La tierra está viva

La Antigua, Guatemala 

Un suave meneo me hace primero pensar que alguien está moviendo la jaula y después que estoy mucho más borracho de lo que pensaba. Paro todo y me enfoco en sentir el movimiento.

Es un temblor. No me queda duda, reconozco esta sensación vagamente familiar a la que no me llego a acostumbrar.

Le digo a la gente que está temblando y salimos calmadamente de la oscura guarida. Solo queda adentro el capitán, sentado con su botella y su porro. Él no le tiene miedo a nada, porque no siente nada. Una vez fue humano, pero ahora es de madera. A todos los demás nos recibe el frío de La Antigua noche, donde en media calle de piedra sentimos el mismo suelo moverse bajo nuestros pies.

Suave, para un lado y para el otro, para adelante y para atrás.

Nada está en firme.

Me olvido de “poner los pies en la tierra.”

Llega la calma y la calle queda vacía.

Los faroles cuelgan meneándose de lado a lado, ecos del temblor…

Flotando en el inframundo

Bajo tierra, Belice

Caminamos por la jungla cargando viejos neumáticos en forma de donas gigantes que pronto nos cargarán a nosotros.

Nos tiramos al agua y el ardor enciende toda mi espalda por no terminar bien una vuelta de carnero.

Me acomodo en el neumático y me dejo llevar por la corriente. Entramos a la cueva, todavía hay luz que llega de la entrada, pero no se ve el final. Vamos flotando hacia la oscuridad.

Caliza.

Miles de gotas brillan como diamantes.

Estalactitas.

Troncos inmensos prensados en el techo son testigos de crecidas de huracán.

El sonido de agua goteando sobre río y roca.

Gota.

Gota.

Gota.

Estalactitas formándose…

El agua se mueve despacio, casi imperceptible, la superficie está tranquila.

Aceleramos y vamos volando río abajo.

Reboto contra una de las paredes de la cueva y hay una araña tremenda.

Llegamos a una playa subterránea y nos arrastramos entre una boca de piedra para llegar a una cámara interior.

Oscuridad total.

Una luz.

Miles de gotas como cristales.

Cristales de silicato.

Galaxias subterráneas.

Una apertura al río abajo.

Una ventana al río de la vida.

Cuentos mayas.

Floto río abajo, pensando en la selva que crece arriba y preguntándome cuantas veces habré caminado sobre cuevas sin sospecharlo…

El sonido de rápidos y una cascada agudiza los sentidos, pero el río sigue suave. Me entrego y voy flotando, reboto contra la invisible pared de la cueva y me voy dando vueltas hacia el espacio.

Cascaditas alimentan el río.

Por un momento todo se llena de luz y de verde. Un ojo abierto en la piedra permite ver hacia afuera.

Flotando llegamos a las inmensas fauces de la cueva, con estalactitas por dientes.

Sin esfuerzo, emergemos del inframundo.

Luz.

 

El cielo en la tierra

 

Un no sé qué me lleva afuera,

alzo la mirada al cielo azul que era,

veo el manto de nubes negras y pesadas,

por fugaces relámpagos iluminadas.

Graves retumbos de truenos,

ruedan por las colinas sin frenos.

Siento la primera gota de lluvia en mi pelo,

a la tierra ha bajado el cielo.

Entre día y noche

La Fortuna, Costa Rica

Nubes vestidas de rosados brillan en celebración.

Un oscuro gigante empieza a despojarse de las sábanas que cubren su pico.

Rosados se duermen en nocturnos morados.

La oscuridad revela un filo plateado de luna creciente.

Volcán Arenal se despeja por completo en un espectáculo colosal.

Celajes, luna y volcán, juntos en un perfecto anochecer.

 

Me siento alegre y con suerte de poder presenciar este espectáculo. Agradezco a la vida y a todo por esto, por ahora, por aquí. Por poder estar presente y disfrutar las increíbles cosas que hay fuera de las paredes del mundo y de la mente.

Voces en el aire

Guatemala

El aire está cargado con la frescura de la mañana.

Las raíces amenazan con apoderarse del sendero.

Caminamos bajo la sombra de la jungla, por donde una vez caminaron los mayas.

Algo se mueve alto entre las ramas.

Volvemos a ver hacia el sonido.

Pasa un mono volando.

¡Whooshcrash!

Cae en una rama que se dobla al recibir su peso y este sigue como si nada. Pasan colgando y brincando más monos. Son los araña. Ágiles y despreocupados, con impresionante facilidad hacen vida en las alturas. Nos quedamos maravillados, hasta que nos tiran caca y orines. Seguimos nuestro camino.

Las chicharras chirrean en crescendo.

La Ceiba conecta el inframundo con los cielos a través de lo terrenal, inmensa, llena de epífitas, árbol sagrado.

El dulce canto del pájaro cuco.

Una araña espera en su tela bajo una palma.

Profundo en la selva, un rugido llena el espacio. Congos. Pasan sobre nosotros, jorobados en sus catedrales de ramas. Se acomodan ahí no más y nos dan un concierto inolvidable.

De un pronto a otro caemos en un profundo silencio, cavado por los aulladores.

Subimos un poco por el sendero y vemos hacia arriba. Por una apertura entre las ramas entra un poco de luz de vida y se asoma una inmensa pirámide, y otra, y otra, y otra… Fantasmas de otra época. Templos se elevan sobre la copa de los árboles.

Tikal.

El lugar de las voces en el aire.

 

Cabroblanco

Bhaktapur, Nepal

Media hora al este de Katmandú vive CabroBlanco. Bhaktapur es un pueblo tranquilo, en comparación con su vecino.

Me bajo del bus, cruzo un puente y entro caminando. No se permiten carros, o no muchos por lo menos, solo un montón de motos.

Todo el lugar parece estar hecho de tres materiales: ladrillo, madera y piedra. Templos budistas, templos hindús, templos destruidos y sombras de templos que ya no están o están por venir. Agregar gente y animales al gusto. Ocasionalmente los terremotos transforman el lugar.

En los callejones hay tiendas colmadas de impensables antigüedades, cuadros y todo tipo de cachivaches de esos que se ven increíbles en el momento y llegando a la casa parecen haber perdido toda su gracia, como las piedras del mar.

Camino entre ladrillos hasta una plaza adonde hay un par de grandes templos. Uno de ellos está constituido por una pirámide de plataformas de piedra sobre la cual se yerguen los 5 niveles cuadrados del templo a Lakshmi, en igual forma piramidal. Hermoso.

Subiendo por las escaleras paso entre todos sus protectores. Tallados en piedra, cada par es diez veces más fuerte que el anterior, según cuentan. Un par de guerreros, un par de elefantes, un par de leones, un par de grifones y un par de feroces dioses y… una cabra.

Al final de las escaleras hay un último guardián frente a la puerta cerrada con pesado candado.

Un chivo blanco inmenso con nariz rosada y cachos largos y gruesos, enroscados sobre su propio eje. ¡Qué cabro más lindo! —pensé.

Hago un amague de darle cariño, pero este se ve sorprendido y trata de darme un cachazo. Parece estar nervioso entre tanta gente y prefiero no molestarlo. Olerlo es suficiente. Tremendo y distintivo aroma.

Noto que no hay nadie cerca de la puerta, supongo algo por respeto a las tradiciones. Camino alrededor del templo y sigo deambulando, aún impresionado por el tamaño de semejante cabro.

Tomando café y explorando recuerdos me percato que no era alrededor de la puerta que no había nadie, sino del cabro blanco. Lo veo un instante en mi memoria. Sus cachos son tan largos que sin necesidad de levantarse puede con un movimiento de cabeza clavárselos a quién se arrimase a él, o a la puerta.

La siguiente noche después de cenar caminaba con una viajera entre los templos cuando empezó a llover y nos fuimos a refugiar a la orilla de un gran templo. Antes de llegar vi al gigante cabro blanco rondando por ahí pero no lo reconocí porque en la oscuridad lo confundí con un ternero.

Nos sentamos en el borde de la plataforma a ver la lluvia caer.

Llega a mis oídos el sonido de patas de cabra sobre ladrillo al mismo tiempo que un aroma inconfundible asalta mis fosas nasales. Se me paran de punta los pelos de la nuca. Vuelvo a ver y de la esquina sale Cabroblanco y se viene directo hacia mí, amenazándome con esos tremendos cachos. Trato de mantenerme firme pero cara a nivel de cachos la verdad que no vale la pena, me aparto de su camino. Salimos corriendo un poco. Yo me alejo bastante porque he tenido la suerte de ver como las cabras montesas brincan en los acantilados y sé que a este no se le ha olvidado nada de su salvajismo. Podría saltar la grada del templo al suelo y embestirme en segundos.

La viajera cree que yo soy un exagerado y extiende su mano para tocar al inmenso chivo…

Un latigazo de cabeza blanca con cachos acelerados que rozan su cara la hace brincar y decide mejor sentarse en otra parte.

Exiliado por una cabra diez veces más fuerte que los dioses me voy a sentar a un templo más pequeño que también me resguarda de la lluvia y el cual está habitado por perros amables.

Desde ahí veo a mi adversario hacer sus rondas alrededor del templo.

Llega un grupo de cinco Nepalís y pienso que al ser tantos, los locales tienen la ventaja.

Veo mientras la bestia se acerca despacio al grupo, intimidándolos, sabiendo que su aroma lo precede. Los más lejanos ríen nerviosamente mientras el primero en la fila se agarra del borde con sus manos tratando de mantener su posición hasta que no aguanta más y sale corriendo. El grupo se dispersa y el gran cabro pasa caminando imponente, enrumbado a revisar que no haya nadie sentado en los otros bordes del templo.

El grupo se espera a que pase el cabro y el susto y se vuelve a instalar, pero nunca logran estar tranquilos. Están siempre temblorosos, fijándose que no salga de la esquina con temor al punto que asignan centinelas y finalmente se van a otra parte.

A lo largo de la noche este animal aterroriza a quién se acerca a su templo.

El día siguiente lo vi en otro templo y lo vi de lejos…

Cada vez que me acuerdo puedo olerlo.

Cabroblanco, guardián de los templos.

Una caminata inesperada

Volcán Batur, Indonesia 

Recién llegado al hostal todos me dicen que subieron el volcán y que debería de hacerlo. Yo que hoy me levanté temprano para ver el amanecer, pensaba dormir largo y tendido, y pasar metido en las aguas termales día y noche.

Pero…

Nunca me he arrepentido de ninguna escalada de volcán y si me quedo aquí no voy a poder dormir. Sumándole a eso que la gente acá es muy buena onda, es una forma de dar a la comunidad y es barato, pido los detalles y decido ir. Mañana nos veremos para el café o té y galletas a las tres y media de la mañana.

 

En lo que queda de la tarde me baño en las termales a ver el atardecer. Las montañas se ponen doradas y después negras. Salen las primeras estrellas. El lago duerme. El cielo está estrellado. Veo la Cruz del Sur. Pasa un satélite.

Me voy al dormitorio a editar una historia y termino tarde. Los vecinos de colchones en el suelo me dicen que ellos también van al volcán. Al final, paso casi toda la noche dando vueltas y viendo el reloj. No puedo dormir de la emoción y de la ansiedad de no dormir. La ironía… Justo cuando me invade el cansancio veo que quedan 5 minutos y me levanto de una vez.

Me tomo dos cafés y me aturugo un montón de queques balineses mientras espero al guía.

Llega, flaco, joven y sonriente. Empezamos a caminar por las suaves calles de tierra mezclada con ceniza.

Me dice que encienda el foco.

Pasamos por templos y bosques, llevándola suave, descansando mientras caminamos.

Mi guía es super tuanis y me dice que tiene tres mamás y un montón de hermanos. Tres mamás porque el papá es un playboy y muy guapo, pero que él es feo. Que los dioses dirán si se casará con una japonesa u otra extranjera.

Eucaliptos, pinos, y unos arbustos con un nombre cuyo hechizo hace imposible recordar.

Susurra el viento.

Sombrillas balinesas en un bosque encantado.

Arriba está frío, friísimo, y yo solo tengo una camisa de manga larga y el poncho…

Falta como hora y media para que amanezca.

Es increíble estar aquí en la cima del Volcán Batur.

Hay un montón de gente y el frío los apuña.

Me refugio en uno de los “mercados” que realmente es un techo de zinc con un par de paredes de plástico y me pasan un café hirviendo, que delicia.

La otra gente del hostal tiene el alimento y no han llegado. Me pongo a tocar armónica para calentarme. Funciona!

Me voy comiendo todos los huevos duros de la gente que no los quiere.

Antes de que amanezca me asomo y ya está aclarando. Estamos sobre las nubes y me invade esa sensación de cima. Volcanes y montañas. El viento congelado cala los huesos y congela la cara.

Las nubes deciden que es hora y empiezan a escalar. Espesas y ras de tierra. Una manta blanca que sube y cubre todo a su paso. Un volcán que se cobija y quiere seguir durmiendo. Pasan entre nosotros. Todo se pone blanco. Despeja y se ven las cimas de otras montañas y volcanes y un poco del lago. La luna es un filo delgado y hermoso que veo con los binoculares. El sol entre las nubes parece una luna llena. Blanquititico.

Me como mi desayuno de sánguche de huevo duro, huevo duro, y sánguches de banano. Calientito y sabroso y acompañado con otro café.

 

Caminamos por el filo del borde del cráter. Cuentan de explosiones en 1960 y en el 2000. Dicen que los animales bajaron 2 días antes.

Nos calentamos en las fumarolas.

Monos.

Bajamos hacia el borde interior, monos y turistas.

Viejos monos bigotudos viven en el volcán, juegan con los turistas y comen huevo duro.

Suena hermoso el canto de los pájaros con el eco en los acantilados del cráter.

Fumarola que baña eternamente a un pino.

Guía me dice que “chill”, que me siente y disfrute el lugar.

Nos sentamos en un pastizal y me dice que tiene que volver a escuchar la armónica. Se pone todo feliz y aplaude a la música. Aullamos como lobos y gritamos para el eco. Me dice que grite “look at the sun” y lo complazco. Se muere de risa dejandose caer sobre el pasto.

Foto con la placa del volcán.

Lava roja y negra.

Bajamos y vemos el verde brillante de los pinos entre el rubio zacatal de alta montaña. La mágica luz de un nuevo día.

Entramos al bosque de eucaliptos, pinos y arbustos abajo. Suenan otro tipo de pájaros y vemos una culebra en el sendero.

Los árboles en paz.

Templos místicos con todo tipo de decoraciones que se usan solo dos veces al año son ermitaños del bosque.

Hablamos del karma y las reencarnaciones y un poco de todo.

Celebramos la vida y la naturaleza.