Voces en el aire

Guatemala

El aire está cargado con la frescura de la mañana.

Las raíces amenazan con apoderarse del sendero.

Caminamos bajo la sombra de la jungla, por donde una vez caminaron los mayas.

Algo se mueve alto entre las ramas.

Volvemos a ver hacia el sonido.

Pasa un mono volando.

¡Whooshcrash!

Cae en una rama que se dobla al recibir su peso y este sigue como si nada. Pasan colgando y brincando más monos. Son los araña. Ágiles y despreocupados, con impresionante facilidad hacen vida en las alturas. Nos quedamos maravillados, hasta que nos tiran caca y orines. Seguimos nuestro camino.

Las chicharras chirrean en crescendo.

La Ceiba conecta el inframundo con los cielos a través de lo terrenal, inmensa, llena de epífitas, árbol sagrado.

El dulce canto del pájaro cuco.

Una araña espera en su tela bajo una palma.

Profundo en la selva, un rugido llena el espacio. Congos. Pasan sobre nosotros, jorobados en sus catedrales de ramas. Se acomodan ahí no más y nos dan un concierto inolvidable.

De un pronto a otro caemos en un profundo silencio, cavado por los aulladores.

Subimos un poco por el sendero y vemos hacia arriba. Por una apertura entre las ramas entra un poco de luz de vida y se asoma una inmensa pirámide, y otra, y otra, y otra… Fantasmas de otra época. Templos se elevan sobre la copa de los árboles.

Tikal.

El lugar de las voces en el aire.

 

Cabroblanco

Bhaktapur, Nepal

Media hora al este de Katmandú vive CabroBlanco. Bhaktapur es un pueblo tranquilo, en comparación con su vecino.

Me bajo del bus, cruzo un puente y entro caminando. No se permiten carros, o no muchos por lo menos, solo un montón de motos.

Todo el lugar parece estar hecho de tres materiales: ladrillo, madera y piedra. Templos budistas, templos hindús, templos destruidos y sombras de templos que ya no están o están por venir. Agregar gente y animales al gusto. Ocasionalmente los terremotos transforman el lugar.

En los callejones hay tiendas colmadas de impensables antigüedades, cuadros y todo tipo de cachivaches de esos que se ven increíbles en el momento y llegando a la casa parecen haber perdido toda su gracia, como las piedras del mar.

Camino entre ladrillos hasta una plaza adonde hay un par de grandes templos. Uno de ellos está constituido por una pirámide de plataformas de piedra sobre la cual se yerguen los 5 niveles cuadrados del templo a Lakshmi, en igual forma piramidal. Hermoso.

Subiendo por las escaleras paso entre todos sus protectores. Tallados en piedra, cada par es diez veces más fuerte que el anterior, según cuentan. Un par de guerreros, un par de elefantes, un par de leones, un par de grifones y un par de feroces dioses y… una cabra.

Al final de las escaleras hay un último guardián frente a la puerta cerrada con pesado candado.

Un chivo blanco inmenso con nariz rosada y cachos largos y gruesos, enroscados sobre su propio eje. ¡Qué cabro más lindo! —pensé.

Hago un amague de darle cariño, pero este se ve sorprendido y trata de darme un cachazo. Parece estar nervioso entre tanta gente y prefiero no molestarlo. Olerlo es suficiente. Tremendo y distintivo aroma.

Noto que no hay nadie cerca de la puerta, supongo algo por respeto a las tradiciones. Camino alrededor del templo y sigo deambulando, aún impresionado por el tamaño de semejante cabro.

Tomando café y explorando recuerdos me percato que no era alrededor de la puerta que no había nadie, sino del cabro blanco. Lo veo un instante en mi memoria. Sus cachos son tan largos que sin necesidad de levantarse puede con un movimiento de cabeza clavárselos a quién se arrimase a él, o a la puerta.

La siguiente noche después de cenar caminaba con una viajera entre los templos cuando empezó a llover y nos fuimos a refugiar a la orilla de un gran templo. Antes de llegar vi al gigante cabro blanco rondando por ahí pero no lo reconocí porque en la oscuridad lo confundí con un ternero.

Nos sentamos en el borde de la plataforma a ver la lluvia caer.

Llega a mis oídos el sonido de patas de cabra sobre ladrillo al mismo tiempo que un aroma inconfundible asalta mis fosas nasales. Se me paran de punta los pelos de la nuca. Vuelvo a ver y de la esquina sale Cabroblanco y se viene directo hacia mí, amenazándome con esos tremendos cachos. Trato de mantenerme firme pero cara a nivel de cachos la verdad que no vale la pena, me aparto de su camino. Salimos corriendo un poco. Yo me alejo bastante porque he tenido la suerte de ver como las cabras montesas brincan en los acantilados y sé que a este no se le ha olvidado nada de su salvajismo. Podría saltar la grada del templo al suelo y embestirme en segundos.

La viajera cree que yo soy un exagerado y extiende su mano para tocar al inmenso chivo…

Un latigazo de cabeza blanca con cachos acelerados que rozan su cara la hace brincar y decide mejor sentarse en otra parte.

Exiliado por una cabra diez veces más fuerte que los dioses me voy a sentar a un templo más pequeño que también me resguarda de la lluvia y el cual está habitado por perros amables.

Desde ahí veo a mi adversario hacer sus rondas alrededor del templo.

Llega un grupo de cinco Nepalís y pienso que al ser tantos, los locales tienen la ventaja.

Veo mientras la bestia se acerca despacio al grupo, intimidándolos, sabiendo que su aroma lo precede. Los más lejanos ríen nerviosamente mientras el primero en la fila se agarra del borde con sus manos tratando de mantener su posición hasta que no aguanta más y sale corriendo. El grupo se dispersa y el gran cabro pasa caminando imponente, enrumbado a revisar que no haya nadie sentado en los otros bordes del templo.

El grupo se espera a que pase el cabro y el susto y se vuelve a instalar, pero nunca logran estar tranquilos. Están siempre temblorosos, fijándose que no salga de la esquina con temor al punto que asignan centinelas y finalmente se van a otra parte.

A lo largo de la noche este animal aterroriza a quién se acerca a su templo.

El día siguiente lo vi en otro templo y lo vi de lejos…

Cada vez que me acuerdo puedo olerlo.

Cabroblanco, guardián de los templos.

Una caminata inesperada

Volcán Batur, Indonesia 

Recién llegado al hostal todos me dicen que subieron el volcán y que debería de hacerlo. Yo que hoy me levanté temprano para ver el amanecer, pensaba dormir largo y tendido, y pasar metido en las aguas termales día y noche.

Pero…

Nunca me he arrepentido de ninguna escalada de volcán y si me quedo aquí no voy a poder dormir. Sumándole a eso que la gente acá es muy buena onda, es una forma de dar a la comunidad y es barato, pido los detalles y decido ir. Mañana nos veremos para el café o té y galletas a las tres y media de la mañana.

 

En lo que queda de la tarde me baño en las termales a ver el atardecer. Las montañas se ponen doradas y después negras. Salen las primeras estrellas. El lago duerme. El cielo está estrellado. Veo la Cruz del Sur. Pasa un satélite.

Me voy al dormitorio a editar una historia y termino tarde. Los vecinos de colchones en el suelo me dicen que ellos también van al volcán. Al final, paso casi toda la noche dando vueltas y viendo el reloj. No puedo dormir de la emoción y de la ansiedad de no dormir. La ironía… Justo cuando me invade el cansancio veo que quedan 5 minutos y me levanto de una vez.

Me tomo dos cafés y me aturugo un montón de queques balineses mientras espero al guía.

Llega, flaco, joven y sonriente. Empezamos a caminar por las suaves calles de tierra mezclada con ceniza.

Me dice que encienda el foco.

Pasamos por templos y bosques, llevándola suave, descansando mientras caminamos.

Mi guía es super tuanis y me dice que tiene tres mamás y un montón de hermanos. Tres mamás porque el papá es un playboy y muy guapo, pero que él es feo. Que los dioses dirán si se casará con una japonesa u otra extranjera.

Eucaliptos, pinos, y unos arbustos con un nombre cuyo hechizo hace imposible recordar.

Susurra el viento.

Sombrillas balinesas en un bosque encantado.

Arriba está frío, friísimo, y yo solo tengo una camisa de manga larga y el poncho…

Falta como hora y media para que amanezca.

Es increíble estar aquí en la cima del Volcán Batur.

Hay un montón de gente y el frío los apuña.

Me refugio en uno de los “mercados” que realmente es un techo de zinc con un par de paredes de plástico y me pasan un café hirviendo, que delicia.

La otra gente del hostal tiene el alimento y no han llegado. Me pongo a tocar armónica para calentarme. Funciona!

Me voy comiendo todos los huevos duros de la gente que no los quiere.

Antes de que amanezca me asomo y ya está aclarando. Estamos sobre las nubes y me invade esa sensación de cima. Volcanes y montañas. El viento congelado cala los huesos y congela la cara.

Las nubes deciden que es hora y empiezan a escalar. Espesas y ras de tierra. Una manta blanca que sube y cubre todo a su paso. Un volcán que se cobija y quiere seguir durmiendo. Pasan entre nosotros. Todo se pone blanco. Despeja y se ven las cimas de otras montañas y volcanes y un poco del lago. La luna es un filo delgado y hermoso que veo con los binoculares. El sol entre las nubes parece una luna llena. Blanquititico.

Me como mi desayuno de sánguche de huevo duro, huevo duro, y sánguches de banano. Calientito y sabroso y acompañado con otro café.

 

Caminamos por el filo del borde del cráter. Cuentan de explosiones en 1960 y en el 2000. Dicen que los animales bajaron 2 días antes.

Nos calentamos en las fumarolas.

Monos.

Bajamos hacia el borde interior, monos y turistas.

Viejos monos bigotudos viven en el volcán, juegan con los turistas y comen huevo duro.

Suena hermoso el canto de los pájaros con el eco en los acantilados del cráter.

Fumarola que baña eternamente a un pino.

Guía me dice que “chill”, que me siente y disfrute el lugar.

Nos sentamos en un pastizal y me dice que tiene que volver a escuchar la armónica. Se pone todo feliz y aplaude a la música. Aullamos como lobos y gritamos para el eco. Me dice que grite “look at the sun” y lo complazco. Se muere de risa dejandose caer sobre el pasto.

Foto con la placa del volcán.

Lava roja y negra.

Bajamos y vemos el verde brillante de los pinos entre el rubio zacatal de alta montaña. La mágica luz de un nuevo día.

Entramos al bosque de eucaliptos, pinos y arbustos abajo. Suenan otro tipo de pájaros y vemos una culebra en el sendero.

Los árboles en paz.

Templos místicos con todo tipo de decoraciones que se usan solo dos veces al año son ermitaños del bosque.

Hablamos del karma y las reencarnaciones y un poco de todo.

Celebramos la vida y la naturaleza.

 

 

Psiconauta

Las profundidades del Ser

Diarios de Tonsai, Tailandia

Decido que me voy a mandar un batido de hongos mágicos. Ayer no me llamaba, pero hoy sí.

Me tomo un café con el hermano Daniel, un brasilero que recién viene regresando de ese mismo viaje ayer. Compartimos el café y mucho más. Me enseña fotos de escalada y de sus viajes por el mundo. El otro día me leyó un escrito suyo sobre viajar, en portugués, que describía perfectamente sensaciones del viajero en movimiento. Hemos compartido mucho, y con Lucas también. Con todos y todas. Mucho más de lo que imaginamos…

Voy camino a Sabai Sabai, donde los batidos son supuestamente más potentes y más baratos, y los hacen mezclados con banano en vez de piña o naranja. Cuando paso por el Viking me saludan mis amigos el Capitán Tom, Kob, y una gente que siempre veo pero con la que nunca he hablado. Esta vez me saludan todos. Siento buena energía y saludo de vuelta, pero sigo a donde según yo iba. Ellos sabían más que yo…

Llegando a Sabai Sabai me encuentro el lugar desolado excepto por los dos vecinos que viven en el bungalow de al lado, el mae tuanis y la alemana que habla sin parar. El mae me cuenta que quiere probar la escalada, yo le digo que se mande.

Me devuelvo al Viking, feliz de que el universo me la pusiera fácil y le pido a mi amigo el Capitán Tom si me puede por favor preparar un batido de hongos. Le pregunto si están buenos los del diluvio y él dándose media vuelta agarra una caja llena de hongos frescos y me la enseña, sonriéndome que sí. Los recogieron ayer.

Regateo el precio mientras Tom me cuenta que no hay electricidad para la licuadora y que si lo quiero con banano él puede ir a comprarlos. En este pueblo solo hay electricidad de 6 pm a 6 am… Le digo que relajado, que lo haga como él sabe, él es el experto. Escoge los hongos siendo a la vez selectivo y generoso, los pone en el mortero y empieza a molerlos. ¡Qué dicha que no hay electricidad, mejor así!

Me pasa el batido y cuando le pago se le olvida que me había dado precio de amigo, pero yo le recuerdo. Me da el vuelto con una sonrisa sincera y me manda a disfrutar. “Enjoy!”

Me tomo el batido poco a poco, meneando la masa de hongos molidos con la pajilla mientras comparto con la gente que está haciendo slackline. Pesco los hongos y les doy una buena masticada, probando su verdadero sabor. Me bebo la poción hasta la última gota.

La chica del slackline me cuenta que también es profe de yoga y comparte conmigo un poco de su viaje y andanzas, por India una de ellas.

No he terminado de hablar con ella y siento que se me va la cabeza. Han pasado tal vez unos veinte minutos y de hecho le estaba contando lo susceptible que soy a estas cosas justo cuando lo siento…

Le digo que me voy a ir a meter al mar y cada uno agarra para su lado.

En el camino me doy cuenta de que puedo sufrirlo o disfrutarlo a voluntad y paso del borde del colapso nauseabundo a una felicidad que no me cabe la sonrisa en la cara y me echo a reír. Euforia. Lo que desencadenó este cambio de rumbo fue uno de los cientos de grafitis que hay sobre el muro. Uno que había visto desde que llegué.

“YOU ARE THE ONE you have been waiting for”

Resonó conmigo desde el primer instante, pero ahora me manda a volar.

Los dibujos se salen del muro como si fueran tridimensionales.

Vivo el arte mientras me dejo llevar por esta ola.

Me río a carcajadas cuando veo al Pikachú con galaxias en los ojos y babas de hongos saliéndole de la boca, con algo que parece un camarón en el tercer ojo.

Doy media vuelta y me voy por el camino largo hacia el mar, para poder disfrutar todo lo que ofrece el muro.

“OPEN YOUR THIRD EYE”, ni me lo diga dos veces y estoy echándole, estimulando la glándula pineal.

Un túnel multicolor de azulejos ilusorios que lleva a otra dimensión, a otra realidad.

Un león alzando la hoja de la marihuana en nombre de Tonsai.

“OFFLINE – ONLIFE”

Un mago que con una mano sostiene por las orejas a un feliz conejo tuerto y con la otra me señala el camino a la cueva.

Veo que hay una cuerda para subir por el barreal y pienso que en un pueblo de escaladores eso significa que de verdad debe estar resbaloso. Me resbalo y caigo al suelo, riéndome de mí mismo. Ahora sí que me agarro de la cuerda. Entro por un portal de verde maleza a la oscuridad de la cueva. Es inmensa y oscura, hasta un colchón hay de crashpad al lado de los restos de una fogata. Hay estalactitas y estalagmitas y todo tipo de formaciones de roca caliza. Camino un rato adentro, pensando en los mayas y tantos otros que se metían en cuevas a realizar sus rituales y enfrentar sus demonios, pero yo no me siento tan valiente y me voy hacia el mar, a ver la luz del día.

Llego a la playa y la vista es fantástica. Los incontables acantilados sobre el verde Océano Índico presentan un paisaje que nunca deja de maravillar. Gracias Pachamama, por el regalo de Tonsai.

Me meto al mar y rápidamente me deschingo, pasándome la zunga por el brazo para que no se me pierda. Me dejo flotar en el fluido universal y cierro los ojos. Amarillos y anaranjados brillantes llenan todo. Si me sumerjo o me doy vueltas todo se pone negro y morado. Abro los ojos debajo del agua y veo amarillo verdoso cerca de la superficie que más profundo se torna café y después no se ve nada. Me hago un snorkel de pobre con las manos, pero ni sé si tengo agua adentro o no, todo da igual.

Dejo de sentir mi cuerpo, hace rato que no me responde de todas formas. Me dejo ir y floto, vuelo.

Me doy cuenta de que soy una expresión de El Ser y no de mi ser. Estoy conectado con todo.

Llegan el sueco y la chica y se meten al mar en lo que yo me pongo la zunga. El mae me ve a los ojos y su cara explota en asombro y risas. Me dice que las pupilas las tengo dilatadas a más no poder y yo le digo que con razón los acantilados se ven tan blancos y todo tan brillante, a veces hasta veo destellos en el cielo azul.

No me puedo mover “bien”, no siento mi cuerpo, no veo “bien” tampoco. Todo esto hace que sea muy fácil dejarme ir. Cierro los ojos, y me entrego al cálido abrazo de la Pachamama en el Mar de Andamán. Risas y risas y risas incontrolables, amarillas y anaranjadas. Me muero de la risa tratando de hablarles a los amigos, pero no puedo y me echo otra vez a reír.

Me entrego todavía más, porque sé que me salvarían si me estuviera ahogando.

Ahogarme no me preocupa tanto, porque en algún momento me sumergí y esperé abajo. Cuando fue necesario, mi cuerpo salió a respirar. Instinto de supervivencia intacto.

Lo que no descartaba era que mi cuerpo se fuera flotando plácidamente en mi ausencia. Temía encontrarlo en medio mar y no poder volver. Ahí sí que me podría ahogar…

Por eso me meto en la parte bajita, y me pongo a flotar ahí, sabiendo que ellos están entre mi cuerpo físico y las profundidades del mar, porque “yo”, más profundo no podría estar.

La amiga me sostiene la pelvis para ayudarme a flotar y se contagia de mis carcajadas. Carcajadas que me acuerdan la canción del loco de Pink Floyd.

Amarillo, anaranjado y risas, eso es todo lo que hay.

Cuando me doy cuenta de que tengo un poco de frío me despido y salgo adonde tengo mis cosas escondidas bajo una media pichinga roja que es basura de mar, de playa ahora. Me seco con mi sarong, me saco la zunga y me pongo los pantalones blancos abombados y la camiseta.

Camino tierra adentro por el churristate de playa con sus flores moradas en la arena y después sobre un zacate lleno de feroces mozotes. Llego a unos esqueletos de árboles muertos donde cuelgo la maca sin molestar a un milpiés. Me doy media vuelta y contemplo un panorama sublime. Cuelgo la zunga al viento y me tiro en la maca, donde puedo flotar sin miedo de ahogarme, suspendido en otro estado de conciencia. Me cobijo con el sarong para calentarme un poquito.

La navegada universal que me pegué en esa hamaca…

Estuve viviendo una era en algún lugar muy en mis profundidades. Tenía la sensación de estar viendo hacia afuera por una ventana abierta. Estaba en algún piso de un edificio viejo. Vi gente que llegó y vivió en unas grietas cerca de una ventana en la pared ámbar del edificio de enfrente. Parecía una familia. El padre se iba y regresaba cansado del trabajo. En la lucha. Caminaban por la pared como si fueran hormigas. No había dimensiones, ni arriba ni abajo. Siempre era de día. Al final, no sé si se fueron ellos o me fui yo…  

Hacia adentro y hacia afuera. Amor, amor, amor. Toda la familia. Las amistades. Amor para todos y para todo.

Entré y salí de “La noche oscura del alma”, a voluntad. Sentí brotar las lágrimas, rodando sobre mis mejillas las oí caer en la maca. Solté todo.

Om´s pa dentro y pa fuera, el tercer ojo.

El viento se intensifica y cae la noche.

La tela de la maca revolotea sin parar mientras viajo a toda velocidad por la negrura del vacío, entre las estrellas y el espacio, donde el tiempo no existe.

Volandooo!

Vuelo, navego, y floto a la deriva por las profundidades del ser, el espacio exterior, y esta tierra.  Me doy cuenta de que todo es lo mismo. Amor es la fuerza vital. Amor. Amor. Amor.

Me dejo curar por la Madre Tierra.

Un barco se va navegando hacia la oscuridad en el mar picado por el viento. El ruido de su motor rebota en los acantilados y se transforma en el rugido de un gigante.

Voy y vengo, entro y salgo y vuelvo a entrar.

La brisa marina me acaricia y me dice que ya es hora de levantarme.

Vagamente recuerdo que algún momento pasaron dos españoles y hablamos de la pura vida.

Lentamente empiezo a estirarme. Poco a poco voy volviendo. Me fijo en el reloj que me había quitado desde antes de meterme al mar, queriéndome despojar del tiempo cuando eran eso de las 5 de la tarde.

Son las nueve de la noche.

Una altísima palmera se menea en el viento, despreocupada. Sus hojas brillan y cuchichean en la oscuridad de la noche. Fascinante y magnífica. Camino hasta ella y le doy un beso.

Doy gracias a estos esqueletos de árboles “muertos” que veo llenos de vibración y vida, energía que me sostuvo y me acompañó a volar en esta exploración. Agradezco todo, todo, todo.

Recojo las cosas y camino de vuelta a la casa.

Regreso para compartir la experiencia.

Monos en las rocas

Hampi, India

Levantarse temprano es darse un regalo.

Esto es evidente desde que huelo el café, y solo mejora cuando siento la frescura de un nuevo día en el aire de madrugada.

Poco a poco la luz se va poniendo perfectamente dorada.

Camino por la polvorienta calle de tierra entre los arrozales y palmeras en este mundo de rocas gigantes como si estuviera en un sueño.

Un martín pescador pasa volando, mostrando el increíble color turquesa de su espalda un instante antes de que aparezcan los franceses.

Pasamos descalzos sobre un montón de arroz que parecen estar secando en medio del camino.

A la derecha alza vuelo una bandada de semilleros en un remolino de plumas y aterriza en un campo vecino. Seguro se estaban comiendo el arroz de los campos. Una bandada de bandidos…

Seguimos por un sendero y vuelvo a ver las piedras a la izquierda. Hay un mono bien sentado encima de un búlder inmenso. Los franceses comentan que parece como que fuera humano, y no es cuento, si fuera menos peludo y un poco más grande perfectamente podría ser humano, y su pose no tendría nada de raro. Pero es un mono, y tranquilo nos ve pasar mientras otro atrás brinca de roca en roca, desapareciendo en el universo de piedra que es Hampi.

Nos ponemos a escalar. Es el momento perfecto. El piso es de granito y todo alrededor hay búlders dorados de todos tamaños. En las planicies se ven campos de arroz cafés entre verdes palmeras. A la distancia incontables montículos de piedras colosales. En medio de todo los antiguos templos se esconden a plena vista.

La luz del sol empieza a brillar sobre la pagoda más alta mientras un hippie que se hace llamar Cookie me cuenta que adentro de uno de esos templos hay un Ganesha gigante. Un Ganesha de más de cuatro metros de alto tallado de una sola roca, liberado de la piedra. ¿Qué más podrá esconderse en esas rocas cuando en una se encontró tal removedor de obstáculos?

Cookie se nos une y escalamos varios búlders, buscando siempre la sombra. Cuando el calor se vuelve insoportable nos despedimos, satisfechos y felices. Quedamos de vernos a las cinco de la tarde en la calle de tierra para ir a escalar el atardecer.

Cruzo el río sobre más piedras herculeanas y entro al templo principal por la puerta lateral. Es increíble, toda su superficie está tallada, por dentro y por fuera, colmada de los más diminutos de detalles. Su forma de pirámide parece estirarse hacia arriba como queriendo tocar el cielo. Adentro, monos merodean por entre las columnas de los templos menores y otros corren por todo lado.

Alguien me grita que no puedo tener zapatos ahí y yo le digo que tranquilo, mostrándole que los ando en la mano.

Doy dos pasos y me reviento la bola del pie izquierdo contra una piedra levantada y me corto la pata. “Que verga!” pero bueno, tener más cuidado la próxima.

De camino a la salida un local me pide tomarse una foto conmigo y al final salen varias selfies con todos sus compas robando cámara atrás, pero todos felices. “Oh” me dice uno señalando el piso adonde veo un charquito de mi propia sangre. Le digo que “Está bien, no es problema…” y sigo a la salida. Ahí me amarro el pañuelo (por suerte rojo y que sabía algún día me iba a servir para algo) en el pie para mantener limpia la herida después de echarme unas gotas del milagroso Melaleuca.

Me voy a desayunar y después salgo en busca del famoso Ganesha.

Lo encuentro en un templo inmenso y es el Ganesha que nunca me hubiera imaginado, hermoso. La uña de su dedo pequeño es más grande que mi cabeza. Lo contemplo un largo rato, le camino alrededor para verle la espalda y hasta me devuelvo para verlo una vez más cuando ya había salido del templo.

Sigo subiendo hacia el tope del puño de piedras que hay atrás del templo y me encuentro una cueva inmensa entre búlders enormes (del tamaño de casas y furgones y edificios enteros) que quedaron acomodados de forma muy conveniente. Está muy fresco en esta cueva, pasa constantemente una brisa que no deja que se caliente. La ausencia de basura me indica que es un lugar poco frecuentado o no visitado del todo. Rodeado por caídas casi verticales de liso granito que terminan unos diez metros más abajo la única forma fácil de llegar es escalando el puente de piedra por donde entré.

Trepo un poco más, el mayor peligro siendo que mis pies sudorosos y sucios se resbalan en el negro cuero de las chanclas, pero logro llegar arriba y una vez más aprecio el perfecto paisaje. Campos abiertos y planos rodeados de palmeras y dominados por los puñados de rocas titánicas se extienden hasta donde ve el ojo en todas direcciones. Una mirada más fina revela los templos que brotan por doquier, mezclándose perfectamente con su entorno, tallados en la misma piedra del lugar.

Bajo a la cueva adonde está fresco y agradable a pesar de que es medio día. y todo alrededor reina el calor infernal.  Sin pensarlo dos veces me quedo ahí leyendo y hasta duermo la siesta.

Tubo en Padang Padang, sueño realidad

Bali, Indonesia

Después de la surfeada de la mañana ando un poco decepcionado de mí mismo, por no atreverme a meterme en el tubo. El miedo me domina. Hasta empiezo a dudar si de verdad me gusta surfear. Todo está a punto de desmoronarse. Entretengo el pensamiento de dejar de surfear y de escalar y dejar de hacer cualquier cosa de esa naturaleza. La mente quiere destruirme.

Veo de nuevo el grafiti que dice “On the other side of fear lies FREEDOM.” En español: “Del otro lado del miedo yace la LIBERTAD.” Libertad. Palabra, idea o concepto que he tenido muy presente últimamente. 

En la tarde agarro la tabla y voy al mar con Raúl el canario. Decidimos surfear en Padang Padang en vez de Impossibles. La ola es una izquierda perfecta que rompe sobre el arrecife en una punta de piedras. Llegamos y no hay mucha gente, unas 10 personas tal vez. Me meto al borde del grupo, queriendo ver las olas. Espero pacientemente mi oportunidad.

El mar parece un lago.

Se escuchan chiflidos y veo las líneas en el horizonte. Se acelera el pulso. Líneas que se acercan y se levantan como enormes paredes con una sola salida, a la izquierda. La ola se vuelca sobre el arrecife formando un tubo grande y abierto, perfecto.

De repente estoy en el puro pico y la perfección me visita. Remo con todas mis fuerzas metiendo los brazos profundo en el agua porque sé que esta ola se vuelca rápido. Es como montarse en un tren que va a toda velocidad. Siento un empujón y me levanto de un brinco poniendo la tabla bajo mis pies. Veo un par de metros de vacío abajo mío. De alguna forma evito irme de cabeza y bajo manteniendo una línea de fe. La ola corre y crece frente a mí, cada vez más rápida y más hueca, queriendo devorarme. Cuando voy pasando frente al fotógrafo todo me dice que la ola es perfecta y meto la mano en la pared, bajando un poco la velocidad. Escucho y siento el tubo justo atrás, encima, y veo pasar la cortina de verde translucido frente a mí. Estoy dentro del tubo. Una visión increíble. Éxtasis. Euforia. El instante que me pongo a pensar dejo de fluir y me revuelca, pero me metí en un tubo, y en un monstruo de tubo porque casi ni me agaché, perfecto.

Ese tubo le dio muerte a todos los miedos y en las olas subsecuentes me tiro desde lo más profundo, metiéndome en unas cavernas tremendas (incluyendo una espumosa particularmente oscura), sin salir de ninguna, pero ya crucé, llegué a la libertad del otro lado del miedo, soy libre!

Remando en el mar de Andamán

Diarios de Tonsai, Tailandia

Arrastro mi navío sobre la arena gruesa y zarpo hacia donde no hay senderos. El mar está levemente inquieto y el cielo se olvidó de la lluvia. ¡Qué perfecta tarde para remar!

Poco a poco entro en mi ritmo natural mientras la proa del kayak salta celebrando las olas. La pradera marina se extiende hasta el infinito, decorada por los acantilados de las islas que flotan en su inmensidad.

Topo con suerte y encuentro un parque de diversiones entre las rocas al borde de unas islas, donde el agua pasa por cuevas, túneles y pasadizos en un desorden épico. Observo largo y tendido, esperando las olas para ver cuales lugares exponen roca al vaciar.

La experiencia me enseñó que una de las formas más fáciles de volcarse en el kayak es explorando estos lugares. Cuando viene “el set” (las olas grandes) primero llena todo de agua y después drena por completo antes de la próxima ola, dejando al kayakero balanceado precariamente sobre las rocas expuestas. Una vez en esta cómica situación es casi milagroso no volcarse antes de la embestida de la próxima ola.

Cuando creo que he visto todos los puntos críticos que vacían dejando roca pelada me dispongo a gozar.

Paso como un demonio por un oscuro túnel, gritando de emoción y agachando la cabeza para mantenerla conmigo cuando de repente sube el nivel del agua, queriéndome presentar al techo de roca. Salgo a la luz del otro lado y me doy vuelta para tirarme por un tobogán que solo existe cuando entra la ola, pasando por un estrecho pasadizo entre las rocas donde entra el mar y me impulsa en un emocionante viaje entre agua, aire y piedra. El kayak doble es un poco más retador de maniobrar, pero la misma ola que rebota contra las piedras lo mantiene a uno a salvo (a menos que lo reviente contra las piedras en el inicio, pero si se logra evitar eso se está bastante seguro y el mar guía con sabiduría.)

Nunca me ha pasado que el mar me reviente en kayak contra las piedras, pero me imagino que, aunque no debe ser tan placentero, tampoco debe ser tan trágico como la mente lo pinta.

Juego y juego hasta que en una pasada a aguas bajas las rocas le rascan un poco la panza al kayak, avisándome que es hora de seguir navegando.

Rodeo las islas, pasando por partes donde puedo remar bajo techo, flotando en cuevas con estalactitas colgando sobre mi cabeza que se acercan y se alejan con las olas del mar. Catedrales marinas.

Me deleito viendo nuevos acantilados y viejos conocidos desde un nuevo punto de vista.

Explorando una isleta encuentro los más maravillosos hoyos sopladores. Uno en particular es un dragón marino. Me quedo maravillado frente a la entrada de la pequeña cueva. Primero suena cuando el vacío empieza a succionar, se siente inhalar con todas sus fuerzas, el agua a su entrada se pone rugosa y gotas de agua son arrancadas de la superficie, secuestradas hacia la oscuridad de la cueva y seguidas por un instante de paz que precede la feroz explosión de spray caliente en la que el vacío devuelve todo lo que se llevó.

Lo bonito de estos es que en vez de escupir hacia arriba, como la mayoría de los que había visto, disparan paralelo al mar, facilitando jugar con sus explosiones y refrescarse en ellas (a pesar que algunas veces sale casi caliente).

Encuentro otro cerca que, aunque no aspira, tira un spray tremendo y mucho más concentrado. Disfruto sus explosiones entre las olas hasta lograr colocarme en el punto perfecto. “Puuuffffffffshhhhhhh!” Una explosión gloriosa me da directo y casi me bota del kayak. “¡Hiiija!” Qué emocionante despliegue de energía.

Me imagino que así se debe sentir cuando escupen los tubos de las olas inmensas que surfean los profesionales alrededor del mundo. Incluso hay una historia que cuenta de una ola en Hawaii tan poderosa que con su escopetazo le dislocó el hombro a uno de estos míticos montadores de olas.

Me quedo por ahí, maravillado por los regalos de la naturaleza. Me fascinan todas estas sorpresas, junto con su espontaneidad y ocurrencia según la variación de las mareas. Tuve la suerte de pasar por aquí en el momento perfecto.

Remo en la angulosidad del mar meneado, encontrando ocasionalmente la deliciosa superficie suave y redonda del agua calma, deslizándome a través de estos refugios acuáticos creados por las islas que protegen de viento y oleaje.

Cruzando la bahía amarro como puedo el kayak a una piedra con un demasiado corto pedazo de cuerda de escalar e intento caminar por el slackline (cuerda floja) sobre el mar.

Tensado entre dos isletas de piedra cuchillo y cubiertas bajo la superficie por conchas navaja y quién sabe cuántos erizos, llegar a la línea es más que un reto. Logro un par de intentos en los que camino un poco, pero en el tercero me doy cuenta que con el fuerte oleaje el kayak se zafó de la piedra y me tengo que ir nadando tras el fugitivo a tres brazadas por respiración.

Nuevamente encaramado en mi embarcación voy a explorar nuevos acantilados desde el mar. Negros, anaranjados, blancos, grises, cremas, el verde de las plantas, la oscuridad de una cueva, el azul del cielo y el turquesa del mar saltan por doquier en un espectáculo visual centrado en la caliza.

Remo con cautela muy cerca del oscuro borde de una isla que sale del mar en un ángulo invertido de unos 45 grados, creando una cubierta de piedra negra que sube sobre el agua.  Al pasar la ola contemplo el brillo de mil diamantes que llueven deliciosamente, precipitándose desde la negra rugosidad de piedra, gota a gota de regreso al mar…

Una cola negra con amarillo se arrastra hacia arriba en las rocas de una isla. Instintivamente me hago hacia atrás pensando que puede ser una serpiente marina que salió a poner huevos, pero pronto veo asomar la cabeza y garras de un varano que me saca su bífida lengua morado-negra mientras me enseña que es él quien está al otro lado de esa cola de culebra.

Garzas de arrecife del Pacífico esperan en las piedras tras cada acantilado y se van volando en busca de otra percha. Una y otra vez ellas huyen sin ser perseguidas y yo las persigo inadvertidamente en el curso de mis aventuras. Finalmente, una se queda quieta y tranquila viéndome pasar con esa mirada amarilla y puedo continuar sin alterar su paz.

Entre los peñascos de las islas vuela el águila marina de panza blanca, ya cerca del atardecer.

A media bahía acomodo el remo y quedo a la deriva mientras me como una barra y tomo un poco de agua en medio del mar antes de enrumbarme hacia la playa.

Regreso con las suaves olas y piso terra firme una vez más para presenciar un atardecer de ensueño en el que primero los acantilados se visten de oro y cuando creo que todo terminó la bóveda celeste se incendia con los más asombrosos colores de atardecer.