Día III. Bahundanda – Jagat

 

Diario del Himalaya

 

Sueño * “Siempre andar en pareja. Por lo menos podemos…”   Acurrucarnos. Perdonar, soltar, dejar ir. Volver a empezar cada instante. *

Aparece el huevo de piedra. En algún momento ayer se había perdido, y Kissna se volvió loco buscándolo… pero no apareció, hasta que quiso.

Caminamos y caminamos, el día empieza a calentar.

Poco después de pasar por un montazal en terreno medio embarrealado veo a Kissna revisándose las piernas y me reviso las mías. Las primeras las encontramos subiendo por los zapatos. A primera vista parecen babosas negras, pero no son. Oscuras y bastante rápidas, avanzan estilo “gusano medidor,” pero a veces se detienen, elevan la cabeza y la mueven de lado a lado y hacia arriba y abajo, como olfateando, buscando algo… desesperadamente. La siguiente me la encuentro justo arriba de la media, en mi piel. Pegada a mi pierna encontró lo que buscaba. Está bebiendo mi sangre, deleitándose, gozando… Me quedo viéndolas asombrado. Siempre había querido ver estos extraños seres. Casi legendarios para quien nunca los ha visto e increíbles para quien escucha de ellos por primera vez, son realmente impresionantes en vida real, nunca jamás me los imaginé así… ¡Sanguijuelas! Justo pensaba en cómo quitármela suavemente para tirarla por ahí lejos del camino cuando llegó Kissna, que ya se había terminado de quitar las suyas y sin que me diera chance de nada, apenas la vió la arrancó y la mató con tabaco, el mismo veneno que escoge para él mismo… Las otras las tiré por ahí, sanas y salvas, de vuelta a su casa… y ese fue el primer encuentro con las sanguijuelas.

Seguimos caminando y llegamos a un lugar donde hay cabras, montones de cabras por todo lado. Jugamos luchitas con el jefe cabro y lo dejamos feliz en su reino. Un poco más adelante llegamos a un pequeño caserío con gallinas y gatos y calles de piedra. 

Pequeñas hidroeléctricas.

El rugir del río.

Alrededor, cambia el verde por el gris, y caminamos entre acantilados de piedra.

En una parte caminamos por un estrecho cavado, o dinamitado más probablemente, en medio del acantilado. Vamos por dentro de la misma roca; piedra arriba, piedra abajo y piedra al lado, como si fuera un túnel al que le abrieron un lado, y de ese lado está el abismo, y al fondo está el monstruo, y arriba el cielo. Vea cada uno pa donde quiera.

Maravillados.

Eventualmente salimos de la panza de la piedra y llegamos a Jagat.

Dejo el bulto y me voy al borde del pueblo. Ahí me encuentro una construcción al borde del guindo, perfecta para poner la maca con vista totalmente despejada a la inmensidad de más allá.

Aprovecho para pajarear un rato y veo una extraña ave. Con mohawk, pico y tobillos rojos, y plumaje amarillo, no tengo ni idea qué nombre le habrán puesto, pero el nombre no puede ser más que el ave, y el ave está aquí, en toda su gloria.

Hamaqueada épica. Comparto el asombro con los locales, quienes se maravillan con la maca y mi persona, mientras yo me maravillo con ellos, y con todo. Aunque de diferentes fuentes, bebemos del mismo asombro. Compartimos sonrisas, y nos reconocemos.

Somos lo mismo. 

 

2 comentarios en “Día III. Bahundanda – Jagat

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