Cambio de perspectiva

Hoy fui al mar varias veces y no logré lo que quería, pero aprendí algo mucho más valioso.

Tabla en mano y bloqueador puesto, iba listo para surfear, pero no me tocaba. Las condiciones no eran favorables, casi no había olas, mucha gente y demasiado viento. El mar me recetó en vez una clase de yoga para el alma y la sonrisa en mi corazón no me dejó duda, lo necesitaba más que surfear.

En la tarde regresé a la orilla pero había todavía menos olas y más gente. Esta vez el mar me sugirió trepar un árbol y desde el tope del viejo almendro de playa me deleité con una vista espectacular del horizonte. Una vista de águila de los mil colores del mar…

…Sopla el viento y me balanceo en el cucurucho que se mece bailando entre cielo y tierra. Me tambaleo por un momento en la mente y riéndome vuelvo al corazón.

Tal vez no todos los días se puede surfear, pero siempre se puede disfrutar.

Escribir

 

¡Qué aventura tan tremenda, tan tentadora, tan arriesgada!

Dejar la mente volar.

Ver cómo va, qué se le ocurre, y hasta dónde puede llegar.

Excavar hacia la luz en las profundidades del ser.

Documentar un viaje al centro de la mente.

Compartir los cuentos de una expedición al corazón.

Navegar el momento.

Entregarse a la deriva.

Jugar.

La voluntad divina de la vida.

Monos ardilla

Suaves chillidos, los monos tití hablan en secreto mientras recorren el bosque cerca del mediodía.

Estos pequeños parecen ardillas en tamaño y ciertos comportamientos. No hacen mucho ruido y brincan por las más delgadas ramas, lo que les da un aire de ligereza. Son café caramelo por arriba y panza tirando a gris por abajo. Tienen una cola larga que termina en un cuarto oscuro casi negro que dejan colgar relajada casi siempre, pero la activan para los brincos. Su cara es color crema más clarito y todo su pelaje tiene un aspecto suave como la expresión en su rostro. Sus movimientos son ágiles y gráciles.

Andan unos veinte en este grupo, algunas madres llevan a sus crías, quienes se aferran fuertemente a su espalda. Madre e hijo combinados son si acaso del tamaño de la cría (en espaldas también) de la mona araña qué pasa braceando, colgando de eternos brazos y cola. Esta gigante pasa entre los titís sin preocupaciones y no más que un par de miradas casuales y a la vez curiosas.

El grupo sigue de rama en rama, caminando y saltando cortas distancias. Uno de detiene, revisa la parte de abajo de una hoja, agarra un bicho escondido y se lo come. Al frente llegan a una larga rama que termina solitaria en las alturas. Parece el final del camino pero los monos ni se inmutan. Sin dudarlo se lanzan al vacío estilo ardilla, con cría y todo, abriendo todas sus patas y la cola parece que no hace mucho pero ahí va, volando también. Suena un pequeño escándalo cuando el mono “aterriza” o mejor dicho “arboliza” en un aparente caos, agarrandose de lo que pueda en ramas que se doblarían con el reposo de un colobrí. Las ramas se doblan, hojas se arrancan, la cría se aferra…

Un ínfimo instante se estira por siglos.

Madre, rama y cría finalmente logran aferrarse al milagro de la vida y continúan su camino como si nada hubiera pasado. Un pájaro grande y oscuro sale volando de una sombra en medio de los monos, dejando la invisibilidad de su percha para ir a dormir en otra parte.

La zopilota

El sendero se ha puesto morado, cientos de flores han bajado de los árboles para compartir con nosotros y su dulce aroma me llena de alegría.

Esta alfombra de diminutas flores convierte mi día en un cuento de hadas… Y es que la magia está por todas partes, si abrimos los ojos, la mente y el corazón.

Sigo caminando descalzo hasta adonde el sendero cambia de piel y viste el café de la tierra con un toque más claro de hojas secas de palmera y de vez en cuando una joya de piedra de río.

Entre mar y jungla veo en el camino una pequeña culebrilla negra, pero sigo subiendo la mirada de la cola y sigue y sigue y sigue, haciéndose gorda y brillante por más de dos metros hasta adelgazar un poco justo antes de terminar en su cabeza manchada de amarillo claro. Se desliza lentamente, casi vagabunda disfruta el sol mañanero y en silencio desaparece entre la maleza sin dejar más rastro que el de mi boca abierta.

Cosas que no haría

Sentado tomando café me pongo a pensar en que últimamente he estado haciendo cosas que no haría. Pero me doy cuenta de que las hice, entonces realmente eran cosas que sí haría.

¿Como hice algo que no haría?

Atreviéndome a hacer algo nuevo, algo diferente, sorprendo a mi mente y resulta que la caja fuerte que supuestamente me contenía tenía paredes de papel.

Yo soy lo que soy y no solamente lo que pienso que soy.

 

Atardeceres

Diarios de Tonsai, Tailandia

Voy a la playa a ver el atardecer. Me dedico media hora a contemplar este espectáculo.

Las caras de los acantilados se mantienen tranquilas como el agua de mar, inspirando quietud. Parece que ya se va a hacer de noche y no habrá más atardecer, cuando de repente tras el acantilado empieza a brillar un fulgor naranja que incendia todo el cielo. Las nubes arden desde adentro como hierro fundido.

La marea está llena y entran y salen los últimos barcos cola-larga del día. Pronto, el día será no más y se vivirá la noche.

El naranja se torna rosado y suavemente desaparece la tarde para revelar una nueva luz. La media luna brilla blanca a través de las nubes y las ramas de un tenebroso árbol seco. Entra la oscuridad y se esparce por todos los rincones, retada solo por los pozos de luz natural en la luna, las estrellas y las luciérnagas.

En el pueblo algunas luces de la calle y en los restaurantes son estrellas en el vacío, como las sonrisas entre la gente…