Huellas

Hoy vi al jinete solitario pasar bajo el gris de la mañana.

Siempre veía las huellas de su bestia, pero en dos semanas nunca lo había visto pasar. Algo así como las huellas de los caricacos gigantes…

Todo está cambiando.

Poco después de su paso por la playa hacia el sur pasó un perro, su fiel compañero, que había quedado rezagado ante una pequeña jauría que lo detuvo al borde del agua para cuestionarlo o saludarlo, pero rápidamente corrió para alcanzar al jinete, ahora no tan solitario, y completar el trío lleno de brío.

“Poco a poco”

Siempre lo digo, pero poco lo aplico.

Creo que hasta ahora me doy cuenta de que me conformaba con decirlo, y al nombrarlo lo descartaba, como pasa con tantas cosas. Como si ya lo hubiera hecho, como si decirlo y hacerlo fuera la misma cosa…

Decía “poco a poco,” pero realmente lo quería todo “de un solo tiro”.

Si aplico el “poco a poco” puedo estar en paz con el avance, lo recibido, lo olvidado, lo que es. El dicho me dice que acepte, me señala que el camino es gradual  y me invita a vivir el proceso. De esos “poco a pocos” está hecha la vida, de cambios a veces imperceptibles y dichos que dicen todo.

Disfrutemos la vida. “Poco a poco,” eso es todo.

Retorno del olvido

 

Volver después de dejarlo.

Regresar después de irse.

Hablar después del silencio.

Beber después de la sequía.

 

Creo que es bueno tomar distancia, descansar, dejar algo por un tiempo. Nos aclara si realmente lo necesitamos y cuánto lo disfrutamos. A la misma vez creo que es peligroso el olvido, la inconsciencia. Sin darnos cuenta podemos permitirnos perder aquello que tanto bien nos hace, que tanto disfrutamos. Si no tenemos claro cuánto tiempo queremos dejar pasar, o si no estamos realmente conscientes, es fácil que la pereza se meta y combinada con el olvido el lado oscuro de la mente nos puede convencer de que ya no… Que ya no podemos hacer aquello que hacíamos, quiere que lo dejemos tirado. Pero puede más la consciencia y el corazón, así que cuando te acuerdes de aquello que te llena el corazón y la mente te dice que es muy tarde… Ve y hazlo, porque nunca es tarde para ser feliz!

Ojo de cocodrilo

Rompiendo la superficie del agua hay un ojo que ve medio mundo mientras espera. Un cocodrilo tuerto que ha visto tantas migraciones, que ha comido tantos Ñus… Pagó un alto precio africano cuando un inmenso macho que saltó al agua le destrozó su otro ojo con su afilada pezuña, veinte migraciones atrás. Desde entonces espera un poco más lejos de la orilla, cauteloso.

La espera se hace eterna, como todos los años, y no hay señal alguna de los Ñus. Pero sabe que vendrán, tiene demasiada experiencia como para desesperarse. Aguarda mientras los otros se enfurecen y se pelean por el mejor territorio, todos queriendo estar en el mismo lugar, en “el paso”, el mismo de siempre.

El tuerto sabe que cuando vengan será una bonanza, sobrepasando sin mesura lo que pudiera comer hasta el más glotón de todos. Espera paciente al borde del grupo, distante pero presente. Espera y espera con su ojo fijo y vigilante, ignorando una turbulencia apenas perceptible en el agua. Un joven lo empuja, nadando rápidamente río abajo, sin respeto a sus mayores.

Cuando se da vuelta para ver al insolente su sorpresa es inimaginable.

¡Los Ñus han roto todas las leyes de la naturaleza y cruzaban todo este tiempo por su lado ciego!

Se impulsa con su poderosa cola y se dirige hacia el manjar tanto esperado, habiendo aprendido a no dejar el ojo demasiado pegado…