La tierra está viva

La Antigua, Guatemala 

Un suave meneo me hace primero pensar que alguien está moviendo la jaula y después que estoy mucho más borracho de lo que pensaba. Paro todo y me enfoco en sentir el movimiento.

Es un temblor. No me queda duda, reconozco esta sensación vagamente familiar a la que no me llego a acostumbrar.

Le digo a la gente que está temblando y salimos calmadamente de la oscura guarida. Solo queda adentro el capitán, sentado con su botella y su porro. Él no le tiene miedo a nada, porque no siente nada. Una vez fue humano, pero ahora es de madera. A todos los demás nos recibe el frío de La Antigua noche, donde en media calle de piedra sentimos el mismo suelo moverse bajo nuestros pies.

Suave, para un lado y para el otro, para adelante y para atrás.

Nada está en firme.

Me olvido de “poner los pies en la tierra.”

Llega la calma y la calle queda vacía.

Los faroles cuelgan meneándose de lado a lado, ecos del temblor…

Balance positivo

Salir en la mañana sin saber cuándo vamos a volver. Eso es aventura, y pasa todos los días, aunque no nos demos cuenta.

Es fácil verlo cuando se está viajando o explorando en las montañas, pero no tanto en el día a día. Una aventura es emocionante porque no sabemos qué va a pasar, porque cualquier cosa, podría pasar…

Cada día de la vida, cada momento, es así. Tal vez no nos demos cuenta cuando nos abotonamos la camisa en la mañana y salimos de la casa hacia el trabajo, pero todo podría pasar. Cada día es una aventura y podemos disfrutarlo así de tanto.

Momento a momento, día a día, se forma y transforma la aventura de la vida.

Disfrutar es una elección.

Ver lo positivo.

Hablar lo positivo.

Pensar lo positivo.

“Disfruto todo lo que puedo, el resto lo vivo, lo acepto y lo dejo pasar. Aprovecho el contraste como los altos y bajos en las olas del mar.”

Podemos cada día dejar el mundo un poco más feliz de como lo encontramos en la mañana. Dejar a la gente un poco más contenta, dibujando sonrisas y liberando risas. Compartir lo bueno y ayudar. Cada día se puede regalar alegría.

Poco es lo que se necesita para vivir y poco es lo que se necesita para ser feliz.

¡A disfrutar carajo!

pura vida

Flotando en el inframundo

Bajo tierra, Belice

Caminamos por la jungla cargando viejos neumáticos en forma de donas gigantes que pronto nos cargarán a nosotros.

Nos tiramos al agua y el ardor enciende toda mi espalda por no terminar bien una vuelta de carnero.

Me acomodo en el neumático y me dejo llevar por la corriente. Entramos a la cueva, todavía hay luz que llega de la entrada, pero no se ve el final. Vamos flotando hacia la oscuridad.

Caliza.

Miles de gotas brillan como diamantes.

Estalactitas.

Troncos inmensos prensados en el techo son testigos de crecidas de huracán.

El sonido de agua goteando sobre río y roca.

Gota.

Gota.

Gota.

Estalactitas formándose…

El agua se mueve despacio, casi imperceptible, la superficie está tranquila.

Aceleramos y vamos volando río abajo.

Reboto contra una de las paredes de la cueva y hay una araña tremenda.

Llegamos a una playa subterránea y nos arrastramos entre una boca de piedra para llegar a una cámara interior.

Oscuridad total.

Una luz.

Miles de gotas como cristales.

Cristales de silicato.

Galaxias subterráneas.

Una apertura al río abajo.

Una ventana al río de la vida.

Cuentos mayas.

Floto río abajo, pensando en la selva que crece arriba y preguntándome cuantas veces habré caminado sobre cuevas sin sospecharlo…

El sonido de rápidos y una cascada agudiza los sentidos, pero el río sigue suave. Me entrego y voy flotando, reboto contra la invisible pared de la cueva y me voy dando vueltas hacia el espacio.

Cascaditas alimentan el río.

Por un momento todo se llena de luz y de verde. Un ojo abierto en la piedra permite ver hacia afuera.

Flotando llegamos a las inmensas fauces de la cueva, con estalactitas por dientes.

Sin esfuerzo, emergemos del inframundo.

Luz.

 

Pa Bali

De Tailandia a Indonesia

Me levanto a las 5:25 am del sillón donde dormí lo que pude en la casa de Landon. Salgo en silencio a la oscuridad. Camino unos minutos agradecido que no está lloviendo y llego al lugar donde pasa el transfer para el aeropuerto.

Del otro lado de la calle hay un bosque oscuro con un trillo cuasi túnel que me llama. Lo trato de ignorar, pero me sigue llamando hasta que gravito a su interior.

Al entrar me doy cuenta que me llamaba para enseñarme algo. Todos los árboles tienen en su espalda un recipiente hecho de medio coco, en el cual gotea algo blanco de un corte diagonal en su corteza. Lo toco y se siente como hule. Nunca había estado en una de estas plantaciones/fábricas tan interesantes. De no haber cruzado la calle nunca lo hubiera sabido…

Pasa el transfer por mí y en el counter de check-in aprendo que vale la pena pagar por adelantado el equipaje. Me quieren hacer pagar $100 por el bulto, cuando el pasaje me costó $60. Después de mucho suplicar y sacar y sacar cosas pasándolas a mi equipaje de mano me escapo pagando apenas un tercio de la estafa.

En los vuelos me siento en la ventana y viendo nubes increíblemente algodonosas recuerdo lo que me encanta de volar.

Aterrizo en Bali y estoy viviendo el sueño una vez más. Hace nada que estábamos donde el Dave rompiendo todo tipo de barreras y hablábamos de lo realmente posible que sería pegarnos un surf trip a Indo, dándonos cuenta de que no estaba tan lejos como creíamos. Pero jamás me imaginé que estaba tan cerca.

No me sirve la tarjeta en los cajeros automáticos y a pesar de que sospecho que me la bloquearon los del banco intento como mil veces, arriesgándome a perderla por completo. Cambio unos cuantos dólares a Rupias Indonesias para sobrevivir. Más tarde, comiéndome una pizza, me doy cuenta de que eso era exactamente lo que pasaba, el banco me la había bloqueado y a pesar de que me afirmaban que ya estaba activa, nuevamente fue denegada por el cajero automático.

Camino por callejones buscando posada. Paro un momento a ver las olas a la luz de la luna, perfectas. Bajo incontables gradas hasta encontrar un lugar en medio acantilado. Madés.

Ahora estoy en mi habitación que no tiene baño, pero sí muchas hormigas rojas y un abanico a control remoto. Me encanta.

Voces en el aire

Guatemala

El aire está cargado con la frescura de la mañana.

Las raíces amenazan con apoderarse del sendero.

Caminamos bajo la sombra de la jungla, por donde una vez caminaron los mayas.

Algo se mueve alto entre las ramas.

Volvemos a ver hacia el sonido.

Pasa un mono volando.

¡Whooshcrash!

Cae en una rama que se dobla al recibir su peso y este sigue como si nada. Pasan colgando y brincando más monos. Son los araña. Ágiles y despreocupados, con impresionante facilidad hacen vida en las alturas. Nos quedamos maravillados, hasta que nos tiran caca y orines. Seguimos nuestro camino.

Las chicharras chirrean en crescendo.

La Ceiba conecta el inframundo con los cielos a través de lo terrenal, inmensa, llena de epífitas, árbol sagrado.

El dulce canto del pájaro cuco.

Una araña espera en su tela bajo una palma.

Profundo en la selva, un rugido llena el espacio. Congos. Pasan sobre nosotros, jorobados en sus catedrales de ramas. Se acomodan ahí no más y nos dan un concierto inolvidable.

De un pronto a otro caemos en un profundo silencio, cavado por los aulladores.

Subimos un poco por el sendero y vemos hacia arriba. Por una apertura entre las ramas entra un poco de luz de vida y se asoma una inmensa pirámide, y otra, y otra, y otra… Fantasmas de otra época. Templos se elevan sobre la copa de los árboles.

Tikal.

El lugar de las voces en el aire.

 

Cabroblanco

Bhaktapur, Nepal

Media hora al este de Katmandú vive CabroBlanco. Bhaktapur es un pueblo tranquilo, en comparación con su vecino.

Me bajo del bus, cruzo un puente y entro caminando. No se permiten carros, o no muchos por lo menos, solo un montón de motos.

Todo el lugar parece estar hecho de tres materiales: ladrillo, madera y piedra. Templos budistas, templos hindús, templos destruidos y sombras de templos que ya no están o están por venir. Agregar gente y animales al gusto. Ocasionalmente los terremotos transforman el lugar.

En los callejones hay tiendas colmadas de impensables antigüedades, cuadros y todo tipo de cachivaches de esos que se ven increíbles en el momento y llegando a la casa parecen haber perdido toda su gracia, como las piedras del mar.

Camino entre ladrillos hasta una plaza adonde hay un par de grandes templos. Uno de ellos está constituido por una pirámide de plataformas de piedra sobre la cual se yerguen los 5 niveles cuadrados del templo a Lakshmi, en igual forma piramidal. Hermoso.

Subiendo por las escaleras paso entre todos sus protectores. Tallados en piedra, cada par es diez veces más fuerte que el anterior, según cuentan. Un par de guerreros, un par de elefantes, un par de leones, un par de grifones y un par de feroces dioses y… una cabra.

Al final de las escaleras hay un último guardián frente a la puerta cerrada con pesado candado.

Un chivo blanco inmenso con nariz rosada y cachos largos y gruesos, enroscados sobre su propio eje. ¡Qué cabro más lindo! —pensé.

Hago un amague de darle cariño, pero este se ve sorprendido y trata de darme un cachazo. Parece estar nervioso entre tanta gente y prefiero no molestarlo. Olerlo es suficiente. Tremendo y distintivo aroma.

Noto que no hay nadie cerca de la puerta, supongo algo por respeto a las tradiciones. Camino alrededor del templo y sigo deambulando, aún impresionado por el tamaño de semejante cabro.

Tomando café y explorando recuerdos me percato que no era alrededor de la puerta que no había nadie, sino del cabro blanco. Lo veo un instante en mi memoria. Sus cachos son tan largos que sin necesidad de levantarse puede con un movimiento de cabeza clavárselos a quién se arrimase a él, o a la puerta.

La siguiente noche después de cenar caminaba con una viajera entre los templos cuando empezó a llover y nos fuimos a refugiar a la orilla de un gran templo. Antes de llegar vi al gigante cabro blanco rondando por ahí pero no lo reconocí porque en la oscuridad lo confundí con un ternero.

Nos sentamos en el borde de la plataforma a ver la lluvia caer.

Llega a mis oídos el sonido de patas de cabra sobre ladrillo al mismo tiempo que un aroma inconfundible asalta mis fosas nasales. Se me paran de punta los pelos de la nuca. Vuelvo a ver y de la esquina sale Cabroblanco y se viene directo hacia mí, amenazándome con esos tremendos cachos. Trato de mantenerme firme pero cara a nivel de cachos la verdad que no vale la pena, me aparto de su camino. Salimos corriendo un poco. Yo me alejo bastante porque he tenido la suerte de ver como las cabras montesas brincan en los acantilados y sé que a este no se le ha olvidado nada de su salvajismo. Podría saltar la grada del templo al suelo y embestirme en segundos.

La viajera cree que yo soy un exagerado y extiende su mano para tocar al inmenso chivo…

Un latigazo de cabeza blanca con cachos acelerados que rozan su cara la hace brincar y decide mejor sentarse en otra parte.

Exiliado por una cabra diez veces más fuerte que los dioses me voy a sentar a un templo más pequeño que también me resguarda de la lluvia y el cual está habitado por perros amables.

Desde ahí veo a mi adversario hacer sus rondas alrededor del templo.

Llega un grupo de cinco Nepalís y pienso que al ser tantos, los locales tienen la ventaja.

Veo mientras la bestia se acerca despacio al grupo, intimidándolos, sabiendo que su aroma lo precede. Los más lejanos ríen nerviosamente mientras el primero en la fila se agarra del borde con sus manos tratando de mantener su posición hasta que no aguanta más y sale corriendo. El grupo se dispersa y el gran cabro pasa caminando imponente, enrumbado a revisar que no haya nadie sentado en los otros bordes del templo.

El grupo se espera a que pase el cabro y el susto y se vuelve a instalar, pero nunca logran estar tranquilos. Están siempre temblorosos, fijándose que no salga de la esquina con temor al punto que asignan centinelas y finalmente se van a otra parte.

A lo largo de la noche este animal aterroriza a quién se acerca a su templo.

El día siguiente lo vi en otro templo y lo vi de lejos…

Cada vez que me acuerdo puedo olerlo.

Cabroblanco, guardián de los templos.

Bienvenido al laberinto

Cuentos del laberinto. 

Varanasi, India 

Una noche y casi medio día en tren, muy bonito dormir en tren. Los movimientos y pesados sonidos de hierro llevan a un pesado sueño.

Aprovecho para leer y pongo los bultos colgando como murciélagos de las cadenas que sostienen el camarote, para tener campo para dormir, con los pies salidos desde el tobillo. De vez en cuando siento quién pasa por el pasillo en la oscuridad.

—Benaras  —me dicen Yippi y Renu con el típico ruedo de cabeza Indio, confirmando que al fin hemos llegado.

Banaras. Benares. Banares. Le llaman por todos sus nombres, excepto Varanasi…

Salimos al calor de la calle y me monto en un tuk tuk que me hace preguntarme si me debería devolver de una vez, sabiendo que esto me atrapará un par de días más aquí, la pereza de la presa y del tuk tuk. Calor infernal. Mucho calor, casi no nos movemos y los necios bocinazos son incesantes. Chocamos con otro tuk tuk negro en el lento caos, se chollan ambos. Los conductores se vuelven a ver con desdén y cada uno sigue su camino.

Me bajo adonde termina la calle.

Entro al laberinto.

Respirar libertad.

Viajar entregado al camino.

Encuentro un mae en la calle que promete llevarme hasta el hotel donde pensaba ir, y a otro que es “mejor y más barato”. Veo los dos y el más barato tiene la vista más increíble. Me cautivó cuando subí a la terraza en la azotea.

Me veo a los ojos con la madre de La India, Ganga.

Un mae me enseña el cuarto y cuando abre la puerta del balconcito me sorprenden las rejas. Veo la jaula desde adentro. Estamos en un cuarto o quinto piso.

—Monkeys —me dice cuando ve mi cara.

Monos de ciudad que viven en las azoteas, brincan de una a otra, hacen lo que les da la gana. A veces parecen ser los verdaderos amos de la ciudad. Inhalo aire de aventura, me pongo el turbante y disfraz de rey (ropa elegante que me regalaron en India) y salgo mientras todavía sé dónde está la puerta.

Guías.

Un hombre en el camino ofrece enseñarme el lugar, promete no querer nada a cambio. Yo acepto la imposibilidad de su promesa. Sanyu.

Cuando me doy cuenta estoy rodeado de muertos. En ese momento me percato que estas no son fogatas y que después van a traer a la gente para quemarla. Los cuerpos ya están aquí. Fijándome bien veo que adentro de esas inmensas fogatas hay cadáveres ardiendo. Cuando Sanyu me decía que las batas indicaban si era hombre, mujer vieja o mujer joven, yo solo me fijaba en la gente alrededor del fuego, nunca me fijé en quién estaba en el fuego.

Vamos al fuego eterno, de donde prenden todas las otras piras.

—Ha estado quemando por más de 3 mil años… —me cuenta Sanyu.

Después de una rápida reverencia agarra un poco de ceniza y me toca la frente, bendiciéndome y deseándome buena vida para mí y toda la familia. Yo le deseo el doble y le toco la frente antes de volver a bajar al lado del río.

Por dicha pasamos a comprar chancletas antes (me compre unas negras bien bonitas, de cuero), porque las pantuflas recortadas de tiempos de hotel se sienten muy feas mojadas y la suela no les dura mucho más de una semana.

Un hombre se me acerca y me habla en secreto mientras Sanyu va a buscar un barco.

— ¿Qué haces andando con ese hombre? Cara negra, corazón negro. Ten cuidado… —me dice mientras veo en sus ojos sincera preocupación. Se esfuma apenas el otro se acerca.

Sanyu tiene la cara muy negra.

Pasamos por la pura orilla del Ganga, donde cada paso se hunde en la basura y más adentro, adentro donde el agua está limpia. Tomamos un poco.

Al atardecer vamos remando en “secret boat” Sanyu, el chiquito del barco y yo. Me llevan a ver la ceremonia del río sagrado. Un extraño magnetismo parece atraer a todos los barcos de alrededor hacia el Dashashwamedh Ghat, frente al cual se unen como gotas de mercurio convirtiendose en uno solo. Flotando en este vivo y vibrante muelle de madera presenciamos el Ganga Aarti. Sobre la piel de barcos caminan vendedores de todo tipo, como si fuera la calle. Me compro un chai y una vela para encender y soltar al río. Campanas suenan sin parar, mantras, fuego, inciensos, olor a sándalo.

Termina la ceremonia y al disiparse la energía la masa de barcos se esparce hasta desaparecer en la oscuridad. Nosotros vamos al desierto, un banco de arena fina al otro lado del río, donde revolotean toldos sobre palos de bambú. Tiendas que solo existen de día. Nos fumamos un beedie.

En el laberinto masticamos un bittel, es algo raro metido en una hoja verde…

Volver a la casa. Comer rico. Tomar té, escribir, bañar, leer, dormir.