Cocinando con Chico

San Agustín, Colombia

Magia

Entro a la cocina un ingeniero. Saco todo de las bolsas y hago un inventario de lo que tengo, para ver que me tengo que comer antes de que se ponga malo.

En el fondo de la bolsa negra encuentro un plátano tan negro y tan perfectamente camuflado que pasó totalmente inadvertido en mi revisión de ayer, en la que me aseguré de usar el último maduro para hacer un arroz a la cubana, haciéndose pasar por parte de la misma bolsa en la que se escondía. Encuentro una de las sopas instantáneas (para emergencias o vagabunderdías) perforada, un muerto. Encuentro el jengibre que dimos por perdido después de dos días de búsqueda intensiva en Mocoa (tal vez fueron dos búsquedas semi-intensivas de con suerte un minuto cada una), viajó como polizón para poder conocer San Agustín, alto viaje para un jengibre olvidado. Encuentro un par de huevos que tampoco creía que tenía y la señora que está lavando un plato no puede sino soltar una risa al oírme exclamar: Huevos! Me da risa al verlos ahora y acordarme mientras escribo esto.

Tengo demasiada hambre, no sé si voy a poder cocinar o tener que comer crudo. Entra Paola y me pregunta si quiero sopa. Claaaaaro! Está deliciosa y mantendrá al jaguar en la puerta. Mientras me mando la sopa me transformo.

Entro a un nuevo mundo donde reinan los colores, los olores y los sabores. Me convierto en un mago, un alquimista que prepara pociones y se las administra a sí mismo. Pongo a hervir el agua para el café mientras me termino la sopa. Apago el fuego y agrego una cucharada copetona y media de café colombiano al agua que hervía hace escasos segundos. El aroma invade mi sentido del olfato, casi abrumándolo y el café del agua es el café de mis ojos, un momento de reflejo de café en café en el café.

Lo paso por la media y lleno mi taza y un sobrante/premio adicional que me doy para tomarmelo antes de tomarme la verdadera taza. Siempre queriendo un poco más de todo…

Crujen las remolachas, las zanahorias y tres papas piedra bajo uno de los dos filosos cuchillos de la cocina de Paola, o filudos, como diría ella, el grande. Pongo la olla a calentar con un poco de aceite, es estilo Wok y no se le pega nada, Paola seguro la tiene hechizada porque no se puede usar con nada de metal, ni siquiera para lavarla, solo con su espatulita de madera de “condimentos el rey” y su esponja súper suave puede tener contacto. Pero a mí me la presta. Los colores dentro de la olla metálica son impresionantes, la simplicidad y contraste entre la papa, la zanahoria y el rábano es impactante. Gracias al team eat por mostrarme una de las puertas de entrada a este mundo. Los pongo dentro del Wok y los lanzó al aire con un ágil movimiento de la muñeca que no sabia que tenía, solo pierdo un pedazo de papa que cae al piso, lo pienso pero la boto al basurero.

Voy moviendo el wok mientras corto tres chiles dulces de los rojos de los cuales al final se puede usar solo uno, la bestia muerde un chile, lo mastica un poco y lo escupe por la ventana, una cebolla mutante que parece ser cruzada con ajo gigante (yo nunca había visto nada parecido, de las moradas), le pongo un poco de las especias que dejó Cassandra (chicken), pimienta y lo muevo, corto también un ajo y medio, pero uno de los ajos parece como que lo envolvió una araña y hay que pelarlo hasta que sale un pequeñísimo diente dentro de cada diente que no es sedoso de su interior y finalmente se puede usar, le tiro un poco de orégano y lo muevo, la mitad del ajo y lo muevo, está bastante quemado lo que estaba abajo, parece, creo que duré mucho cortando el ajo, puta envoltura de telaraña esa, tendrá ajo agregado ahora para que quede tostadito y ajo justo antes de sacarlo del fuego, con todo su poder, le pongo la cebolla y el chile dulce y lo muevo, corto un poco del jengibre perdido y hago una prueba de aroma, regulo el fuego de los frijoles, manteniéndolos a máximo hervor sin que se salga el agua, hago una prueba de los vegetales, control de calidad normal, pero la bestia dentro de mí se da cuenta que ya está comible, delicioso de hecho, y empieza a luchar con el chef, quien no se conformará con nada por debajo de su máxima expresión, lucha contra la bestia mientras este le roba descaradamente de sus creaciones bajo sus narices, y así sigo como un medio bestia al mando, uno agrega el ajo y el jengibre y después un poco de sal, el aceite vuela con sus compañeros y vuelve a caer en su lugar al revolver los contenidos, cualquier cosa que caiga afuera la bestia la ingiere con uso de mano o tenedor, pasa todo a la otra olla para hacer el maduro, baja el fuego a los frijoles, corto el maduro en nueve partes y  lo pongo al mismo fuego, vuelan por los aires como acróbatas en cámara lenta hasta que quedan todos viendo para arriba, el chef deja a la bestia comer la mitad antes de retomar las riendas y le da vuelta a los maduros pero no quieren caer todos del mismo lado y no hay mucho tiempo, dos veces logra todos menos uno y cede, usa la espátula, otro café está listo, pequeña prueba, corto el plátano y lo mezclo con los vegetales, todo excepto dos pedazos para comer con azúcar de postre, la bestia arrasa con todo y le ahorra al chef decidir si vale la pena ponerle unos frijoles porque ya no hay nada, igual, cree que hubiera sido un pecado, veo la taza del segúndo? café vacía al lado de la ollita con la media colgando hacia adentro de su borde y no me acuerdo habérmelo tomado, pero estaba seguro, ahora ya no estoy seguro, voy a hacer otro, agarro azúcar con la mano y baño los maduros del postre, la mano de la bestia, se los devora.

2 comentarios en “Cocinando con Chico

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