Por la línea del tren

Por la línea de la vida, 

Ruedan desbocados los vagones del olvido.

Los férreos rieles son las líneas que nos atan y liberan.

Todo esto, sobre los durmientes de los sueños…

La aventura de Elvis

Anoche Elvis no se presentó de regreso en el gallinero. Lo buscaron por todas partes pero no lo encontraron. Quedó afuera con todos los demonios de la oscuridad… 

En la mañana, no aparecía por ningún lado y el único rastro que había era un montón de sus blancas y sedosas plumas ahí por Jr. María… Algo lo atacó, pero bueno, por lo menos no fue su cadáver lo que encontramos.

Es un gallo fino y temo que se lo puedan haber robado… Este Elvis que el Gurú nos había regalado. 

Caminando triste llego al gallinero, llamándolo, aún sin poder creer su desaparición.

En eso suena un alboroto abajo en las plantas y sale como un rayo blanco; ¡llegó corriendo! Tal vez escuchó mi voz… No sé, pero lo importante es que volvió. Un poco desplumado y sin media cola, pero sano y salvo. 

Ahora reunido con sus gallinas se la pasa feliz y cantando, como gozando la vida; ¡celebrando!

Cacarea, cacarea y cacarea…

La costa

Aquí pegan de frente todas las furias de las tormentas marinas.

Las olas revientan cada vez más cerca y escalan la playa como queriendo salirse del mar. Blanco y espumoso el fiero hocico de un océano rabioso llega casi a la puerta de la casa. Ahora el viento se le une y solo falta la lluvia para que sea una tempestad.

Las hojas de las palmeras suenan sin parar y las que no logran aguantar se arrancan y con tremendo estruendo se arrastran aferrándose a los troncos durante su caída hasta llegar al suelo en un triste golpe final.

Suenan los ruidos sordos de las pipas que caen como meteoritos en la arena y un panal se menea terriblemente mientras un pueblo entero de avispas se aferra por la vida.

El pasto y el churristate ya no bailan sino que se doblan y se les dan vuelta las hojas que les quisiera arrebatar el despiadado viento.

Éste se enoja más y en su colerón le arranca las crestas a las olas y la espuma gruesa y blanca vuela al cielo elevada como nieve en una tormenta de otras latitudes…

Extracto de Diarios del carrocasa. El día del vendaval

Oasis

Atravieso la soledad en la oscuridad de la noche. Sobre opacas calles vacías voy a veces cuesta abajo y a veces cuesta arriba, sigo sin tregua en camino al lugar indicado. Voy siguiendo un hilo invisible de algo que siempre me ha guiado; El Camino Dorado

Recorro los silenciosos kilómetros sobre dunas negras que se tragan el brillo anaranjado de las luces del alumbrado sin devolver nada más que vacío y el aire frío se me mete en las orejas mientras sigo adelante con la mirada fija en la media luna que flota encima del horizonte. 

El camino es largo y es eterno, y de repente, en un instante, todo terminó. 

Llego al fin a la equis en el mapa y encuentro un portón cerrado, pero puedo escuchar voces que vienen del otro lado…

Aquí afuera las arenas del desierto azotan las rutas abandonadas en el olvido de la pandemia y la luna brilla distanciada, despidiéndose con un brillo amarillo antes de su retirada. Pronuncio el “Ábrete Sésamo” y salen a recibirme un par de beduinos con los que atravieso un portal a otra época… 

Entramos directo al Oasis, donde brillan las luces y la gente baila alegre al sonar de la música. “Sed alegres” se dijo una vez hace mucho y aquí, en el lugar menos esperado, encuentro que se sostiene un bastión de esa alegría. Veo gente viviendo la vida, disfrutando de la buena comida y bebida y compartiendo de todo en este juego de sueños y tragedias, todos bebiendo del cáliz de la compañía, eterna fuente de alegría. 

Un oasis en el desierto del Covid.

En un abrir y cerrar de ojos me devuelvo en el tiempo y en el canvas de mi mente se pinta con memorias un cuadro reluciente; el oasis de Huacachina en el desierto de Ica…  

Afuera, los vientos de la pandemia siguen moviendo la arena del tiempo, enterrando la camaradería, las amistades y las familias bajo las dunas de los años… Mientras aquí dentro, del pozo inagotable del ser, rellenado infinitamente por la abundante compañía, los camellos seguirán bebiendo galones y galones de gloria eterna, hasta la próxima travesía…

*Por lo menos, todavía se puede soñar¿Será, que estamos soñando despiertos? ¿Será, que esto también pasará? ¿Será, que hay rarezas con las que tenemos la suerte de topar, antes de que todo esto se llegue a acabar?

Inspirarse

Inspirarse y potenciar a los otros con el sincero disfrute de su trabajo. Atreverse a exponer, a exponerse, a compartir, a compartirse. Ser uno mismo ante los ojos del mundo, sin explicaciones ni justificaciones, sin excusas ni sobre razones. Se es lo que se es porque así es como es. Pasar por el fuego para forjar el acero. Salir de las tinieblas brillando con luz propia. Saber que todo puede pasar, y ya alivianados, atreverse a volar. ¡Y en ese vuelo, cantar y cantar, bailar y gozar, y en ese gozo a tous inspirar! Atreverse a dar el salto, y volver al camino dorado, de ser quienes somos, una vez más…

Seguir los miedos

 Últimamente he estado siguiendo mis miedos, para ver adonde me llevan y una vez ahí enfrentándolos para ver qué hay del otro lado. Últimamente la he estado pasando mejor que nunca. 

¡Qué maravilla darse cuenta de que apuntan justo a lo que deseamos más profundamente! La belleza de encararlos es múltiple, ya que no sólo se les pierde el miedo, sino que se obtienen gloriosas recompensas que nos hacen sentirnos increíbles y nos ayudan y motivan a repetir el proceso con otros miedos. 

Así, poco a poco, los vamos cazando y le vamos perdiendo el miedo al miedo y después resulta que el efecto es acumulativo y le vamos perdiendo el miedo a la vida. Perdiéndole el miedo a la vida se le va perdiendo también el miedo a la muerte, pues mucho de ese miedo es a morir sin haber vivido…

Un coyote

 

Un coyote aúlla en la cima de la montaña.

El viento se lleva su voz hasta el pueblo en el valle.

Un perro reconoce el sonido de su mejor amigo.

Sale sin hacer ruido y se brinca un portillo.

Corre a través de la oscuridad y escala la montaña de la noche.

En el tope está el coyote y por ahí va pasando la luna.

Se montan de un brinco y juntos se van a pasear… 

Los perros del atardecer

Ha llovido todo el día y llovió todo el día de ayer. 

Ahora sale el sol y se despide en un sangriento atardecer. 

Es un fuego que quema todo lo que el agua se llevó. 

Un cielo que se desprende de todo lo que fue. 


Un día más que nunca volverá.

Una noche nueva está pronta a llegar…


 Poco a poco va oscureciendo,

 Este día está muriendo.


En eso los terribles ladridos empiezan a aparecer.

Salen del otro horizonte como precediendo la salida de la luna llena.

Surcan todo el cielo, entran en nosotros y salen a la infinidad.

Le ruegan a la luna y a las estrellas;

 ¡Por favor, aunque sea una vez más, brillad!


Ladran, los perros del atardecer…

Tirado en la maca

Verdes palmeras brillan entre la bruma del mar,

me arrullan las olas que revientan sin parar.

De los almendros con sus hojas de colores, 

llueven estrellas en forma de flores.


El horizonte marino me invita a soñar. 

Alzo la mirada y veo una flecha de pelícanos pasar.

Una pluma trabada y el canto de un gallo.

Una pipa que cae y un hombre que se levanta…


Un aroma a café entra en mi mente,

¡Qué rico un yodo caliente!

Diarios del Carrocasa

27/4/2021

Un día después de la luna llena.

No hay pan en Pavones. Fui al pueblo a comprar huevos y pan, pero no había pan en los tres supers (2 y 1 tiendita), se vendió todo el pan con el swell, “gracias a Dios” dijo el mae de la tiendita.

Cuando volví a Jr. sentí como volver a la casa después de andar lejos en un largo viaje, y aunque tal vez solo me fui media hora, es lo más lejos que he ido desde que llegué.

*La gloria de tormenta en buen refugio. Rayos y truenos y todo.

Extracto del capítulo Pavones-Pavones, Diarios del Carrocasa