La isla perdida

 

Caminamos hasta el final de la playa.

La arena se transforma en rocas.

Llegamos al final y seguimos.

Pasamos tantos finales…

 

De pronto aparece,

en medio del medio de la nada.

Una isla de arena rosada.

 

Corrientes del mar la tienen rodeada.

El cielo la toca con el viento.

Inmensos troncos duermen en ella.

Criaturas marinas la abrazan.

Alrededor las corrientes del mar giran sin parar.

 

Para encontrarla hay que perderse.

Una isla desolada.

Rodeada de vida.

 

La isla perdida.

 

Perseguido por un pez rabioso

Nusa Lembongan, Indonesia

Agarro la scooter y me voy a Mangrove Point, donde me dijeron que es bueno para hacer snorkel. Pregunto en un par de lugares y termino alquilando el equipo en el mismo lugar donde un par de días antes había alquilado un kayak con un remo hecho leña. Snorkel, patas de rana, un par de indicaciones y estoy listo. El plan es irme caminando playa arriba hasta ver las lanchas de turistas, nadar hasta ahí y dejarme llevar por la corriente, flotar sobre el arrecife y finalmente salir un poco más allá de donde alquilé el equipo.

La pata de rana me toca directo en el pedazo de dedo que me falta gracias a surfear arrecifes, el tubo del snorkel está peor que el remo, se le mete el agua por la válvula de escape y tengo que taparlo con una mano para poder respirar sin ahogarme, pero la máscara… La careta es temperada, me sella como si fuera hecha a la medida y no se empaña, es perfecta y es lo más importante.

Nado perpendicular a la playa ignorando el dolor en el jocote, atravieso el barreal inicial del manglar hasta que llego al arrecife.

Ahí me sorprende la belleza en colores y formas que nunca antes había visto. Peces de infinitos colores y formas completamente nuevas nadan en barracudas, ángeles, discos, y un pez con unos picos rarísimos que le salen de la cola hacia el frente.

En las profundidades hay lo que parecen ser astronautas. Me acerco y veo que son unos chinos que los bajan con cascos transparentes inmensos y les dan botellas llenas de bolitas para que alimenten a los peces. Voy y sorprendo a uno. Nada de gracia le hace…

Me agarro de una cuerda y siento la fuerza de la corriente revolotearme como bandera al viento.

Algo inmenso llama mi atención en el fondo. Es un gordo pez bastante redondo que me impresiona arrancando pedazos enteros de coral. Hasta escucho cuando los quiebra. Tiene cuatro “dientes” bien visibles y una fuerza tremenda. Sin pensarlo me sumerjo y nado para verlo más de cerca, acercándome por atrás hasta tener mi cara a unos escasos 30 centímetros de su cola. Me provoca muchas ganas de tocarlo, pero sé que no debería y en ese momento la bestia se percata de mi presencia. Me vuelve a ver con un infernal ojo de pescado que dice ““¿¡Usted que putas hace aquí!?” Claramente sorprendido por mi proximidad. Me parece que se va a ir, como lo haría cualquier pez según mi previa experiencia. ¡Pero no, solo se estaba dando la vuelta para arremeter contra mí su infernal embestida con esos cuatro dientes pelados! ¡Ahora el sorprendido soy yo! Se me viene encima con una velocidad tremenda, cerrándome los espacios a los lados con una agilidad que jamás podría igualar mientras me amenaza además de con los dientes con un pico que sube y baja en su espalda. Siento pánico. Inmediatamente me doy cuenta de que estoy siendo perseguido por un rabioso perro submarino y sé que si me doy la vuelta me va a morder, sin duda.

El gordo pez que con facilidad arrancaba el coral se ha convertido en un monstruo que ahora dirige sus fauces hacia mí…

Instintivamente invierto mi posición, pongo aletas hacia la fiera y pataleo con todas mis fuerzas, a la vez alejándome, protegiéndome, y tratando de crear una corriente que impida su avance, pero la esquiva ágilmente con movimientos laterales y cada vez se acerca más mientras yo trato de mantener las patas de rana frente a sus dientes, con una torpeza evidenciada por la agilidad de mi oponente.

Perseguidor y perseguido nos vamos en una diagonal hacia atrás y hacia arriba en la que busco la superficie y la paz. Me persigue lo que parece una eternidad, dejando muy lejos y abandonado su desayuno de coral. En plena persecución se dispara algo en mi memoria:

Estamos en un viejo barco de azul madera, con todo listo para bucear y Mossy nos explica que si nos persigue un “triggerfish” debemos nadar hacia los lados, porque su territorio llega en forma vertical hasta la superficie. Me parece muy gracioso que un pez chancho me trate de “perseguir,” los pequeños con los que me he encontrado hasta el momento normalmente huyen de mi curiosidad…

Nunca pensé que me toparía un monstruo tan macizo y tan feroz como el que ahora me aterrorizaba. Ya habíamos pasado el punto en que él se había establecido como amo y señor de su lote submarino y yo como el arrepentido invasor. Pero él, no contento con haberme expulsado de su territorio ahora me seguía por el aparente placer de aterrorizarme. Como un perro rabioso del infierno subacuático, hacía como que se iba a devolver y en el mínimo movimiento que yo fuera a darle la espalda arremetía contra mí en otra de sus embestidas a dientes pelados y blandeciendo el pico en su espalda. Cuando ya parecía estar contento con su supremacía hizo un último par de fintas en las que se me aceleró el pulso al punto de pequeños infartos. Nadando hacia atrás me fui sin quitarle el ojo de encima a ese feroz animal hasta que al fin llegué a la paz de la superficie. Pude respirar.

Arrepentido y humillado fui enseñado por haber invadido el terreno de tal bestia.

Nunca pensé que un pez pudiera ser tan furioso…

 

Dos pájaros

La Fortuna, Costa Rica

Dos pájaros salen volando bajo la lluvia.

Atreviéndose a surcar el aguacero, es para ellos el cielo entero.

¡El sol vuelve a salir, pero estos dos nunca esperaron para partir, para reír, para vivir!

Una sonrisa del universo

Nosara, Costa Rica

Nos levantamos con la claridad de la fresca madrugada y medio dormidos y medio despiertos vamos hacia la mar.

Cruzamos el verde bosque caminando descalzos entre un pueblo de cangrejos donde cada hueco es una puerta. Tantas casas…

Escuchamos los retumbos de las olas mucho antes de verlas.

La brisa acaricia la arena.

El mar viste azul celeste y el cielo brilla con el oro de un nuevo día.

Abrazados por agua cristalina vemos suaves rayos de luz despejar las últimas nubes en un amanecer que huele a verano.

De mar adentro llegan olas perfectas, regalos de Poseidón.

¿Cómo se escapa una planta?

Un taxi, un barco, un bus, una lancha, un tren, un avión, una caminata. Abrir los ojos, explorar, descubrir, conocer, abrir, aceptar, desprender, compartir, soñar, vivir, ser.

Viajar.

Una parte fundamental del viaje es que no tiene propósito definido, ni hace falta. El viaje es el viaje como el ser es el ser. No necesita razón, simplemente es.

Aceptar.

Dejarse llevar.

El viaje refleja el viaje de la vida. En un momento uno se pregunta que está haciendo y el siguiente se maravilla del simple hecho de estar vivo.

Acción.

Movimiento.

Quietud.

Quietud en movimiento.

Todo y nada.

Las ondas de la vida suben y bajan, ahí van.

Si uno quiere ver un árbol crecer solo hay que verlo, y se crece junto a él. Tenemos todo lo que necesitamos.

Las plantas se escapan. La planta que vemos podrá quedarse ahí tranquila en su maceta, pero la flora juega el juego en otra onda, en otro nivel. Semillas voladoras o escondidas en frutos se mueven de un lugar a otro y así andan mucho más libres de lo que nosotros pensamos. Un roble no está amarrado a la tierra en la cima de la montaña donde se le ha visto por años. Está por todas partes, viajando a través de semillas cargadas por ardillas y hojas que vuelan en el viento…

La realidad del escape es que nunca estuvimos encerrados.

Siempre hemos sido.

Libres.

De noche en el bosque

Monteverde, Costa Rica

Nos adentramos en el verde, en la oscuridad, en la lluvia.

Un perezoso empapado duerme en su cuna de ramas.

Todo está vivo.

Ranas perfectamente camufladas aparecen en el suelo al borde de una cristalina quebrada.

En un árbol una de ojos rojos calcula por un instante la distancia entre las delgadas ramas, salta, vuela por los aires y cae colgada como trapecista. Llegó apenas.

Veo hacia arriba y las pesadas gotas de agua se convierten en una lluvia de estrellas que puedo saborear.

Una negra salamandra se asoma por la horqueta de un árbol.

La tarántula se aventura a salir de su agujero.

A la distancia vemos algo entre la lluvia…

Un tucán perchado en medio de todo, en su pico despliega un arcoíris entre las tinieblas. Majestuoso. Nada lo perturba. El inesperado rey del bosque duerme plácidamente.

La tierra está viva

La Antigua, Guatemala 

Un suave meneo me hace primero pensar que alguien está moviendo la jaula y después que estoy mucho más borracho de lo que pensaba. Paro todo y me enfoco en sentir el movimiento.

Es un temblor. No me queda duda, reconozco esta sensación vagamente familiar a la que no me llego a acostumbrar.

Le digo a la gente que está temblando y salimos calmadamente de la oscura guarida. Solo queda adentro el capitán, sentado con su botella y su porro. Él no le tiene miedo a nada, porque no siente nada. Una vez fue humano, pero ahora es de madera. A todos los demás nos recibe el frío de La Antigua noche, donde en media calle de piedra sentimos el mismo suelo moverse bajo nuestros pies.

Suave, para un lado y para el otro, para adelante y para atrás.

Nada está en firme.

Me olvido de “poner los pies en la tierra.”

Llega la calma y la calle queda vacía.

Los faroles cuelgan meneándose de lado a lado, ecos del temblor…