Soltar para volar

               

              Podemos volar al cielo solo si soltamos nuestros agarres del suelo.

Soltemos sin miedo, o con miedo, pero soltemos, porque qué difícil volar aferrándose a todo.

Soltemos el miedo, el pasado, las expectativas, los límites y los imposibles…

Elevémonos, volemos ligeros y dejemos que los sueños nos lleven hasta más allá de lo inimaginable.

Volvamos para contar el cuento y compartamos todo lo que hayamos tenido la suerte encontrar.

Invitemos a todos a volar.

Soltar, volar, amar.

Soltar.

Soltar.

Soltar.

Si queremos nos podemos volver a agarrar, así sea poco probable que eso llegue a pasar.

No nos preocupemos por perder lo que nos hace menos, menos felices, menos sonrientes, menos alegres.

Alivianémonos.

Liberémonos de nosotros mismos.

Volemos.

Porque sí que podemos.

Volemos.

Hacer

Hacer

Ahhh, ser…

Estos días he tenido la suerte de poder hacer algunos trabajos manuales con madera rescatada y estoy contento. Lo más sorprendente es que los trabajos son simples pero la gratificación es inmensa. Se dice que los expertos disfrutan su oficio cada vez más y me imagino que la experiencia lleva a la fluidez, pero este no es uno de esos casos. No soy nada cercano a un experto, de hecho muchas son cosas que estoy intentando por primera vez y aun así disfruto increíblemente.

Creo que al aceptar que no sé lo que estoy haciendo me permito ser libre y feliz con lo que sea que pase. Siento que esto me abre a ver que las ideas no salen solo de mí, sino también de la naturaleza. Se disipan las barreras de adentro y de afuera y se mezcla un poquito de todo en un todo junto. Al entregarme me doy cuenta de que soy un granito de arena, una ola en el mar. Yo hago, pero también muchas cosas pasan.

Disfruto el proceso al mismo tiempo como protagonista y espectador, maravillándome en las transformaciones.

Al final, la cereza sobre el pastel es algo tangible. Una forma que de algún modo es una manifestación de mi energía. Parte de mí entró en el proceso. Estuve presente y quizás alineado con la naturaleza durante la transformación, quizás nunca me he desalineado…

A la aventura

Me monto en un tren hacia lo desconocido. Estación tras estación me alejo del confort y me acerco a los límites exteriores de mí mismo.

A la distancia se ve una montaña coronada por gigantes rocas, su cima envuelta en un espeso misterio de nubes blancas. Perfecto lugar para un monasterio.

El tren sube y sube, pero mi espíritu ya le pasó, vuela en la emoción de la aventura. Entre túneles y colosales formaciones de piedra nos adentramos en las profundidades de la niebla. Silenciosos pinos aparecen donde no había nada y se esfuman sin dejar rastro. Fantasmas en un mundo vestido de blanco. Centinelas del camino.

Finalmente llegamos a la última parada y ahí está el antiguo monasterio, cobijado por la montaña, protegido por las rocas. Pero yo voy para un templo más antiguo todavía, la naturaleza.

Saludo al viejo Michel quien me recibe con una sonrisa y me advierte de los jabalíes. Encuentro dos buenos árboles para colgar la hamaca y con la fugaz luz del atardecer preparo mi nuevo hogar acompañado por un pequeño jilguero gris de pecho anaranjado que canta alegremente.

Cae la noche y comienza un concierto de bichos que celebran la oscuridad. Antes de acostarme veo a uno salir de su escondite, plateado y extraño como algo que nunca hubiera imaginado. Con sus tantas patas largas y finas como cabellos se escabulle entre mis pensamientos y se escapa de la luz y de mi vista.

Me acurruco en la hamaca arrullado por el repiqueteo de la lluvia en el toldo. Suavemente floto entre las nubes y poco a poco voy cayendo en un profundo sueño. Las estrellas tintinean en el frío y se ponen a bailar cuando los monjes suenan las campanas del viejo campanario. Su eco deambula por toda la montaña y se pierde en el silencio de mis sueños. Allí seguirá sonando, imposiblemente, por todos los tiempos.

El demonio de la vagabundería

La vagabundería y el confort, el confort y la vagabundería. Tremendos demonios que me alejan de mis sueños y del crecimiento. Sabandijas que me convencen de no hacer nada cuando podría hacer de todo. Terriblemente persuasivos. Entran por cualquier hendija y se esconden en cualquier rincón.

Inicialmente parecen inofensivos, pero terminan devorando vida y sueños. Se meten un día de lluvia o un día de sol, en el éxito o el fracaso. No perdonan un momento de duda. Hacen que cualquier cosa se vuelva una buena razón para no hacerlo hoy, “porque estoy muy cansado, no tengo tiempo, no voy a poder, alguien lo puede hacer mejor, hoy ya hice mucho…” y un día se transforma en años.

Lo bueno es que de tanto dejarme convencer me he dado cuenta de que son embusteros que prometen todo y no dan nada. Que lo que me venden como un delicioso día de descanso es algo que nunca puedo disfrutar sabiendo que quisiera estar haciendo otra cosa pero me dejé convencer, porque esto es más “fácil”. Pero solo parece más fácil, y ahí está la trampa revelada. Me hacen pensar que hacer será difícil, pero termina siendo mil veces más difícil quedarme sentado viendo mis sueños a la distancia cuando podría estar caminando hacia ellos. Saber en el fondo que nada ni nadie más que yo mismo me está deteniendo. Por eso es que creo que el valiente héroe que puede abatir a estos demonios es la acción.

Aunque sea poco a poco, pero voy a caminar cada día hacia mis sueños, voy a hacer en vez de solo ver.

Además me he percatado de que con solo empezar todo cambia. Esa acción, ese primer paso, es el momento en el que el sueño cobra vida y comienza a hacerse realidad. Me dedico a seguir haciendo cada día, luchando y venciendo al demonio del confort y la vagabundería. Ese paso a paso se transforma en caminar los sueños, vivirlos, disfrutarlos. Porque al final, quién quiere un sueño que se cumpla de una sola vez y se acabó, cuando se puede vivirlo día a día, momento a momento, saboreando cada instante.

Quiero hacer lo que quiero, porque me gusta, en vez de no hacer porque me da pereza dejar el confort o por miedo al fracaso. Fracaso es no intentarlo, no vivirlo. Porque cualquiera lo hace mejor que quien no lo hace del todo. Yo quiero vivir, elijo vivir, ya, hoy, ahora. Siempre.

¡Qué rico vivir nuestros sueños, disfrutar nuestra vida, por decisión!

Oso perezoso

Lento y perezoso se mueve entre la selva. Un destello dorado refleja el calor del sol en un infinito de verde y aquel que parece sin rumbo se desaparece en las alturas. Pero aunque ahí vive no siempre ahí permanece.

Bajar a la tierra es uno de sus hábitos más fundamentales. Nadar es algo que siempre supo amar. Poco a poco se deja llevar por la corriente de la vida y en un sin esfuerzo llega arriba.

Vive en las alturas pero conoce las bajuras. Su existencia es tranquila y no se apura. Su magia es invisible y es obvia.

Algunos sabrán y otros olvidarán sus lecciones y enseñanzas, pero el maestro seguirá siendo, maestro del ser.

Una noche de lluvia y relámpagos

Es una tarde gris en un mar picado por el viento. A la distancia una nube oscura y pesada descarga una cascada sobre el mar.

En el regreso a casa el aire mismo se siente espeso y huele a tormenta.

Cae la noche seguida de cerca por la tempestad. Cortinas de agua azotan la selva que se ilumina de repente con los destellos mil relámpagos. Los retumbos de los truenos se encaraman unos sobre otros mientras los sapos y ranas celebran en sinfonía.

El agua es vida y la naturaleza vibra de alegría.

Vivir la lluvia

Qué belleza ver la lluvia caer. No verla como una razón para devolverse a casa, sino como un espectáculo de la naturaleza.

Diminutas gotas flotan ligeras sobre el mundo. Desafían a la gravedad y parece que van a regresar a las nubes, pero al fin deciden bajar a la tierra. Disfrutan el vuelo y llegan suavemente a reposar sobre las copas de los árboles. Oscurecen las rocas y poco a poco se van juntando para formar los pesados goterones que caen desde el techo de esta catedral de piedra.

Hechizados por la magia de la madre naturaleza vivimos una maravillosa eternidad lluviosa…

Ahora el sol calienta y todo brilla. Cantan los pájaros y salen a volar en una nueva primavera.

¡Ay, qué alegría esta lluvia pasajera!