Remando en el mar de Andamán

Diarios de Tonsai, Tailandia

Arrastro mi navío sobre la arena gruesa y zarpo hacia donde no hay senderos. El mar está levemente inquieto y el cielo se olvidó de la lluvia. ¡Qué perfecta tarde para remar!

Poco a poco entro en mi ritmo natural mientras la proa del kayak salta celebrando las olas. La pradera marina se extiende hasta el infinito, decorada por los acantilados de las islas que flotan en su inmensidad.

Topo con suerte y encuentro un parque de diversiones entre las rocas al borde de unas islas, donde el agua pasa por cuevas, túneles y pasadizos en un desorden épico. Observo largo y tendido, esperando las olas para ver cuales lugares exponen roca al vaciar.

La experiencia me enseñó que una de las formas más fáciles de volcarse en el kayak es explorando estos lugares. Cuando viene “el set” (las olas grandes) primero llena todo de agua y después drena por completo antes de la próxima ola, dejando al kayakero balanceado precariamente sobre las rocas expuestas. Una vez en esta cómica situación es casi milagroso no volcarse antes de la embestida de la próxima ola.

Cuando creo que he visto todos los puntos críticos que vacían dejando roca pelada me dispongo a gozar.

Paso como un demonio por un oscuro túnel, gritando de emoción y agachando la cabeza para mantenerla conmigo cuando de repente sube el nivel del agua, queriéndome presentar al techo de roca. Salgo a la luz del otro lado y me doy vuelta para tirarme por un tobogán que solo existe cuando entra la ola, pasando por un estrecho pasadizo entre las rocas donde entra el mar y me impulsa en un emocionante viaje entre agua, aire y piedra. El kayak doble es un poco más retador de maniobrar, pero la misma ola que rebota contra las piedras lo mantiene a uno a salvo (a menos que lo reviente contra las piedras en el inicio, pero si se logra evitar eso se está bastante seguro y el mar guía con sabiduría.)

Nunca me ha pasado que el mar me reviente en kayak contra las piedras, pero me imagino que, aunque no debe ser tan placentero, tampoco debe ser tan trágico como la mente lo pinta.

Juego y juego hasta que en una pasada a aguas bajas las rocas le rascan un poco la panza al kayak, avisándome que es hora de seguir navegando.

Rodeo las islas, pasando por partes donde puedo remar bajo techo, flotando en cuevas con estalactitas colgando sobre mi cabeza que se acercan y se alejan con las olas del mar. Catedrales marinas.

Me deleito viendo nuevos acantilados y viejos conocidos desde un nuevo punto de vista.

Explorando una isleta encuentro los más maravillosos hoyos sopladores. Uno en particular es un dragón marino. Me quedo maravillado frente a la entrada de la pequeña cueva. Primero suena cuando el vacío empieza a succionar, se siente inhalar con todas sus fuerzas, el agua a su entrada se pone rugosa y gotas de agua son arrancadas de la superficie, secuestradas hacia la oscuridad de la cueva y seguidas por un instante de paz que precede la feroz explosión de spray caliente en la que el vacío devuelve todo lo que se llevó.

Lo bonito de estos es que en vez de escupir hacia arriba, como la mayoría de los que había visto, disparan paralelo al mar, facilitando jugar con sus explosiones y refrescarse en ellas (a pesar que algunas veces sale casi caliente).

Encuentro otro cerca que, aunque no aspira, tira un spray tremendo y mucho más concentrado. Disfruto sus explosiones entre las olas hasta lograr colocarme en el punto perfecto. “Puuuffffffffshhhhhhh!” Una explosión gloriosa me da directo y casi me bota del kayak. “¡Hiiija!” Qué emocionante despliegue de energía.

Me imagino que así se debe sentir cuando escupen los tubos de las olas inmensas que surfean los profesionales alrededor del mundo. Incluso hay una historia que cuenta de una ola en Hawaii tan poderosa que con su escopetazo le dislocó el hombro a uno de estos míticos montadores de olas.

Me quedo por ahí, maravillado por los regalos de la naturaleza. Me fascinan todas estas sorpresas, junto con su espontaneidad y ocurrencia según la variación de las mareas. Tuve la suerte de pasar por aquí en el momento perfecto.

Remo en la angulosidad del mar meneado, encontrando ocasionalmente la deliciosa superficie suave y redonda del agua calma, deslizándome a través de estos refugios acuáticos creados por las islas que protegen de viento y oleaje.

Cruzando la bahía amarro como puedo el kayak a una piedra con un demasiado corto pedazo de cuerda de escalar e intento caminar por el slackline (cuerda floja) sobre el mar.

Tensado entre dos isletas de piedra cuchillo y cubiertas bajo la superficie por conchas navaja y quién sabe cuántos erizos, llegar a la línea es más que un reto. Logro un par de intentos en los que camino un poco, pero en el tercero me doy cuenta que con el fuerte oleaje el kayak se zafó de la piedra y me tengo que ir nadando tras el fugitivo a tres brazadas por respiración.

Nuevamente encaramado en mi embarcación voy a explorar nuevos acantilados desde el mar. Negros, anaranjados, blancos, grises, cremas, el verde de las plantas, la oscuridad de una cueva, el azul del cielo y el turquesa del mar saltan por doquier en un espectáculo visual centrado en la caliza.

Remo con cautela muy cerca del oscuro borde de una isla que sale del mar en un ángulo invertido de unos 45 grados, creando una cubierta de piedra negra que sube sobre el agua.  Al pasar la ola contemplo el brillo de mil diamantes que llueven deliciosamente, precipitándose desde la negra rugosidad de piedra, gota a gota de regreso al mar…

Una cola negra con amarillo se arrastra hacia arriba en las rocas de una isla. Instintivamente me hago hacia atrás pensando que puede ser una serpiente marina que salió a poner huevos, pero pronto veo asomar la cabeza y garras de un varano que me saca su bífida lengua morado-negra mientras me enseña que es él quien está al otro lado de esa cola de culebra.

Garzas de arrecife del Pacífico esperan en las piedras tras cada acantilado y se van volando en busca de otra percha. Una y otra vez ellas huyen sin ser perseguidas y yo las persigo inadvertidamente en el curso de mis aventuras. Finalmente, una se queda quieta y tranquila viéndome pasar con esa mirada amarilla y puedo continuar sin alterar su paz.

Entre los peñascos de las islas vuela el águila marina de panza blanca, ya cerca del atardecer.

A media bahía acomodo el remo y quedo a la deriva mientras me como una barra y tomo un poco de agua en medio del mar antes de enrumbarme hacia la playa.

Regreso con las suaves olas y piso terra firme una vez más para presenciar un atardecer de ensueño en el que primero los acantilados se visten de oro y cuando creo que todo terminó la bóveda celeste se incendia con los más asombrosos colores de atardecer.

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