Día VII. Chame – Upper Pisang

 

Diario del Himalaya

 

Empezamos temprano, oscuro, niebla y llovizna. Vacilamos, con buena energía. 

Al borde de una pared de piedra gigante vuela una inmensa águila sobre los pinos. Desde el puente colgante veo que son dos, lucha de águilas. Magnífico despliegue de la Pachamama. Se elevan hasta casi desaparecer y después se desploman hacia la roca, cambiando de rumbo justo antes del impacto, jugando con la vida misma se persiguen por todo el cielo. Con los binóculos se ve que uno es negro con cuello y nuca blanca. El otro gigante por abajo tiene como contorno de buitre rey pero con café claro/gris en vez de blanco. Su espalda se ve beige desde aquí. Creo que es un grifón himalayo. Es un deleite verlas volar. El río está feroz, me doy vuelta y entre las banderas nepalíes que adornan el puente veo un pequeño glaciar. 

“Swarga Dwar” le llaman a la pared de piedra, Swarga Dwar significa la puerta al cielo. Parece que también le llaman “La Pared de Pisang.” Es la cara oeste de la montaña Paungda Danda, una pizarra de pura roca que se levanta mil quinientos metros hacia el cielo desde el río que cruzábamos acuantá, cuando vimos las águilas.

…una vez fue el fondo de un lago, hoy es la puerta al cielo… qué lejos podemos llegar, si esperamos millones de años. Igual, todo pasa en un instante.

En el bosque vemos un roedor mediano café y sin cola cruzar la calle, y otro escondido entre los arbustos. Ojos negros grandes.

La vegetación ha cambiado. Pinos inmensos y pequeños arbustos duros. Manzanales. Vemos el negro ojo grande de otro roedor escondido por ahí. Sale el sol, hamaqueada. 

Me despierto de la siesta apenas a tiempo para ver un pájaro anaranjado fuego entre los amarillos, y un segundo después, se van volando todos juntos entre los pinos.

Ahora que me acuerdo, ayer vimos tres escaladores en el camino, caminando alegres con todo el equipo chin-chineando hacia la pared de piedra. Así que ya no cabe duda de la escalada, si es que hubo…

Caminamos entre verdes pinos por un valle soñado y llegamos al pueblito de Upper Pisang, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar. Hermoso. Cansado. Me tiro cadáver en la cama media hora y subimos a un monasterio a oír los cánticos. Impresionante el detalle y la devoción adentro. Gong!!! Gong!!! Gong!!!

Budas por todas partes.

En la tarde se despeja el Annapurna IV, espectacular, se baña en la luz del atardecer. Hasta recibimos el regalo de un celaje anaranjado y me atrevo a albergar la esperanza de que tal vez veamos las estrellas esta noche.

Me quedo leyendo Tolkien y contemplando la montaña hasta el anochecer. 

Entro a la cocina. Está el fogón en el centro con la abuela de 86 años jorobada echándole más leña. Las paredes están llenas de ollas, tazas y sartenes. La pila de lavar es de madera. Hay un ejército de termos inmensos sobre la mesa del fondo. Estamos sentados en unas “sillas,” o sentaderas de madera a menos de una cuarta del piso. El señor muele ajo en mortero de madera y la señora vierte agua de esa gigante olla que siempre está al fuego. El gato está sobre la otra mesa al frente y se mete un chiflón por la puerta.

Salgo y veo, una estrella tintineando en la oscuridad…

 

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