No saber, ser

Tirarse al vacío. Soltar todo. Ver qué pasa. Fijar una intención pero saber que cualquier cosa podría pasar. Entregarse por completo a la infinidad de posibilidades. Disfrutar lo que ocurre. Ver el rojo amanecer. Aceptar el rechazo. Amar el odio. Ser paciente frente a la impaciencia. Percibir la verdad de una mentira. Verse uno en el otro. Sentir. Sonreír. Respirar. Ser. Una cabra montesa en una cima de piedra. La serpiente que cruza el camino y sube la pared sin manos ni piernas. La luna que flota en el cielo. Estrellas que brillan en la oscuridad. El calor en el frío. El silencio en el sonido. Las campanas del monasterio. Los grillos y los pájaros nocturnos. El viento. El todo en la nada. El vacío. Amor.

Por encima de las nubes

Suena la tetera avisando que ya está el agua para el café. Qué delicia tomar un cafecito en la cima de una montaña sin nombre. Abajo, un manto de nubes cobija la ciudad al atardecer y me deja solo con las estrellas. Cierro bien la casa y me monto en la nave para ir a pasear por el espacio.

Soltar para volar

               

              Podemos volar al cielo solo si soltamos nuestros agarres del suelo.

Soltemos sin miedo, o con miedo, pero soltemos, porque qué difícil volar aferrándose a todo.

Soltemos el miedo, el pasado, las expectativas, los límites y los imposibles…

Elevémonos, volemos ligeros y dejemos que los sueños nos lleven hasta más allá de lo inimaginable.

Volvamos para contar el cuento y compartamos todo lo que hayamos tenido la suerte encontrar.

Invitemos a todos a volar.

Soltar, volar, amar.

Soltar.

Soltar.

Soltar.

Si queremos nos podemos volver a agarrar, así sea poco probable que eso llegue a pasar.

No nos preocupemos por perder lo que nos hace menos, menos felices, menos sonrientes, menos alegres.

Alivianémonos.

Liberémonos de nosotros mismos.

Volemos.

Porque sí que podemos.

Volemos.

A la aventura

Me monto en un tren hacia lo desconocido. Estación tras estación me alejo del confort y me acerco a los límites exteriores de mí mismo.

A la distancia se ve una montaña coronada por gigantes rocas, su cima envuelta en un espeso misterio de nubes blancas. Perfecto lugar para un monasterio.

El tren sube y sube, pero mi espíritu ya le pasó, vuela en la emoción de la aventura. Entre túneles y colosales formaciones de piedra nos adentramos en las profundidades de la niebla. Silenciosos pinos aparecen donde no había nada y se esfuman sin dejar rastro. Fantasmas en un mundo vestido de blanco. Centinelas del camino.

Finalmente llegamos a la última parada y ahí está el antiguo monasterio, cobijado por la montaña, protegido por las rocas. Pero yo voy para un templo más antiguo todavía, la naturaleza.

Saludo al viejo Michel quien me recibe con una sonrisa y me advierte de los jabalíes. Encuentro dos buenos árboles para colgar la hamaca y con la fugaz luz del atardecer preparo mi nuevo hogar acompañado por un pequeño jilguero gris de pecho anaranjado que canta alegremente.

Cae la noche y comienza un concierto de bichos que celebran la oscuridad. Antes de acostarme veo a uno salir de su escondite, plateado y extraño como algo que nunca hubiera imaginado. Con sus tantas patas largas y finas como cabellos se escabulle entre mis pensamientos y se escapa de la luz y de mi vista.

Me acurruco en la hamaca arrullado por el repiqueteo de la lluvia en el toldo. Suavemente floto entre las nubes y poco a poco voy cayendo en un profundo sueño. Las estrellas tintinean en el frío y se ponen a bailar cuando los monjes suenan las campanas del viejo campanario. Su eco deambula por toda la montaña y se pierde en el silencio de mis sueños. Allí seguirá sonando, imposiblemente, por todos los tiempos.

El demonio de la vagabundería

La vagabundería y el confort, el confort y la vagabundería. Tremendos demonios que me alejan de mis sueños y del crecimiento. Sabandijas que me convencen de no hacer nada cuando podría hacer de todo. Terriblemente persuasivos. Entran por cualquier hendija y se esconden en cualquier rincón.

Inicialmente parecen inofensivos, pero terminan devorando vida y sueños. Se meten un día de lluvia o un día de sol, en el éxito o el fracaso. No perdonan un momento de duda. Hacen que cualquier cosa se vuelva una buena razón para no hacerlo hoy, “porque estoy muy cansado, no tengo tiempo, no voy a poder, alguien lo puede hacer mejor, hoy ya hice mucho…” y un día se transforma en años.

Lo bueno es que de tanto dejarme convencer me he dado cuenta de que son embusteros que prometen todo y no dan nada. Que lo que me venden como un delicioso día de descanso es algo que nunca puedo disfrutar sabiendo que quisiera estar haciendo otra cosa pero me dejé convencer, porque esto es más “fácil”. Pero solo parece más fácil, y ahí está la trampa revelada. Me hacen pensar que hacer será difícil, pero termina siendo mil veces más difícil quedarme sentado viendo mis sueños a la distancia cuando podría estar caminando hacia ellos. Saber en el fondo que nada ni nadie más que yo mismo me está deteniendo. Por eso es que creo que el valiente héroe que puede abatir a estos demonios es la acción.

Aunque sea poco a poco, pero voy a caminar cada día hacia mis sueños, voy a hacer en vez de solo ver.

Además me he percatado de que con solo empezar todo cambia. Esa acción, ese primer paso, es el momento en el que el sueño cobra vida y comienza a hacerse realidad. Me dedico a seguir haciendo cada día, luchando y venciendo al demonio del confort y la vagabundería. Ese paso a paso se transforma en caminar los sueños, vivirlos, disfrutarlos. Porque al final, quién quiere un sueño que se cumpla de una sola vez y se acabó, cuando se puede vivirlo día a día, momento a momento, saboreando cada instante.

Quiero hacer lo que quiero, porque me gusta, en vez de no hacer porque me da pereza dejar el confort o por miedo al fracaso. Fracaso es no intentarlo, no vivirlo. Porque cualquiera lo hace mejor que quien no lo hace del todo. Yo quiero vivir, elijo vivir, ya, hoy, ahora. Siempre.

¡Qué rico vivir nuestros sueños, disfrutar nuestra vida, por decisión!

Una noche de lluvia y relámpagos

Es una tarde gris en un mar picado por el viento. A la distancia una nube oscura y pesada descarga una cascada sobre el mar.

En el regreso a casa el aire mismo se siente espeso y huele a tormenta.

Cae la noche seguida de cerca por la tempestad. Cortinas de agua azotan la selva que se ilumina de repente con los destellos mil relámpagos. Los retumbos de los truenos se encaraman unos sobre otros mientras los sapos y ranas celebran en sinfonía.

El agua es vida y la naturaleza vibra de alegría.

Vivir la lluvia

Qué belleza ver la lluvia caer. No verla como una razón para devolverse a casa, sino como un espectáculo de la naturaleza.

Diminutas gotas flotan ligeras sobre el mundo. Desafían a la gravedad y parece que van a regresar a las nubes, pero al fin deciden bajar a la tierra. Disfrutan el vuelo y llegan suavemente a reposar sobre las copas de los árboles. Oscurecen las rocas y poco a poco se van juntando para formar los pesados goterones que caen desde el techo de esta catedral de piedra.

Hechizados por la magia de la madre naturaleza vivimos una maravillosa eternidad lluviosa…

Ahora el sol calienta y todo brilla. Cantan los pájaros y salen a volar en una nueva primavera.

¡Ay, qué alegría esta lluvia pasajera!