchar contra él no ha habido vez que no termine en mi victoria, pero la batalla es a veces una guerra y se sufre sin parar. No es un enemigo al que se le pueda ir haciendo daño lento, despacito, como él lo ataca a uno, porque él puede recuperar y fortalecerse mientras uno descansa. Una vez que se empieza esta lucha no hay tregua hasta que el enemigo haya sido derrotado, y es agotador solo pensarlo, y eso es exactamente lo que usa para crecer. Me convence de dejar la batalla para “la próxima” porque es un diablo astuto. Explota todas mis debilidades y le rehúye a mis fortalezas, pues me conoce desde siempre. Se habrán dado cuenta ya los que venían pensando en sus propios diablos que este diablo, precisamente y no por casualidad el más poderoso, sigiloso y peligroso de todos los diablos, es como verse en el espejo. Si no lo ven puede que no sea así para ustedes, o puede ser que todavía no han conocido a todos sus diablos, pues los más escondidos son los que más daño hacen. Nuestros diablos somos, nosotros mismos.

Ya explicado “por qué diablos?” podemos volver a la historia original, en la que voy navegando hacia las estrellas pensando en todas las cosas increíbles que deben haber a lo largo de toda la costa del Pacífico de Costa Rica. Cuantas bahías reflejan a perfección la luna en el instante elusivo que cesa de soplar el viento por el tiempo suficiente para que se calmen las aguas? Ver reflejadas las estrellas en el espejo del manglar. (Tal vez para ese momento sería bonito un grupo para minimizar el posible pánico que podría desatar la presencia de uno o varios cocodrilos reales y/o mentales.) Pasar la noche viendo las estrellas desde la hamaca en alguna isla desierta…

Notas

En un potrero, Colombia

Aquí sentado en la montaña en las afueras de Salento estoy tomándome un café y comiendo panela… Tengo un montón de notas por todo lado que ni yo entiendo. Tal vez algún día las descifre, o quizás lo hagan ustedes. Capaz que las iremos descifrando juntos… No hay nada de que preocuparse.