Día XIII. Thorung High Camp – Paso Thorung La – Muktinath

 

Diario del Himalaya

 

No duermo muy bien, tramado con el mal de altura y demasiadas cobijas, pero duermo algo, y a estas alturas eso es bueno. A media noche me despierto y me siento el pecho con mis manos y no lo reconozco, pero pronto pasa. Seguro por el calor, me quito un par de cobijas (estoy durmiendo más o menos bajo todas las cobijas del refugio) y sigo el reposo. Cuesta acostarse a las ocho y media para despertar a las cuatro de la mañana…

Me levanto en la oscuridad, y después de alistar todo con la luz roja del frontal voy a desayunar y estoy listo para subir. Los otros ya salieron y han pasado un par del campamento de más abajo. Me pongo el bulto en la espalda y los pies al camino, y dejo que me lleven. Avanzo muy despacio, paso a paso, voy sintiendo el corazón y la respiración. El paso es a los cinco mil cuatrocientos dieciséis metros sobre el nivel del mar, y yo no tengo prisa. 

Ya al salir del refugio parecía que comenzaba a clarear, pero en eso el cielo se nubló absolutamente y el día quedó congelado en el tiempo, paralizado adonde empezó, en un místico medio amanecer… 

A veces puedo ver a algunos de los otros a la distancia en el sendero. En el eterno claroscuro y envueltos en tantas capas, caminamos como momias recién despertadas por el hechizo de la montaña, buscando lo que siempre tuvimos. Cuando pasamos cerca unos de otros, borrachos de altura y sedientos de oxígeno, intercambiamos una sonrisa o un leve gesto, sin desperdiciar energía que todavía podamos necesitar para llegar. Kissna viene atrás, me parece que va sufriendo un poco de mal de altura porque siempre le gusta ir caminando adelante lejísimos y ahora viene casi arrastrando los pies, como si la montaña se aferrara a sus talones. 

Paso al lado de una momia sentada al lado del sendero, lo veo tratando en vano de “agarrar aire” como dicen, pero aquí arriba cada vez hay menos… Con una mirada me dice que está bien y que siga. Cada uno camina su camino. 

Sigo caminando por lo que parece para siempre en la desolación de las alturas y en eso levanto la mirada y veo colores bailando frente a mis ojos. Cientos de banderas de oración y otras de todo tipo ondean al viento en el Thorung La; paso de montaña. En ese momento una sonrisa brota en mí, la felicidad alza el peso de la mochila y subo el resto saltando como cría de cabra montesa.

Cuando me doy cuenta estamos todos en el paso y celebrando. Algunos se toman fotos con el rótulo lleno de banderas y otros cuelgan más banderas, ofreciéndolas a la montaña. 

Unos cuantos subimos al tope de una colina cercana a apreciar la vista y pienso que lo único que podría pedir es que caiga nieve. No han pasado dos minutos y empieza a nevar! Disfruto con el catalán Gerardi Escaldat el momento tan especial y le ofrezco una tocada de armónica a la montaña, agradeciéndole por dejarnos pasar y todo lo que nos ha dado. Me como una cucharada gigante de miel de abejas gigantes del Himalaya, orgánica. Hay un pajarito celebrando con nosotros, y comiendo boronas, todo el mundo trajo algo para celebrar. Todos vestimos plumas. Frío tremendo en las manos. Cuando ya no aguantamos más, bajamos por el otro lado de la montura, agradeciendo una vez más al glorioso Thorung La.

Este lado es pura piedra y grava. Estamos sobre las nubes. Se despejan algunos picos nevados y glaciares, revelando un paisaje celestial. 

La bajada es larga, rocosa y empinada. Voy cansado cuando de pronto la encuentro, o me encuentra, o nos encontramos… la paz de la montaña. Me envuelve por completo, por dentro y por fuera y todo alrededor. El silencio total y la tranquila quietud que me hacen pensar que tal vez no estaría tan mal quedarse sordo… hasta que canta un pájaro y su mágica melodía me llena de alegría.

Sigo el camino y veo unas cabras montesas. 

Llegan las nubes y desciendo entre la niebla, poco a poco volviendo a la vida. Cada espacio habitable es ocupado por plantas, lichen, de todo… 

Empiezan a aparecer flores azules y moradas y rojas en los musgos. Seguimos bajando y donde empieza el pasto salen gigantes toros de la niebla. Aparecen y desaparecen con el viento. Los saludo y quedan atrás, pero los sonidos de sus campanas me acompañan en la infinidad. 

Llegamos a Charabu y almorzamos ahí. Desde la terraza se ven unas rocas inmensas, y el pájaro de puchero rojo, garganta negra, cejas blancas y espalda café canta mientras me tomo el té.

Llueve todo el resto de la bajada, ponchos todo el camino después de almuerzo. Volvemos a pasar por puentes colgantes, y bien resbalosos. 

Ya casi llegando a Muktinath pasamos por un templo hinduista y uno budista. En el budista veo el fuego en el agua y cabezas calvas y unos ojos azules que me dicen que “todo es lo que estoy pensando ahora.” Dejo todo ir, suelto. Me elevo y desprendo de toda la energía negativa que venía acarreando. Alegría, frescura, empezar de nuevo cada instante. Energía positiva! 

Llegamos al hospedaje. Mmmmmm, ducha de agua caliente, me enjabono y todo! Om. 

Voy por un café de verdad al Bob Marley y me topo a todos los compas del paso. Me tomo un café acompañado de un pie de manzana legal y después me voy a caminar a los templos en la montaña.

De regreso paso de nuevo al Bob Marley. Mike armó tres dedos de momia y nos mandamos dos después de caminar en el concreto fresco. Nos pegamos una buena compartida de música y sueños y risas. 

En la noche me como una pizza deliciosa con gaseosa. Vuelvo al BM y disfrutamos el último dedo hasta que nos mandan a dormir. 

Duermo rico y tarde, hasta las siete y cuarenta y cinco de la mañana. 

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