Trenes y naves espaciales

Lento y cómodo el tren empieza a moverse y por un momento parece como si la estación fuera la que se va y el tren el que se queda.
Poco a poco va cogiendo velocidad y solo si uno se asoma por la ventana se da cuenta de la tremenda velocidad a la que ahora viajamos.
En las curvas se siente un arco suave y alargado, el peso tira levemente de lado y vuelve al inevitable centro.
Afuera pasan los amplios campos abiertos del sur de Portugal. Naranjales. Campos y rebaños de ovejas. Ruinas de casas abandonadas. Sus paredes de piedra y techos de teja colapsados cuentan cuentos de otros tiempos. 
El mar.
Pienso en cuando sean así los viajes por el espacio mientras me levanto y voy al baño.
Ver por la ventana las estrellas y los asteroides pasar, leyendo un libro, tal vez tomándose un té, un té de estrellas y galaxias nebulosas

Un chance más al Paz y Amor

Cuando menos sientes ganas de hacer algo puede ser cuando más lo necesitas, y suele ser así. Para mí hoy con fue una clase de yoga, pero no fue solo eso. Poco a poco me doy cuenta de que es así con una sonrisa, un cariño, un gesto, un mensaje, o tal vez solo un poco de paciencia y comprensión.

Vale la pena intentarlo una vez más, especialmente cuando ya no se quiere. Es un momento clave en el que las cosas pueden mejorar o empeorar, y depende de nosotros dejar que empeoren o crear una nueva oportunidad para que mejoren.

Prometo darle un chance más al amor, la paz, el bien, la amistad, la ayuda, la comprensión, la esperanza, la felicidad… Aunque sea uno más, uno más después de que ya no quiera. Porque escojo darle un chance más al Paz y Amor antes que dárselo a su opuesto. Por ellos, y por nosotros. Porque se siente bien. Yo decido darme una oportunidad más, para ser feliz.

 

No saber, ser

Tirarse al vacío. Soltar todo. Ver qué pasa. Fijar una intención pero saber que cualquier cosa podría pasar. Entregarse por completo a la infinidad de posibilidades. Disfrutar lo que ocurre. Ver el rojo amanecer. Aceptar el rechazo. Amar el odio. Ser paciente frente a la impaciencia. Percibir la verdad de una mentira. Verse uno en el otro. Sentir. Sonreír. Respirar. Ser. Una cabra montesa en una cima de piedra. La serpiente que cruza el camino y sube la pared sin manos ni piernas. La luna que flota en el cielo. Estrellas que brillan en la oscuridad. El calor en el frío. El silencio en el sonido. Las campanas del monasterio. Los grillos y los pájaros nocturnos. El viento. El todo en la nada. El vacío. Amor.

Por encima de las nubes

Suena la tetera avisando que ya está el agua para el café. Qué delicia tomar un cafecito en la cima de una montaña sin nombre. Abajo, un manto de nubes cobija la ciudad al atardecer y me deja solo con las estrellas. Cierro bien la casa y me monto en la nave para ir a pasear por el espacio.

Soltar para volar

               

              Podemos volar al cielo solo si soltamos nuestros agarres del suelo.

Soltemos sin miedo, o con miedo, pero soltemos, porque qué difícil volar aferrándose a todo.

Soltemos el miedo, el pasado, las expectativas, los límites y los imposibles…

Elevémonos, volemos ligeros y dejemos que los sueños nos lleven hasta más allá de lo inimaginable.

Volvamos para contar el cuento y compartamos todo lo que hayamos tenido la suerte encontrar.

Invitemos a todos a volar.

Soltar, volar, amar.

Soltar.

Soltar.

Soltar.

Si queremos nos podemos volver a agarrar, así sea poco probable que eso llegue a pasar.

No nos preocupemos por perder lo que nos hace menos, menos felices, menos sonrientes, menos alegres.

Alivianémonos.

Liberémonos de nosotros mismos.

Volemos.

Porque sí que podemos.

Volemos.

Hacer

Hacer

Ahhh, ser…

Estos días he tenido la suerte de poder hacer algunos trabajos manuales con madera rescatada y estoy contento. Lo más sorprendente es que los trabajos son simples pero la gratificación es inmensa. Se dice que los expertos disfrutan su oficio cada vez más y me imagino que la experiencia lleva a la fluidez, pero este no es uno de esos casos. No soy nada cercano a un experto, de hecho muchas son cosas que estoy intentando por primera vez y aun así disfruto increíblemente.

Creo que al aceptar que no sé lo que estoy haciendo me permito ser libre y feliz con lo que sea que pase. Siento que esto me abre a ver que las ideas no salen solo de mí, sino también de la naturaleza. Se disipan las barreras de adentro y de afuera y se mezcla un poquito de todo en un todo junto. Al entregarme me doy cuenta de que soy un granito de arena, una ola en el mar. Yo hago, pero también muchas cosas pasan.

Disfruto el proceso al mismo tiempo como protagonista y espectador, maravillándome en las transformaciones.

Al final, la cereza sobre el pastel es algo tangible. Una forma que de algún modo es una manifestación de mi energía. Parte de mí entró en el proceso. Estuve presente y quizás alineado con la naturaleza durante la transformación, quizás nunca me he desalineado…

A la aventura

Me monto en un tren hacia lo desconocido. Estación tras estación me alejo del confort y me acerco a los límites exteriores de mí mismo.

A la distancia se ve una montaña coronada por gigantes rocas, su cima envuelta en un espeso misterio de nubes blancas. Perfecto lugar para un monasterio.

El tren sube y sube, pero mi espíritu ya le pasó, vuela en la emoción de la aventura. Entre túneles y colosales formaciones de piedra nos adentramos en las profundidades de la niebla. Silenciosos pinos aparecen donde no había nada y se esfuman sin dejar rastro. Fantasmas en un mundo vestido de blanco. Centinelas del camino.

Finalmente llegamos a la última parada y ahí está el antiguo monasterio, cobijado por la montaña, protegido por las rocas. Pero yo voy para un templo más antiguo todavía, la naturaleza.

Saludo al viejo Michel quien me recibe con una sonrisa y me advierte de los jabalíes. Encuentro dos buenos árboles para colgar la hamaca y con la fugaz luz del atardecer preparo mi nuevo hogar acompañado por un pequeño jilguero gris de pecho anaranjado que canta alegremente.

Cae la noche y comienza un concierto de bichos que celebran la oscuridad. Antes de acostarme veo a uno salir de su escondite, plateado y extraño como algo que nunca hubiera imaginado. Con sus tantas patas largas y finas como cabellos se escabulle entre mis pensamientos y se escapa de la luz y de mi vista.

Me acurruco en la hamaca arrullado por el repiqueteo de la lluvia en el toldo. Suavemente floto entre las nubes y poco a poco voy cayendo en un profundo sueño. Las estrellas tintinean en el frío y se ponen a bailar cuando los monjes suenan las campanas del viejo campanario. Su eco deambula por toda la montaña y se pierde en el silencio de mis sueños. Allí seguirá sonando, imposiblemente, por todos los tiempos.