La isla perdida

 

Caminamos hasta el final de la playa.

La arena se transforma en rocas.

Llegamos al final y seguimos.

Pasamos tantos finales…

 

De pronto aparece,

en medio del medio de la nada.

Una isla de arena rosada.

 

Corrientes del mar la tienen rodeada.

El cielo la toca con el viento.

Inmensos troncos duermen en ella.

Criaturas marinas la abrazan.

Alrededor las corrientes del mar giran sin parar.

 

Para encontrarla hay que perderse.

Una isla desolada.

Rodeada de vida.

 

La isla perdida.

 

No quiere despertar

Honduras, entre “Gotas de sangre” y el desvío de “Siete gatos”

Salimos antes del amanecer, para pasar entre el toque de queda y los bloqueos. La ruta de Copán a San Pedro Sula está oscura, pero más oscuras son las manchas negras en la calle donde se ha manifestado la gente.

La niebla entre los pinos vibra suavemente y poco a poco empieza a aclarar el día. Amanece como amanece siempre que he pasado por aquí. Sale el sol y se vuelve a cobijar entre la niebla como quién todavía no quiere despertar, alargando la penumbra.

Me despido de la tierra firme de un país en el que el pueblo sufre la lucha del poder. Por alguien que se aferra, se apodera y se trata de adueñar de algo que nunca fue suyo. Como una flauta que cree que el sonido que emite es suyo. Perdido en la ilusión de ser más. Ha olvidado que todos somos iguales. Que todos somos lo mismo. Que todos somos uno.

Perseguido por un pez rabioso

Nusa Lembongan, Indonesia

Agarro la scooter y me voy a Mangrove Point, donde me dijeron que es bueno para hacer snorkel. Pregunto en un par de lugares y termino alquilando el equipo en el mismo lugar donde un par de días antes había alquilado un kayak con un remo hecho leña. Snorkel, patas de rana, un par de indicaciones y estoy listo. El plan es irme caminando playa arriba hasta ver las lanchas de turistas, nadar hasta ahí y dejarme llevar por la corriente, flotar sobre el arrecife y finalmente salir un poco más allá de donde alquilé el equipo.

La pata de rana me toca directo en el pedazo de dedo que me falta gracias a surfear arrecifes, el tubo del snorkel está peor que el remo, se le mete el agua por la válvula de escape y tengo que taparlo con una mano para poder respirar sin ahogarme, pero la máscara… La careta es temperada, me sella como si fuera hecha a la medida y no se empaña, es perfecta y es lo más importante.

Nado perpendicular a la playa ignorando el dolor en el jocote, atravieso el barreal inicial del manglar hasta que llego al arrecife.

Ahí me sorprende la belleza en colores y formas que nunca antes había visto. Peces de infinitos colores y formas completamente nuevas nadan en barracudas, ángeles, discos, y un pez con unos picos rarísimos que le salen de la cola hacia el frente.

En las profundidades hay lo que parecen ser astronautas. Me acerco y veo que son unos chinos que los bajan con cascos transparentes inmensos y les dan botellas llenas de bolitas para que alimenten a los peces. Voy y sorprendo a uno. Nada de gracia le hace…

Me agarro de una cuerda y siento la fuerza de la corriente revolotearme como bandera al viento.

Algo inmenso llama mi atención en el fondo. Es un gordo pez bastante redondo que me impresiona arrancando pedazos enteros de coral. Hasta escucho cuando los quiebra. Tiene cuatro “dientes” bien visibles y una fuerza tremenda. Sin pensarlo me sumerjo y nado para verlo más de cerca, acercándome por atrás hasta tener mi cara a unos escasos 30 centímetros de su cola. Me provoca muchas ganas de tocarlo, pero sé que no debería y en ese momento la bestia se percata de mi presencia. Me vuelve a ver con un infernal ojo de pescado que dice ““¿¡Usted que putas hace aquí!?” Claramente sorprendido por mi proximidad. Me parece que se va a ir, como lo haría cualquier pez según mi previa experiencia. ¡Pero no, solo se estaba dando la vuelta para arremeter contra mí su infernal embestida con esos cuatro dientes pelados! ¡Ahora el sorprendido soy yo! Se me viene encima con una velocidad tremenda, cerrándome los espacios a los lados con una agilidad que jamás podría igualar mientras me amenaza además de con los dientes con un pico que sube y baja en su espalda. Siento pánico. Inmediatamente me doy cuenta de que estoy siendo perseguido por un rabioso perro submarino y sé que si me doy la vuelta me va a morder, sin duda.

El gordo pez que con facilidad arrancaba el coral se ha convertido en un monstruo que ahora dirige sus fauces hacia mí…

Instintivamente invierto mi posición, pongo aletas hacia la fiera y pataleo con todas mis fuerzas, a la vez alejándome, protegiéndome, y tratando de crear una corriente que impida su avance, pero la esquiva ágilmente con movimientos laterales y cada vez se acerca más mientras yo trato de mantener las patas de rana frente a sus dientes, con una torpeza evidenciada por la agilidad de mi oponente.

Perseguidor y perseguido nos vamos en una diagonal hacia atrás y hacia arriba en la que busco la superficie y la paz. Me persigue lo que parece una eternidad, dejando muy lejos y abandonado su desayuno de coral. En plena persecución se dispara algo en mi memoria:

Estamos en un viejo barco de azul madera, con todo listo para bucear y Mossy nos explica que si nos persigue un “triggerfish” debemos nadar hacia los lados, porque su territorio llega en forma vertical hasta la superficie. Me parece muy gracioso que un pez chancho me trate de “perseguir,” los pequeños con los que me he encontrado hasta el momento normalmente huyen de mi curiosidad…

Nunca pensé que me toparía un monstruo tan macizo y tan feroz como el que ahora me aterrorizaba. Ya habíamos pasado el punto en que él se había establecido como amo y señor de su lote submarino y yo como el arrepentido invasor. Pero él, no contento con haberme expulsado de su territorio ahora me seguía por el aparente placer de aterrorizarme. Como un perro rabioso del infierno subacuático, hacía como que se iba a devolver y en el mínimo movimiento que yo fuera a darle la espalda arremetía contra mí en otra de sus embestidas a dientes pelados y blandeciendo el pico en su espalda. Cuando ya parecía estar contento con su supremacía hizo un último par de fintas en las que se me aceleró el pulso al punto de pequeños infartos. Nadando hacia atrás me fui sin quitarle el ojo de encima a ese feroz animal hasta que al fin llegué a la paz de la superficie. Pude respirar.

Arrepentido y humillado fui enseñado por haber invadido el terreno de tal bestia.

Nunca pensé que un pez pudiera ser tan furioso…

 

Dos pájaros

La Fortuna, Costa Rica

Dos pájaros salen volando bajo la lluvia.

Atreviéndose a surcar el aguacero, es para ellos el cielo entero.

¡El sol vuelve a salir, pero estos dos nunca esperaron para partir, para reír, para vivir!

Una sonrisa del universo

Nosara, Costa Rica

Nos levantamos con la claridad de la fresca madrugada y medio dormidos y medio despiertos vamos hacia la mar.

Cruzamos el verde bosque caminando descalzos entre un pueblo de cangrejos donde cada hueco es una puerta. Tantas casas…

Escuchamos los retumbos de las olas mucho antes de verlas.

La brisa acaricia la arena.

El mar viste azul celeste y el cielo brilla con el oro de un nuevo día.

Abrazados por agua cristalina vemos suaves rayos de luz despejar las últimas nubes en un amanecer que huele a verano.

De mar adentro llegan olas perfectas, regalos de Poseidón.

¿Cómo se escapa una planta?

Un taxi, un barco, un bus, una lancha, un tren, un avión, una caminata. Abrir los ojos, explorar, descubrir, conocer, abrir, aceptar, desprender, compartir, soñar, vivir, ser.

Viajar.

Una parte fundamental del viaje es que no tiene propósito definido, ni hace falta. El viaje es el viaje como el ser es el ser. No necesita razón, simplemente es.

Aceptar.

Dejarse llevar.

El viaje refleja el viaje de la vida. En un momento uno se pregunta que está haciendo y el siguiente se maravilla del simple hecho de estar vivo.

Acción.

Movimiento.

Quietud.

Quietud en movimiento.

Todo y nada.

Las ondas de la vida suben y bajan, ahí van.

Si uno quiere ver un árbol crecer solo hay que verlo, y se crece junto a él. Tenemos todo lo que necesitamos.

Las plantas se escapan. La planta que vemos podrá quedarse ahí tranquila en su maceta, pero la flora juega el juego en otra onda, en otro nivel. Semillas voladoras o escondidas en frutos se mueven de un lugar a otro y así andan mucho más libres de lo que nosotros pensamos. Un roble no está amarrado a la tierra en la cima de la montaña donde se le ha visto por años. Está por todas partes, viajando a través de semillas cargadas por ardillas y hojas que vuelan en el viento…

La realidad del escape es que nunca estuvimos encerrados.

Siempre hemos sido.

Libres.

Monstruos entre nosotros

Samhain

Esta noche salen todos los espantos,

veo alrededor y son tantos.

Brujas, diablos, santos,

ninfas semidesnudas y magos envueltos en mantos.

Bandidos, alienígenas, hechiceras,

vampiros, lobos y fieras.

¿Será pura gente disfrazada?

¿Todo una gran mascarada?

¿O será que entre unas y otros,

hay monstruos entre nosotros?