Día IX. Ngawal – Manang

 

Diario del Himalaya

 

Amanece lloviznando, frío y ventoso. 

Un grupo de mulas y burros se queja de que lo muevan a tal hora en este frío, pero bueno, ya saldrá el sol… Me caliento las manos con la taza de té hirviendo y escucho las campanas de Nepal. Perros, caballos, mulas, todo tiene su campana, y los gatos andan chilindrín.

El terreno es cada vez más desolado y pedregoso. Vamos caminando cerca de unos extraños riscos cuando de repente un montón de rocas alza vuelo en un aleteo frente a nosotros y se va volando a las paredes de piedra. ¡Una bandada de Chukar! Aterrizan en el risco como gallinas salvajes y ahí se quedan tranquilas escalando. Poco a poco van perdiéndose entre las rocas, convirtiéndose en ellas, hasta ser una vez más, piedras en la montaña.

Este acto de magia salva a muchas Chukaras de ser devoradas por el Águila Dorada, pero en las noches es otra historia, más romántica y menos terrorífica, pues se dice que las Chukaras están enamoradas de la Luna, y la miran perdidamente cada vez que pueden…

amor eterno

Hermosa Himalaya. 

Llegamos a Manang. Lodge divino de madera, tres pisos. Ducha con agua caliente! Lavo ropa en palangana y me encanta, creo que escurrirla puede ser mi parte favorita. Se llega a conocer muy bien la ropa, lavándola a mano.

Paso la tarde andando por el pueblo con Rastaman, a quién había conocido brevemente en la oscuridad de la cocina en Timang. Nos tomamos una sidra de manzana y me comparte mucho de su conocimiento local y toques del camino. En el centro comunal proyectan películas todos los días. Increíble!

Me tomo un café de verdad y me como un filete de Yak. 

Dolor de panza toda la tarde intermitente. 

Me asomo en un casamiento lleno de buenas vibras y celebración.  

 

Noche estrellada. Vista de glaciar desde la ventana. Tres cobijas.

Día VIII. Upper Pisang – Gyaru – Ngawal

 

Diario del Himalaya

 

Amanece despejada la puerta al cielo. Kissna dice que aquí, arriba en la montaña, casi nunca llueve. Plano y pinos. Veo una estupa en el tope de una montaña y pienso; qué dicha que vamos en otra dirección… Está altísimo, y hoy la caminada pesa.

Kissna para al lado de un mani, como les llaman a las ruedas de oración, y me dice que descanse, porque vamos a cruzar el puente colgante y subir a la estupa. Om Mani Peme Jum.

El camino es un sendero empinado y falta el aire. Nos acompaña una colina llena de pinos como siempre había querido ver. En un descanso estoy a punto de treparme a un hermoso ciprés cuando Kissna exclama – Hey! No No No man, not possible to climb.– Me explica que éste es un árbol sagrado para los budistas y que si lo escalo: bad luck and get sick

“Geru,” “Goyra,” yo no entendí nada en el momento, pero al final descubrí su nombre real; Gyaru, así se llama el pueblo en el tope, escondido atrás de donde está la estupa. Al otro lado y enfrente, la vista es sublime, todo es Annapurna IV y Annapurna II. Estos nevados se dejan ver, y son majestuosos. De esas montañas que inspiran. Los pájaros negros con pico y patas amarillas planean en círculo montaña abajo y ganan altura en una termal cual si fuesen zopilotes. Tengo que aprender a volar. Revolotean los banderines de colores y las plegarias vuelan al cielo mientras los insectos disfrutan del sol. Un profundo retumbo estremece todo. Puede ser trueno de la nube que ahora cubre el Annapurna II o un derrumbe de glaciar, aquí arriba todo puede ser… 

Caminamos por laderas de polvo y piedra, siempre hay pinos y vegetación de altura, pero está seco y escarpado. Kissna señala montaña abajo y veo bien camuflado un grupo de cabras montesas. Unas quince, con crías que brincan y machos con grandes cachos que se abren a los lados. Beige clarito. 

Llegamos a Ngawal, otro pueblo de piedra. Los caminos, las casas, los techos, todo es de piedra. Pareciera como que poco a poco fueron juntando todas las mejores piedras que había por ahí y las acomodaron en forma de pueblo, y probablemente, eso fue lo que pasó, pero que se yo… Todo es de piedra. 

Me baño con balde en la letrina, a la que se le ponen un par de tablas encima y también es baño, y me voy a explorar el pueblo. Paso a darle una vuelta al mani, con la mano derecha girando y multiplicando cientos de plegarias. 

“¡Oh, la joya del loto!”

Un señor me invita a sentarme con él al lado de un mani gigante y vemos desde arriba el espectáculo de un borracho (o de goma) tratando de subir las escaleras para entrar a su casa. – Too much wine – me dice el señor y se muere de la risa. El hombre se tambalea, sube un par de gradas y se agarra de la baranda como si hubiesen vientos huracanados que lo tiran hacia atrás. Jorobado y en cámara lenta se devuelve hasta abajo y agarrado de una columna, escupe lo que puede. Pienso tantas veces que ese he sido yo, y el daño que se puede hacer uno mismo con excesos. Al final logra subir las escaleras pero no logra entrar a la casa, y queda dormido sentado en una banca con la cabeza entre brazos sobre una mesa. Yo agarro las cosas y me voy a buscar el grupo de cabras montesas que vimos en el camino. 

Tengo suerte de encontrarlas todavía viento arriba y más abajo que yo en la montaña. Me salgo del sendero y las veo con los binoculares, todas viéndome, de verdad son salvajes, están muy alerta. Me devuelvo un poco y me trepo a un pino desde donde las puedo ver sin ser visto. Algunas pastan y otros están acostados a la sombra de unos arbustos con sus crías. Machos con cuernos enormes descansan al sol. Pongo la maca a la sombra de una “cueva” formada por dos pinos y hago lo mismo que ellas; descansar. Ojalá que pasen por aquí. 

Tengo vista del nevado desde la maca! La resina de los pinos huele delicioso y el viento murmura entre sus ramas. 

Leo un rato, todas las vistas son hermosas, desde la más lejana hasta la más cercana. 

Recojo todo y me voy a ver las cabras montesas. Una me descubre y me quedo quieto, como cinco minutos inmóvil. Cuando vuelve a ver para otro lado me alejo para que se relajen. No sé si me vio, no sé qué tan buena vista tienen, o me escuchó o me sintió, o algo, pero sabe que estoy. Olor no creo, porque llevo una semana caminando y estoy viento abajo de ellas, aunque me encontré unas medias limpias en el fondo de la mochila hoy! y me las puse, eso puede ser lo que huelen…

El frío en parte fue lo que me sacó de la maca, así que voy y me siento en una piedra. Aunque ya no le pega el sol sigue caliente, como un horno recién apagado. Me siento a ver el espectáculo del atardecer en los picos nevados y veo la montaña como un todo. Veo la línea de árboles y calculo que andará por los cuatro mil metros. Me imagino el paso de los glaciares… 

Me acuerdo de las cabras y voy con el reto de verlas antes de que ellas me vean a mí. Lo logro, y las observo fascinado. Unas se rascan la espalda con los cachos, una cría  juguetona se para en dos patas y le brinca encima a su madre, otro se rasca contra un arbusto y unos descansan acostados. Una madre se encarga de cuatro crías con ojos de terneros y movimientos torpes y tiernos de juventud. Los dejo pastando tranquilos y en el camino de vuelta al hospedaje me topo un perro negro y amigable.

En la noche recorro los pasadizos de piedra en el pueblo con un poco de susto. 

Tengo pesadillas en las que una pareja escandinava me quiere enterrar vivo. 

Me salvo.

Día VII. Chame – Upper Pisang

 

Diario del Himalaya

 

Empezamos temprano, oscuro, niebla y llovizna. Vacilamos, con buena energía. 

Al borde de una pared de piedra gigante vuela una inmensa águila sobre los pinos. Desde el puente colgante veo que son dos, lucha de águilas. Magnífico despliegue de la Pachamama. Se elevan hasta casi desaparecer y después se desploman hacia la roca, cambiando de rumbo justo antes del impacto, jugando con la vida misma se persiguen por todo el cielo. Con los binóculos se ve que uno es negro con cuello y nuca blanca. El otro gigante por abajo tiene como contorno de buitre rey pero con café claro/gris en vez de blanco. Su espalda se ve beige desde aquí. Creo que es un grifón himalayo. Es un deleite verlas volar. El río está feroz, me doy vuelta y entre las banderas nepalíes que adornan el puente veo un pequeño glaciar. 

“Swarga Dwar” le llaman a la pared de piedra, Swarga Dwar significa la puerta al cielo. Parece que también le llaman “La Pared de Pisang.” Es la cara oeste de la montaña Paungda Danda, una pizarra de pura roca que se levanta mil quinientos metros hacia el cielo desde el río que cruzábamos acuantá, cuando vimos las águilas.

…una vez fue el fondo de un lago, hoy es la puerta al cielo… qué lejos podemos llegar, si esperamos millones de años. Igual, todo pasa en un instante.

En el bosque vemos un roedor mediano café y sin cola cruzar la calle, y otro escondido entre los arbustos. Ojos negros grandes.

La vegetación ha cambiado. Pinos inmensos y pequeños arbustos duros. Manzanales. Vemos el negro ojo grande de otro roedor escondido por ahí. Sale el sol, hamaqueada. 

Me despierto de la siesta apenas a tiempo para ver un pájaro anaranjado fuego entre los amarillos, y un segundo después, se van volando todos juntos entre los pinos.

Ahora que me acuerdo, ayer vimos tres escaladores en el camino, caminando alegres con todo el equipo chin-chineando hacia la pared de piedra. Así que ya no cabe duda de la escalada, si es que hubo…

Caminamos entre verdes pinos por un valle soñado y llegamos al pueblito de Upper Pisang, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Hermoso. Cansado. Me tiro cadáver en la cama media hora y subimos a un monasterio a oír los cánticos. Impresionante el detalle y la devoción adentro. Gong!!! Gong!!! Gong!!!

Budas por todas partes.

En la tarde se despeja el Annapurna IV, espectacular, se baña en la luz del atardecer. Hasta recibimos el regalo de un celaje anaranjado y me atrevo a albergar la esperanza de que tal vez veamos las estrellas esta noche.

Me quedo leyendo Tolkien y contemplando la montaña hasta el anochecer. 

Entro a la cocina. Está el fogón en el centro con la abuela de 86 años jorobada echándole más leña. Las paredes están llenas de ollas, tazas y sartenes. La pila de lavar es de madera. Hay un ejército de termos inmensos sobre la mesa del fondo. Estamos sentados en unas “sillas,” o sentaderas de madera a menos de una cuarta del piso. El señor muele ajo en mortero de madera y la señora vierte agua de esa gigante olla que siempre está al fuego. El gato está sobre la otra mesa al frente y se mete un chiflón por la puerta.

Salgo y veo, una estrella tintineando en la oscuridad…

 

Día VI. Timang – Chame

 

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5:30 a.m.

Me asomo por la ventana y veo despejado un cabito de las montañas al sureste. Un glaciar o un deslizamiento, binóculos, un glaciar! Frío. Me meto en la cama un ratito más. 

Saludo al sol y me voy a sentar a la azotea a contemplar la montaña. Esta premia mi madrugada dándome un vistazo de su gloria y se vuelve a cubrir. La suerte que tengo, pude ver hasta la nieve suave entre sus picos y sus glaciares más abajo. 

Graznan los cuervos, la gente empieza a revivir, a despertar una vez más. 

Se despeja un majestuoso pico nevado en el cielo; Manaslu! Su cima es uno de los puntos más altos del planeta, a 8163 m.s.n.m. La vista debe ser exquisita… 

Sale el Sol! Cielo Azul! Un día soleado! El primero en días. Alegría en los campos! Los pájaros cantan y las papas crecen junto al coliflor, el repollo, flores y marihuana salvaje.

Un glorioso día.

Escucho una profunda voz, o mejor dicho un rugido conocido, y me asomo por el borde para saludar a nuestro viejo amigo el Río. Caminamos entre los cipreses gigantes y  me parece que los acantilados del otro lado del río prometen buena escalada. 

Llegamos a Chame, capital del distrito, hay de todo, incluyendo magia que se esconde en los rincones. 

Comemos Dal Bhat hasta no poder más. 

La suerte de las ruedas de plegaria budista-tibetanas me llevan encontrar café de verdad. 

En la noche voy a dormir como lady (muy bien supuestamente).

Día V. Tal – Danaqyu – Timang

 

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Amanece lindo, cielo azul (partes), cantan las aves. Salimos del plano divino de Tal y el río es un rápido otra vez. Al fondo del cañón vemos por primera vez los picos nevados, montañas en el cielo. 

Pinos y verde, cascadas por todo lado, es la magia del Monzón, temporada baja en turistas y alta en vida silvestre. Siento dolor en mi pierna izquierda, pero algo se alivia con el mentol chino. 

Caminamos al borde del abismo; entre, sobre, y debajo de las inmensas montañas de roca.

Llegamos a Danaqyu pero decidimos quedarnos un rato antes de seguir y subir a Timang, donde si dios quiere tendremos mejor vista de los picos nevados. 

En Danaqyu cargan a los burros, y estamos apenas a tiempo para verlos salir. Salen en caravana, bajando la montaña en fila, sonando sus campanas. Van sonando sus campanas en el silencio, cada vez más lejos, cada vez más tenue, como luciérnagas que se alejan en la oscuridad… Pasa una vaca sonando su campana, y después un perro, hasta los perros tienen campana, y suena muy bonito y alegre. Este sonido quedaría grabado en mi mente como el sonido de Nepal, y cada vez que lo escucho me alegro y regreso a las montañas, allá adentro en mi recuerdo…

Caminamos por un bosque encantado, lleno de pájaros y sus melodías. Vemos uno parecido a un manakin, con capucha celeste. Un viejo puente de troncos nos inunda de ancianos recuerdos con su aroma de madera. Un gigante solitario, un ciprés inmenso, nos ve pasar. Nos adentramos en la oscuridad del bosque y empiezan a aparecer los árboles más grandes que he visto (todavía más grandes que los de ayer). Troncos gigantes que se pierden de vista entre las nubes conectan el cielo con la tierra.    

Llegamos al hospedaje, donde una señora muy tora, de apariencia totalmente mongol trabaja en el jardín, atendiendo con cariño las plantas de la huerta. Otra vez somos los únicos en el hotel y tengo el lujo de elegir un cuarto esquinero con triple vista a las montañas. Soñado! El paisaje es magnífico. 

Me baño con balde de agua hirviendo y voy a caminar por el pueblo. Tomo un café y me adentro en el bosque de gigantes. Voy en medio de la maleza cuando un recuerdo rompe como una burbuja la superficie de mi mente: “¡Nettle”, never touch!” me había dicho Kissna de una mata que ortiga terriblemente, pero no me acuerdo cuál es, hasta un momento después… cuando me ortiga todo. Es como la picada de una avispa, que anda con un monton de amigas, me pica a través del pantalón los muslos tan fuerte que juro nunca volver a olvidarla así de fácil, y todavía me acuerdo: 

“¡Nettle”, never touch!”

Sentado en una piedra bajo sombra centenaria espero con los binóculos a ver si se despejan los picos y salen las aves. Qué suerte tenemos de vivir en este mundo tan hermoso. Los árboles más altos que he visto en mi vida.

Llega la niebla y suenan los llamados de alguien arreando sus animales. Búfalos hace días no vemos, tal vez aquí arriba ya es demasiado frío para ellos… Vi el primer caballo de la caminata, será un Mustang? Quién sabe… Esquivando nettle, sigo explorando.

Estoy viendo el cielo cuando en eso distingo algo entre las nubes, algo que no puede ser… Picos se asoman entre las nubes, alto, demasiado alto. Son montañas que se fueron flotando a jugar con las nubes, y nunca bajaron… 

Poco a poco mi mente se va abriendo a la magnitud del Himalaya, el mundo y la vida.

 

La Montaña

Qué fácil escuchar un pájaro en su silencio. 

Qué difícil verlo en su inmensidad. 

¡Este bosque de gigantes!

 

Magia. La magia existe y es evidente para cualquiera que abra sus ojos a la naturaleza. Pero en las Himalayas, hasta un ciego lo puede ver. 

Templos de la naturaleza. 

Un toro y una vaca se reúnen en secreto en el bosque. Disfrutan su amor eterno en la fugaz luz del atardecer. Sus caricias me derriten el corazón. 

En el pueblo una señora descalza sostiene un leño en cada mano. Descalza sobre la fría piedra. Sonriente. Invencible. La magia de la montaña es fuerte, y la gente de aquí está llena de ella.

Fuego.

Delicioso olor a ajo en la penumbra. 

Qué es esto que siento, me pregunto… Es la paz. La paz de la montaña. Me doy cuenta mientras cae la noche. 

…Una vaca de tres patas brinca en la tarde de mi recuerdo, sonando su campana mientras valientemente mantiene el paso del grupo, al borde del pueblo de Tal, regresando de pastar…

Empieza la lluvia. Cae de la oscuridad. Busco refugio.

Comemos con la señora de la casa en una verdadera cocina de montaña, refugiados del frío y cerca del fuego, humo, madera, mantas… buen alimento y té de miel con limón y jengibre. 

Afuera, mariposas nocturnas vuelan suavemente, hechizadas por el brillo del manto blanco con bombillo.  

 

Se apaga la luz y me dejo ir, al mundo de los sueños, arrullado por un grillo…

 

Día IV. Jagat – Tal

 

Diario del Himalaya

 

Despertar con suerte animal. Hay una familia de monos rojos del otro lado del río, sentados en un pastizal, haciendo su vida diaria. Una lagartija está agarrando sol en el maíz….

Seguimos río arriba, bajando a cruzar los puentes colgantes. 

Efecto charco! En los charcos a veces hay un fino sedimento dorado-plateado. Al mínimo movimiento del agua este se levanta desplegando un espectáculo fascinante en el microcosmos del charco, una función que dura solo un instante.

Vemos las casas de las abejas en los acantilados, están haciendo deliciosa miel. Gigantes abejas mieleras del Himalaya construyen sus colmenas colgando de un techo en la piedra, protegidas de lluvia y depredadores.

Cascadas. 

Vida.

El río se convierte en rápidos y ya casi en cataratas. Los riscos de roca empiezan a competir con el verde. Caras verticales de colores grises y negros, pero el verde sigue. Es época de agua y pasa una mariposa negra con celeste. 

Vamos caminando por un montazal como cualquier otro, con verde hasta el pecho y apartando las matas del camino cuando me doy cuenta de que el montazal es realmente un montazal de marihuana. Toda esta parte y quién sabe cuántas más, cubiertas por la famosa planta. Claro!, esta es su casa, aquí crece salvaje desde antes del recuerdo. Una planta más como tantas otras bajo la luz del sol. Ese fue el Monte de Marihuana

Me quito una sanguijuela este instante, van dos que se me pegan. 

Llegamos a los primeros pinos y en ellos hay una tropa de monos de los blancos, comiendo hojas. Espalda gris, panza blanca, cara negrititica, rodeada de pelo blanco. 

Pensaba en lo imposiblemente alto de estas montañas cuando Kissna me llama y señala un acantilado con un pedacito verde en la cima. Con los binóculos vemos como se juegan la vida un par de cabros de montaña, cafés, con cachitos negros el grande. Están comiendo al borde de un despeñadero de cientos de metros… 

En las cercanías se ríen verdaderos cuervos, todos negro resplandeciente (diferentes de esos cuervos cabeza gris de ciudad). Vuela un Falcon Rufous y más arriba un gran águila, tal vez un Grifón del Himalaya, sobrevuela los picos. 

Subimos la cresta de una montaña, después de todo el día de caminar y del otro lado nos recibe algo muy especial en Nepal. Un lugar plano. Al lado del río, en medio de las colosales montañas, en un glorioso valle, encuentra su hogar el mágico pueblo de Tal. En ese primer vistazo me enamoré de ese mágico lugar, sino es que fue desde la primera vez que lo oí nombrar… Hechizados por su encanto, bajamos la montaña como hojas flotando en el viento, y así llegamos a Tal, un hermoso pueblito, para mí, sin igual. 

Nepali flat.” Eso me viene diciendo Kissna todo el camino, sobre la ruta de cada día, y hasta el momento no habíamos caminado por un solo lugar plano. Empezaba a creerme la leyenda del Nepali Flat… de que el único plano en Nepal era ninguno, cuando descansé mis ojos sobre Tal. Tal es la magia de este lugar.  

“Dere Mito,” o por lo menos así suena. Dherai mitho cha. Significa delicioso y así estaba el almuerzo.  

Camino por el pueblo y me baño en la pureza de las Cascadas de Tal. Un pueblo entre río y cascadas. Entre montaña y montaña. Entre sueño y sueño. 

Voy al borde del pueblo y disfruto una hamaqueada con todo Tal, o la mayoría según me parecía. No sé si nunca habían visto una maca, pero diría que no… Hombres y mujeres, grandes y chicos, todos se mecían unos a otros, derrochando risas, sustos, caídas, y felicidad. Risas. Mucha felicidad. 

Acariciando perros! Así ando por el pueblo, feliz de la vida. 

En la tarde me tomo un té en El Dragón y aún más tarde encuentro otro tesoro en el tesoro. Café. Café de verdad. Al otro borde del pueblo, encuentro lo que me dijeron era imposible encontrar, y me pongo a disfrutar. 

 

Día III. Bahundanda – Jagat

 

Diario del Himalaya

 

Sueño * “Siempre andar en pareja. Por lo menos podemos…”   Acurrucarnos. Perdonar, soltar, dejar ir. Volver a empezar cada instante. *

Aparece el huevo de piedra. En algún momento ayer se había perdido, y Kissna se volvió loco buscándolo… pero no apareció, hasta que quiso.

Caminamos y caminamos, el día empieza a calentar.

Poco después de pasar por un montazal en terreno medio embarrealado veo a Kissna revisándose las piernas y me reviso las mías. Las primeras las encontramos subiendo por los zapatos. A primera vista parecen babosas negras, pero no son. Oscuras y bastante rápidas, avanzan estilo “gusano medidor,” pero a veces se detienen, elevan la cabeza y la mueven de lado a lado y hacia arriba y abajo, como olfateando, buscando algo… desesperadamente. La siguiente me la encuentro justo arriba de la media, en mi piel. Pegada a mi pierna encontró lo que buscaba. Está bebiendo mi sangre, deleitándose, gozando… Me quedo viéndolas asombrado. Siempre había querido ver estos extraños seres. Casi legendarios para quien nunca los ha visto e increíbles para quien escucha de ellos por primera vez, son realmente impresionantes en vida real, nunca jamás me los imaginé así… ¡Sanguijuelas! Justo pensaba en cómo quitármela suavemente para tirarla por ahí lejos del camino cuando llegó Kissna, que ya se había terminado de quitar las suyas y sin que me diera chance de nada, apenas la vió la arrancó y la mató con tabaco, el mismo veneno que escoge para él mismo… Las otras las tiré por ahí, sanas y salvas, de vuelta a su casa… y ese fue el primer encuentro con las sanguijuelas.

Seguimos caminando y llegamos a un lugar donde hay cabras, montones de cabras por todo lado. Jugamos luchitas con el jefe cabro y lo dejamos feliz en su reino. Un poco más adelante llegamos a un pequeño caserío con gallinas y gatos y calles de piedra. 

Pequeñas hidroeléctricas.

El rugir del río.

Alrededor, cambia el verde por el gris, y caminamos entre acantilados de piedra.

En una parte caminamos por un estrecho cavado, o dinamitado más probablemente, en medio del acantilado. Vamos por dentro de la misma roca; piedra arriba, piedra abajo y piedra al lado, como si fuera un túnel al que le abrieron un lado, y de ese lado está el abismo, y al fondo está el monstruo, y arriba el cielo. Vea cada uno pa donde quiera.

Maravillados.

Eventualmente salimos de la panza de la piedra y llegamos a Jagat.

Dejo el bulto y me voy al borde del pueblo. Ahí me encuentro una construcción al borde del guindo, perfecta para poner la maca con vista totalmente despejada a la inmensidad de más allá.

Aprovecho para pajarear un rato y veo una extraña ave. Con mohawk, pico y tobillos rojos, y plumaje amarillo, no tengo ni idea qué nombre le habrán puesto, pero el nombre no puede ser más que el ave, y el ave está aquí, en toda su gloria.

Hamaqueada épica. Comparto el asombro con los locales, quienes se maravillan con la maca y mi persona, mientras yo me maravillo con ellos, y con todo. Aunque de diferentes fuentes, bebemos del mismo asombro. Compartimos sonrisas, y nos reconocemos.

Somos lo mismo.