En casa, del otro lado del mundo

Nusa Lembongán, Indonesia

Pasa un anciano cargando un gallo. Hay fotos de la familia por todo lado, surfeando, posando con la torre Eiffel y tirando shakas con surfos famosos. Ganando la lucha contra las fotos están premios de torneos de surf y cheques gigantes, en todas las paredes. “Campeón del circuito de surf de Indonesia, Categoría Open,” “Segundo Lugar, Oakley Bloc Challenge,” “Tercer Lugar, Bali Pro”… Premios en millones de rupias. Toda la familia viste Ripcurl de pies a cabeza.

Hablo con el patriarca y su hija y logro comunicarles que busco conseguir un papalote. Finalmente llego a su nombre en indonesio, es un “layangán”, o por lo menos así suena. Me dicen que puedo conseguir uno en la calle principal y me señalan el camino. “Layangán.” Me voy antes de que se me olvide.

Preselecciono uno entre un montón, apenas conteniéndome para no comprar una inmensa tortuga voladora. Mientras me termino de decidir me como un Nasi Goreng (arroz frito) con mariscos del otro lado de la calle. En lo que preparan el almuerzo voy a la tienda de al lado me compro un banano gigante que en Costa Rica solo podría ser un plátano, pero aquí existen bananos de ese tamaño. Termino de almorzar y escojo un papalote de los baratos, pero no el más barato. Uno que me aguante un par de estrelladas. Papalote, hilo marca Gato Negro “para uso profesional”, y una coca pequeña de plástico para usar como carrete. Listo para volar.

Voy a la playa y un niño llamado Teddy me ayuda a terminarlo de armar y elevarlo, pero el Gato Negro es corto y yo quiero volar más alto. Lo dejo fascinado volando el papalote mientras voy  a la tienda. En el camino decido comprar otro y regalarle a Teddy el amarillo. Me compro uno rojo con dragones y un par de carretes de hilo de coser.

Cuando llego está con un amigo que se me olvido el nombre. Se tratan de pelear por el papalote, pero les digo que compartan y jueguen los dos.

Al cielo los dragones con el nuevo hilo. Según mis pruebas en la tienda este se revienta fácil, pero era el más largo que había. Lo vuelo con mucho tacto, para que no se rompa, sintiendo la tensión en la yema de los dedos y dando hilo para amortiguar la fuerza de las ráfagas en las alturas. Me olvido de la técnica del jalonazo.

El viento es constante y es fácil ponerlos a volar. Los niños juegan con el amarillo y yo con el rojo, sentado en la arena seca para ver el precioso atardecer. Después de un rato lo vuelo acostado, por el dolor de nuca.

Revolotea a través de la penumbra hacia la oscuridad de la noche. Surca entre luna y estrellas mientras pasa un satélite dándole vueltas a La Tierra.

Me regreso caminando por la playa, paseándolo como a un perro que vuela por los cielos.

En la casa los geckos caminan por el techo del cuarto, patrullando patas parriba alrededor del bombillo cazando mosquitos. Hay dos abanicos, regleta, varios enchufes, una tele que no voy a usar, un excusado que jala bien, almohadas suaves, cobijas suficientes, alfombritas para entrar al cuarto y salir del baño y la luz alumbra suficiente para leer.

Afuera hay sillas y mesas, tendederos para poner a secar la ropa y una cocina adecuadamente equipada. Hay de todo, porque es una casa con habitantes permanentes.

Es el polo opuesto de algunos hoteles baratos, donde nadie se ha tomado la molestia de vivir en la habitación ni un día entero. De haberlo hecho se hubieran dado cuenta que los bombillos ahorradores que usan obligan a usar la linterna para poder ver algo en la noche, las sillas son insufribles, el escusado hay que jalarlo mil veces, el chorro de la ducha cae directo sobre el papel higiénico, el lavamanos gotea transformando el baño en un barreal que no tarda en invadir el resto de la habitación y que almohadas son inutilizables para cualquiera que pretenda poder mover el cuello al día siguiente.

Ah, las bellezas de hospedarse en una casa. Conseguir el desatornillador para arreglar la harmónica. Aceite para la cuchilla. Jabón y esponja para lavar la taza de café. Poder hervir agua para hacer café. Tener una tabla para cortar jengibre. Gozar de una cómoda para poner las cosas. Un perro para acariciar. Compartir con la familia. Gatos en el cielorraso…

Salgo un momento frente al mar para ver la luna creciente siguiendo al sol alrededor del mundo.

Cuando vuelvo, me lo encuentro.

Está viendo y acariciando la cuchilla que me prestó Beto. Esa fue la primera vez que me apareció. El Abuelo Silencio. Moreno de pescar toda la vida y con los ojos entre café y amarillo de agua de mar. A las nueve de la noche viste solo su sarong. Tiene una gran cicatriz café en la panza. Su pelo es blanco alrededor del viejo coco de su cabeza. Un aire de misterio lo rodea. Le sonrío, le hablo, y le hago gestos, pero nada. Solo se me queda viendo a los ojos fijamente y me da un poco de miedo. Decido romper el hechizo de sus ojos mientras puedo y sigo a la cocina donde tengo al fuego un té de jengibre. Cuando salgo ya no está y me siento a escribir.

Algo se mueve entre las matas…

Sale el susodicho y se me queda viendo un rato mientras escribo. Cometo el error de volverlo a ver y me atrapa otra vez con su mirada. Se me queda viendo a los ojos y no habla ni cambia su expresión. Mueve una mano mecánicamente como jalando cuerda, pescando en el inconsciente. Yo le hablo en inglés y lo poco que sé de Indonés y Balinés, pero no recibo ningún tipo de reacción.

Aumenta la tensión.

Su mirada se profundiza.

Silencio.

Siento que me está viendo el alma.

Creo que me odia.

Se da media vuelta y se va, caminando lento, como un fantasma en chancletas y justo antes de desaparecer me vuelve a ver y recibo un pequeño asentimiento con la cabeza, mientras se va casa adentro, a dormir, o a asustar otra gente, yo que sé…

Ladran los perros anunciando la llegada de los jóvenes que vuelven de la pesca nocturna, con cigarrillos en la boca y menos palabras que pescados, y pescados no vi ni uno.

Ladran los perros. Ladran por cualquier cosa y siguen ladrando por placer. Ahora sí que me siento en casa.

Buenas noches, desde el otro lado del mundo.

4 comentarios en “En casa, del otro lado del mundo

  1. Uhh que bueno , incredible, de nuevo siento como estar ahi, del otro lado del mundo con vos, viendo al anciano y también a los monos en las rocas!!
    Sigue escribiendo !!!

    Le gusta a 1 persona

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