Una noche de lluvia y relámpagos

Es una tarde gris en un mar picado por el viento. A la distancia una nube oscura y pesada descarga una cascada sobre el mar.

En el regreso a casa el aire mismo se siente espeso y huele a tormenta.

Cae la noche seguida de cerca por la tempestad. Cortinas de agua azotan la selva que se ilumina de repente con los destellos mil relámpagos. Los retumbos de los truenos se encaraman unos sobre otros mientras los sapos y ranas celebran en sinfonía.

El agua es vida y la naturaleza vibra de alegría.

Vivir la lluvia

Qué belleza ver la lluvia caer. No verla como una razón para devolverse a casa, sino como un espectáculo de la naturaleza.

Diminutas gotas flotan ligeras sobre el mundo. Desafían a la gravedad y parece que van a regresar a las nubes, pero al fin deciden bajar a la tierra. Disfrutan el vuelo y llegan suavemente a reposar sobre las copas de los árboles. Oscurecen las rocas y poco a poco se van juntando para formar los pesados goterones que caen desde el techo de esta catedral de piedra.

Hechizados por la magia de la madre naturaleza vivimos una maravillosa eternidad lluviosa…

Ahora el sol calienta y todo brilla. Cantan los pájaros y salen a volar en una nueva primavera.

¡Ay, qué alegría esta lluvia pasajera!

El camino

Brilla el sol y todo es alegría. Los cantos de las aves y el profundo rugir de los congos llenan el aire de celebración. Verde todo alrededor, la jungla celebra la vida.

Camino despacio por el sendero de piedras de río y me detengo un momento para apreciar el momento, para vivir el camino sin dejar mi mente adelantarse a mi cuerpo. Ella quiere olvidarse del camino y solo piensa en el destino.

¿Cuantas veces me pierdo la caminada al Yoga Shala, a las olas, a la catarata?

No sé, pero esta vez estoy presente, y el camino es hermoso y nunca me había dado cuenta.

El camino es parte del destino. Ya estamos viviéndolo, pero nuestra obsesión con metas concretas no nos permite verlo, queriendo definirlo todo en un solo momento cuantificable y reduciéndolo a un papel, una foto, un billete…

No hay divisiones entre donde empieza una cosa y termina otra. El camino a la surfeada es parte de la surfeada así como el primer paso hacia un sueño es parte del mismo. Inventamos tantas divisiones, límites y etiquetas que no nos damos cuenta que tal vez no hay principio ni final, que todo es parte de lo mismo y que fluye constantemente.

Una ranita negra con verde brinca entre las hojas.

Cada paso que doy las redondas rocas me masajean la planta de los pies.

Un inmenso árbol de tronco claro se regocija en la luz de la tarde y en sus hojas se funden el verde y el dorado en un baile de luz al que se une una pareja de lapas rojas con una explosión de rojo, amarillo y azul entre carcajadas de color.

Llego a la playa y las piedras son perfectas, y las olas también.

Disfruto la remada.

Disfruto la surfeada.

Regalando sonrisas, disfruto el sol, la vida.

Pura vida

Simplemente disfrutar

A veces uno sale para ver la luna nacer en el horizonte y se encuentra una tormenta eléctrica amurallando todo alrededor. Nubes negras sobre la tinta del mar disparan rayos cuyos retumbos llegan rodando como el rugido de un inmenso jaguar.

Una estrella de luz verde bajo la tempestad, un pequeño bote en altamar.

Por un momento me alegro de estar viendo esto desde la playa, feliz de estar en tierra firme y deseándole lo mejor a los navegantes. Otra parte de mí, o tal vez la misma, siente el llamado a la aventura del mar, recordando tantas leyendas, cuentos y tormentas.

Veo a mi alrededor como los seres de la noche se apoderan de la oscuridad y me doy cuenta de que la aventura ya empezó. Es aquí, es ahora, es esto. Son las pesadas primeras gotas de lluvia. Es el relámpago que me quema en la retina la silueta de la última palmera solitaria en la punta de piedras.

El trueno ensordecedor me traspasa, retumbando todo en derredor y luego desaparece en medio de un profundo silencio como si se lo hubiese tragado la misma oscuridad…

Pescando historias

Todas las noches me voy con la caña al borde del mar.

A veces bajo la luz de la luna y a veces bajo las estrellas, a veces entre la niebla y a veces en la absoluta oscuridad.

Hay noches que los peces brincan por todas partes y otras tenebrosamente silenciosas.

Sea como sea tiro el anzuelo y espero paciente porque sé que nunca se sabe qué se puede sacar de las profundidades del mar.

Y es que mi caña es la pluma y la escritura es el mar, y lo que pesco…

No hay límites a lo que pueda sacar. Peces, sirenas y monstruos del fondo del mar. 

Luz de luna

Flotando en medio de la bahía sobre la tabla de surf disfruto el final del día y el principio de la noche.

En la oscuridad del agua brilla azul algo que nada debajo mío. En el cielo la silueta de un pelícano trasnochado pasa volando bajo la media luna. La blanca luz transforma todo al blanco y negro en una escala de grises fundamental que me devuelve en el tiempo.

De pronto me siento expuesto en la oscuridad. Ocurre un cambio de guardia en el que los seres del día buscan refugio antes de que salgan las bestias de la noche. Veo a mi alrededor y me doy cuenta que estoy muy solo, todos se han refugiado y yo sigo aquí. La tranquilidad aparente y el silencio pesan en una oscuridad que los depredadores no comparten conmigo. Poco a poco me siento cada vez más en presencia de ojos que ven mucho más que los míos. No veo, pero soy visto. Levanto la mirada y las estrellas me dicen que es hora de partir. Escucho el estruendo de las olas reventando en las piedras de la punta y me alisto para lo que venga.

Una sombra negra se levanta mar adentro y remo con todas mis fuerzas, me levanto y forzando los ojos bajo la tenue luz de la luna logro surfear la ola hasta la orilla. Pongo los pies en la arena y corro playa arriba, perseguido por las olas de un mar de oscuridad. Siento el gran alivio de salir de las profundidades del miedo y camino rápido hacia una luz que me espera en el sendero, donde tengo escondidos un foco y las chancletas.