Voces en el aire

Guatemala

El aire está cargado con la frescura de la mañana.

Las raíces amenazan con apoderarse del sendero.

Caminamos bajo la sombra de la jungla, por donde una vez caminaron los mayas.

Algo se mueve alto entre las ramas.

Volvemos a ver hacia el sonido.

Pasa un mono volando.

¡Whooshcrash!

Cae en una rama que se dobla al recibir su peso y este sigue como si nada. Pasan colgando y brincando más monos. Son los araña. Ágiles y despreocupados, con impresionante facilidad hacen vida en las alturas. Nos quedamos maravillados, hasta que nos tiran caca y orines. Seguimos nuestro camino.

Las chicharras chirrean en crescendo.

La Ceiba conecta el inframundo con los cielos a través de lo terrenal, inmensa, llena de epífitas, árbol sagrado.

El dulce canto del pájaro cuco.

Una araña espera en su tela bajo una palma.

Profundo en la selva, un rugido llena el espacio. Congos. Pasan sobre nosotros, jorobados en sus catedrales de ramas. Se acomodan ahí no más y nos dan un concierto inolvidable.

De un pronto a otro caemos en un profundo silencio, cavado por los aulladores.

Subimos un poco por el sendero y vemos hacia arriba. Por una apertura entre las ramas entra un poco de luz de vida y se asoma una inmensa pirámide, y otra, y otra, y otra… Fantasmas de otra época. Templos se elevan sobre la copa de los árboles.

Tikal.

El lugar de las voces en el aire.

 

Cabroblanco

Bhaktapur, Nepal

Media hora al este de Katmandú vive CabroBlanco. Bhaktapur es un pueblo tranquilo, en comparación con su vecino.

Me bajo del bus, cruzo un puente y entro caminando. No se permiten carros, o no muchos por lo menos, solo un montón de motos.

Todo el lugar parece estar hecho de tres materiales: ladrillo, madera y piedra. Templos budistas, templos hindús, templos destruidos y sombras de templos que ya no están o están por venir. Agregar gente y animales al gusto. Ocasionalmente los terremotos transforman el lugar.

En los callejones hay tiendas colmadas de impensables antigüedades, cuadros y todo tipo de cachivaches de esos que se ven increíbles en el momento y llegando a la casa parecen haber perdido toda su gracia, como las piedras del mar.

Camino entre ladrillos hasta una plaza adonde hay un par de grandes templos. Uno de ellos está constituido por una pirámide de plataformas de piedra sobre la cual se yerguen los 5 niveles cuadrados del templo a Lakshmi, en igual forma piramidal. Hermoso.

Subiendo por las escaleras paso entre todos sus protectores. Tallados en piedra, cada par es diez veces más fuerte que el anterior, según cuentan. Un par de guerreros, un par de elefantes, un par de leones, un par de grifones y un par de feroces dioses y… una cabra.

Al final de las escaleras hay un último guardián frente a la puerta cerrada con pesado candado.

Un chivo blanco inmenso con nariz rosada y cachos largos y gruesos, enroscados sobre su propio eje. ¡Qué cabro más lindo! —pensé.

Hago un amague de darle cariño, pero este se ve sorprendido y trata de darme un cachazo. Parece estar nervioso entre tanta gente y prefiero no molestarlo. Olerlo es suficiente. Tremendo y distintivo aroma.

Noto que no hay nadie cerca de la puerta, supongo algo por respeto a las tradiciones. Camino alrededor del templo y sigo deambulando, aún impresionado por el tamaño de semejante cabro.

Tomando café y explorando recuerdos me percato que no era alrededor de la puerta que no había nadie, sino del cabro blanco. Lo veo un instante en mi memoria. Sus cachos son tan largos que sin necesidad de levantarse puede con un movimiento de cabeza clavárselos a quién se arrimase a él, o a la puerta.

La siguiente noche después de cenar caminaba con una viajera entre los templos cuando empezó a llover y nos fuimos a refugiar a la orilla de un gran templo. Antes de llegar vi al gigante cabro blanco rondando por ahí pero no lo reconocí porque en la oscuridad lo confundí con un ternero.

Nos sentamos en el borde de la plataforma a ver la lluvia caer.

Llega a mis oídos el sonido de patas de cabra sobre ladrillo al mismo tiempo que un aroma inconfundible asalta mis fosas nasales. Se me paran de punta los pelos de la nuca. Vuelvo a ver y de la esquina sale Cabroblanco y se viene directo hacia mí, amenazándome con esos tremendos cachos. Trato de mantenerme firme pero cara a nivel de cachos la verdad que no vale la pena, me aparto de su camino. Salimos corriendo un poco. Yo me alejo bastante porque he tenido la suerte de ver como las cabras montesas brincan en los acantilados y sé que a este no se le ha olvidado nada de su salvajismo. Podría saltar la grada del templo al suelo y embestirme en segundos.

La viajera cree que yo soy un exagerado y extiende su mano para tocar al inmenso chivo…

Un latigazo de cabeza blanca con cachos acelerados que rozan su cara la hace brincar y decide mejor sentarse en otra parte.

Exiliado por una cabra diez veces más fuerte que los dioses me voy a sentar a un templo más pequeño que también me resguarda de la lluvia y el cual está habitado por perros amables.

Desde ahí veo a mi adversario hacer sus rondas alrededor del templo.

Llega un grupo de cinco Nepalís y pienso que al ser tantos, los locales tienen la ventaja.

Veo mientras la bestia se acerca despacio al grupo, intimidándolos, sabiendo que su aroma lo precede. Los más lejanos ríen nerviosamente mientras el primero en la fila se agarra del borde con sus manos tratando de mantener su posición hasta que no aguanta más y sale corriendo. El grupo se dispersa y el gran cabro pasa caminando imponente, enrumbado a revisar que no haya nadie sentado en los otros bordes del templo.

El grupo se espera a que pase el cabro y el susto y se vuelve a instalar, pero nunca logran estar tranquilos. Están siempre temblorosos, fijándose que no salga de la esquina con temor al punto que asignan centinelas y finalmente se van a otra parte.

A lo largo de la noche este animal aterroriza a quién se acerca a su templo.

El día siguiente lo vi en otro templo y lo vi de lejos…

Cada vez que me acuerdo puedo olerlo.

Cabroblanco, guardián de los templos.

Bienvenido al laberinto

Cuentos del laberinto. 

Varanasi, India 

Una noche y casi medio día en tren, muy bonito dormir en tren. Los movimientos y pesados sonidos de hierro llevan a un pesado sueño.

Aprovecho para leer y pongo los bultos colgando como murciélagos de las cadenas que sostienen el camarote, para tener campo para dormir, con los pies salidos desde el tobillo. De vez en cuando siento quién pasa por el pasillo en la oscuridad.

—Benaras  —me dicen Yippi y Renu con el típico ruedo de cabeza Indio, confirmando que al fin hemos llegado.

Banaras. Benares. Banares. Le llaman por todos sus nombres, excepto Varanasi…

Salimos al calor de la calle y me monto en un tuk tuk que me hace preguntarme si me debería devolver de una vez, sabiendo que esto me atrapará un par de días más aquí, la pereza de la presa y del tuk tuk. Calor infernal. Mucho calor, casi no nos movemos y los necios bocinazos son incesantes. Chocamos con otro tuk tuk negro en el lento caos, se chollan ambos. Los conductores se vuelven a ver con desdén y cada uno sigue su camino.

Me bajo adonde termina la calle.

Entro al laberinto.

Respirar libertad.

Viajar entregado al camino.

Encuentro un mae en la calle que promete llevarme hasta el hotel donde pensaba ir, y a otro que es “mejor y más barato”. Veo los dos y el más barato tiene la vista más increíble. Me cautivó cuando subí a la terraza en la azotea.

Me veo a los ojos con la madre de La India, Ganga.

Un mae me enseña el cuarto y cuando abre la puerta del balconcito me sorprenden las rejas. Veo la jaula desde adentro. Estamos en un cuarto o quinto piso.

—Monkeys —me dice cuando ve mi cara.

Monos de ciudad que viven en las azoteas, brincan de una a otra, hacen lo que les da la gana. A veces parecen ser los verdaderos amos de la ciudad. Inhalo aire de aventura, me pongo el turbante y disfraz de rey (ropa elegante que me regalaron en India) y salgo mientras todavía sé dónde está la puerta.

Guías.

Un hombre en el camino ofrece enseñarme el lugar, promete no querer nada a cambio. Yo acepto la imposibilidad de su promesa. Sanyu.

Cuando me doy cuenta estoy rodeado de muertos. En ese momento me percato que estas no son fogatas y que después van a traer a la gente para quemarla. Los cuerpos ya están aquí. Fijándome bien veo que adentro de esas inmensas fogatas hay cadáveres ardiendo. Cuando Sanyu me decía que las batas indicaban si era hombre, mujer vieja o mujer joven, yo solo me fijaba en la gente alrededor del fuego, nunca me fijé en quién estaba en el fuego.

Vamos al fuego eterno, de donde prenden todas las otras piras.

—Ha estado quemando por más de 3 mil años… —me cuenta Sanyu.

Después de una rápida reverencia agarra un poco de ceniza y me toca la frente, bendiciéndome y deseándome buena vida para mí y toda la familia. Yo le deseo el doble y le toco la frente antes de volver a bajar al lado del río.

Por dicha pasamos a comprar chancletas antes (me compre unas negras bien bonitas, de cuero), porque las pantuflas recortadas de tiempos de hotel se sienten muy feas mojadas y la suela no les dura mucho más de una semana.

Un hombre se me acerca y me habla en secreto mientras Sanyu va a buscar un barco.

— ¿Qué haces andando con ese hombre? Cara negra, corazón negro. Ten cuidado… —me dice mientras veo en sus ojos sincera preocupación. Se esfuma apenas el otro se acerca.

Sanyu tiene la cara muy negra.

Pasamos por la pura orilla del Ganga, donde cada paso se hunde en la basura y más adentro, adentro donde el agua está limpia. Tomamos un poco.

Al atardecer vamos remando en “secret boat” Sanyu, el chiquito del barco y yo. Me llevan a ver la ceremonia del río sagrado. Un extraño magnetismo parece atraer a todos los barcos de alrededor hacia el Dashashwamedh Ghat, frente al cual se unen como gotas de mercurio convirtiendose en uno solo. Flotando en este vivo y vibrante muelle de madera presenciamos el Ganga Aarti. Sobre la piel de barcos caminan vendedores de todo tipo, como si fuera la calle. Me compro un chai y una vela para encender y soltar al río. Campanas suenan sin parar, mantras, fuego, inciensos, olor a sándalo.

Termina la ceremonia y al disiparse la energía la masa de barcos se esparce hasta desaparecer en la oscuridad. Nosotros vamos al desierto, un banco de arena fina al otro lado del río, donde revolotean toldos sobre palos de bambú. Tiendas que solo existen de día. Nos fumamos un beedie.

En el laberinto masticamos un bittel, es algo raro metido en una hoja verde…

Volver a la casa. Comer rico. Tomar té, escribir, bañar, leer, dormir. 

Las 100 palabras

Las cien palabras que solo se pueden escribir una por una, letra por letra.

 Letra por letra se escribe un libro y una carta de amor. Un mundo fantástico en el que todo puede pasar. Un lugar donde la magia deslumbra todos los días y aumenta aún más por las noches. 

“Bastian comparte su sonrisa con el mundo y se siente ligero mientras monta su inmenso caballo negro porque está enamorado. Suelta las riendas y abraza el viento sabiendo que Cachalote galopa noble hacia la eternidad. 

Del otro lado del bosque, cruzando la pradera el amor espera…”

Una caminata inesperada

Volcán Batur, Indonesia 

Recién llegado al hostal todos me dicen que subieron el volcán y que debería de hacerlo. Yo que hoy me levanté temprano para ver el amanecer, pensaba dormir largo y tendido, y pasar metido en las aguas termales día y noche.

Pero…

Nunca me he arrepentido de ninguna escalada de volcán y si me quedo aquí no voy a poder dormir. Sumándole a eso que la gente acá es muy buena onda, es una forma de dar a la comunidad y es barato, pido los detalles y decido ir. Mañana nos veremos para el café o té y galletas a las tres y media de la mañana.

 

En lo que queda de la tarde me baño en las termales a ver el atardecer. Las montañas se ponen doradas y después negras. Salen las primeras estrellas. El lago duerme. El cielo está estrellado. Veo la Cruz del Sur. Pasa un satélite.

Me voy al dormitorio a editar una historia y termino tarde. Los vecinos de colchones en el suelo me dicen que ellos también van al volcán. Al final, paso casi toda la noche dando vueltas y viendo el reloj. No puedo dormir de la emoción y de la ansiedad de no dormir. La ironía… Justo cuando me invade el cansancio veo que quedan 5 minutos y me levanto de una vez.

Me tomo dos cafés y me aturugo un montón de queques balineses mientras espero al guía.

Llega, flaco, joven y sonriente. Empezamos a caminar por las suaves calles de tierra mezclada con ceniza.

Me dice que encienda el foco.

Pasamos por templos y bosques, llevándola suave, descansando mientras caminamos.

Mi guía es super tuanis y me dice que tiene tres mamás y un montón de hermanos. Tres mamás porque el papá es un playboy y muy guapo, pero que él es feo. Que los dioses dirán si se casará con una japonesa u otra extranjera.

Eucaliptos, pinos, y unos arbustos con un nombre cuyo hechizo hace imposible recordar.

Susurra el viento.

Sombrillas balinesas en un bosque encantado.

Arriba está frío, friísimo, y yo solo tengo una camisa de manga larga y el poncho…

Falta como hora y media para que amanezca.

Es increíble estar aquí en la cima del Volcán Batur.

Hay un montón de gente y el frío los apuña.

Me refugio en uno de los “mercados” que realmente es un techo de zinc con un par de paredes de plástico y me pasan un café hirviendo, que delicia.

La otra gente del hostal tiene el alimento y no han llegado. Me pongo a tocar armónica para calentarme. Funciona!

Me voy comiendo todos los huevos duros de la gente que no los quiere.

Antes de que amanezca me asomo y ya está aclarando. Estamos sobre las nubes y me invade esa sensación de cima. Volcanes y montañas. El viento congelado cala los huesos y congela la cara.

Las nubes deciden que es hora y empiezan a escalar. Espesas y ras de tierra. Una manta blanca que sube y cubre todo a su paso. Un volcán que se cobija y quiere seguir durmiendo. Pasan entre nosotros. Todo se pone blanco. Despeja y se ven las cimas de otras montañas y volcanes y un poco del lago. La luna es un filo delgado y hermoso que veo con los binoculares. El sol entre las nubes parece una luna llena. Blanquititico.

Me como mi desayuno de sánguche de huevo duro, huevo duro, y sánguches de banano. Calientito y sabroso y acompañado con otro café.

 

Caminamos por el filo del borde del cráter. Cuentan de explosiones en 1960 y en el 2000. Dicen que los animales bajaron 2 días antes.

Nos calentamos en las fumarolas.

Monos.

Bajamos hacia el borde interior, monos y turistas.

Viejos monos bigotudos viven en el volcán, juegan con los turistas y comen huevo duro.

Suena hermoso el canto de los pájaros con el eco en los acantilados del cráter.

Fumarola que baña eternamente a un pino.

Guía me dice que “chill”, que me siente y disfrute el lugar.

Nos sentamos en un pastizal y me dice que tiene que volver a escuchar la armónica. Se pone todo feliz y aplaude a la música. Aullamos como lobos y gritamos para el eco. Me dice que grite “look at the sun” y lo complazco. Se muere de risa dejandose caer sobre el pasto.

Foto con la placa del volcán.

Lava roja y negra.

Bajamos y vemos el verde brillante de los pinos entre el rubio zacatal de alta montaña. La mágica luz de un nuevo día.

Entramos al bosque de eucaliptos, pinos y arbustos abajo. Suenan otro tipo de pájaros y vemos una culebra en el sendero.

Los árboles en paz.

Templos místicos con todo tipo de decoraciones que se usan solo dos veces al año son ermitaños del bosque.

Hablamos del karma y las reencarnaciones y un poco de todo.

Celebramos la vida y la naturaleza.

 

 

Psiconauta

Las profundidades del Ser

Diarios de Tonsai, Tailandia

Decido que me voy a mandar un batido de hongos mágicos. Ayer no me llamaba, pero hoy sí.

Me tomo un café con el hermano Daniel, un brasilero que recién viene regresando de ese mismo viaje ayer. Compartimos el café y mucho más. Me enseña fotos de escalada y de sus viajes por el mundo. El otro día me leyó un escrito suyo sobre viajar, en portugués, que describía perfectamente sensaciones del viajero en movimiento. Hemos compartido mucho, y con Lucas también. Con todos y todas. Mucho más de lo que imaginamos…

Voy camino a Sabai Sabai, donde los batidos son supuestamente más potentes y más baratos, y los hacen mezclados con banano en vez de piña o naranja. Cuando paso por el Viking me saludan mis amigos el Capitán Tom, Kob, y una gente que siempre veo pero con la que nunca he hablado. Esta vez me saludan todos. Siento buena energía y saludo de vuelta, pero sigo a donde según yo iba. Ellos sabían más que yo…

Llegando a Sabai Sabai me encuentro el lugar desolado excepto por los dos vecinos que viven en el bungalow de al lado, el mae tuanis y la alemana que habla sin parar. El mae me cuenta que quiere probar la escalada, yo le digo que se mande.

Me devuelvo al Viking, feliz de que el universo me la pusiera fácil y le pido a mi amigo el Capitán Tom si me puede por favor preparar un batido de hongos. Le pregunto si están buenos los del diluvio y él dándose media vuelta agarra una caja llena de hongos frescos y me la enseña, sonriéndome que sí. Los recogieron ayer.

Regateo el precio mientras Tom me cuenta que no hay electricidad para la licuadora y que si lo quiero con banano él puede ir a comprarlos. En este pueblo solo hay electricidad de 6 pm a 6 am… Le digo que relajado, que lo haga como él sabe, él es el experto. Escoge los hongos siendo a la vez selectivo y generoso, los pone en el mortero y empieza a molerlos. ¡Qué dicha que no hay electricidad, mejor así!

Me pasa el batido y cuando le pago se le olvida que me había dado precio de amigo, pero yo le recuerdo. Me da el vuelto con una sonrisa sincera y me manda a disfrutar. “Enjoy!”

Me tomo el batido poco a poco, meneando la masa de hongos molidos con la pajilla mientras comparto con la gente que está haciendo slackline. Pesco los hongos y les doy una buena masticada, probando su verdadero sabor. Me bebo la poción hasta la última gota.

La chica del slackline me cuenta que también es profe de yoga y comparte conmigo un poco de su viaje y andanzas, por India una de ellas.

No he terminado de hablar con ella y siento que se me va la cabeza. Han pasado tal vez unos veinte minutos y de hecho le estaba contando lo susceptible que soy a estas cosas justo cuando lo siento…

Le digo que me voy a ir a meter al mar y cada uno agarra para su lado.

En el camino me doy cuenta de que puedo sufrirlo o disfrutarlo a voluntad y paso del borde del colapso nauseabundo a una felicidad que no me cabe la sonrisa en la cara y me echo a reír. Euforia. Lo que desencadenó este cambio de rumbo fue uno de los cientos de grafitis que hay sobre el muro. Uno que había visto desde que llegué.

“YOU ARE THE ONE you have been waiting for”

Resonó conmigo desde el primer instante, pero ahora me manda a volar.

Los dibujos se salen del muro como si fueran tridimensionales.

Vivo el arte mientras me dejo llevar por esta ola.

Me río a carcajadas cuando veo al Pikachú con galaxias en los ojos y babas de hongos saliéndole de la boca, con algo que parece un camarón en el tercer ojo.

Doy media vuelta y me voy por el camino largo hacia el mar, para poder disfrutar todo lo que ofrece el muro.

“OPEN YOUR THIRD EYE”, ni me lo diga dos veces y estoy echándole, estimulando la glándula pineal.

Un túnel multicolor de azulejos ilusorios que lleva a otra dimensión, a otra realidad.

Un león alzando la hoja de la marihuana en nombre de Tonsai.

“OFFLINE – ONLIFE”

Un mago que con una mano sostiene por las orejas a un feliz conejo tuerto y con la otra me señala el camino a la cueva.

Veo que hay una cuerda para subir por el barreal y pienso que en un pueblo de escaladores eso significa que de verdad debe estar resbaloso. Me resbalo y caigo al suelo, riéndome de mí mismo. Ahora sí que me agarro de la cuerda. Entro por un portal de verde maleza a la oscuridad de la cueva. Es inmensa y oscura, hasta un colchón hay de crashpad al lado de los restos de una fogata. Hay estalactitas y estalagmitas y todo tipo de formaciones de roca caliza. Camino un rato adentro, pensando en los mayas y tantos otros que se metían en cuevas a realizar sus rituales y enfrentar sus demonios, pero yo no me siento tan valiente y me voy hacia el mar, a ver la luz del día.

Llego a la playa y la vista es fantástica. Los incontables acantilados sobre el verde Océano Índico presentan un paisaje que nunca deja de maravillar. Gracias Pachamama, por el regalo de Tonsai.

Me meto al mar y rápidamente me deschingo, pasándome la zunga por el brazo para que no se me pierda. Me dejo flotar en el fluido universal y cierro los ojos. Amarillos y anaranjados brillantes llenan todo. Si me sumerjo o me doy vueltas todo se pone negro y morado. Abro los ojos debajo del agua y veo amarillo verdoso cerca de la superficie que más profundo se torna café y después no se ve nada. Me hago un snorkel de pobre con las manos, pero ni sé si tengo agua adentro o no, todo da igual.

Dejo de sentir mi cuerpo, hace rato que no me responde de todas formas. Me dejo ir y floto, vuelo.

Me doy cuenta de que soy una expresión de El Ser y no de mi ser. Estoy conectado con todo.

Llegan el sueco y la chica y se meten al mar en lo que yo me pongo la zunga. El mae me ve a los ojos y su cara explota en asombro y risas. Me dice que las pupilas las tengo dilatadas a más no poder y yo le digo que con razón los acantilados se ven tan blancos y todo tan brillante, a veces hasta veo destellos en el cielo azul.

No me puedo mover “bien”, no siento mi cuerpo, no veo “bien” tampoco. Todo esto hace que sea muy fácil dejarme ir. Cierro los ojos, y me entrego al cálido abrazo de la Pachamama en el Mar de Andamán. Risas y risas y risas incontrolables, amarillas y anaranjadas. Me muero de la risa tratando de hablarles a los amigos, pero no puedo y me echo otra vez a reír.

Me entrego todavía más, porque sé que me salvarían si me estuviera ahogando.

Ahogarme no me preocupa tanto, porque en algún momento me sumergí y esperé abajo. Cuando fue necesario, mi cuerpo salió a respirar. Instinto de supervivencia intacto.

Lo que no descartaba era que mi cuerpo se fuera flotando plácidamente en mi ausencia. Temía encontrarlo en medio mar y no poder volver. Ahí sí que me podría ahogar…

Por eso me meto en la parte bajita, y me pongo a flotar ahí, sabiendo que ellos están entre mi cuerpo físico y las profundidades del mar, porque “yo”, más profundo no podría estar.

La amiga me sostiene la pelvis para ayudarme a flotar y se contagia de mis carcajadas. Carcajadas que me acuerdan la canción del loco de Pink Floyd.

Amarillo, anaranjado y risas, eso es todo lo que hay.

Cuando me doy cuenta de que tengo un poco de frío me despido y salgo adonde tengo mis cosas escondidas bajo una media pichinga roja que es basura de mar, de playa ahora. Me seco con mi sarong, me saco la zunga y me pongo los pantalones blancos abombados y la camiseta.

Camino tierra adentro por el churristate de playa con sus flores moradas en la arena y después sobre un zacate lleno de feroces mozotes. Llego a unos esqueletos de árboles muertos donde cuelgo la maca sin molestar a un milpiés. Me doy media vuelta y contemplo un panorama sublime. Cuelgo la zunga al viento y me tiro en la maca, donde puedo flotar sin miedo de ahogarme, suspendido en otro estado de conciencia. Me cobijo con el sarong para calentarme un poquito.

La navegada universal que me pegué en esa hamaca…

Estuve viviendo una era en algún lugar muy en mis profundidades. Tenía la sensación de estar viendo hacia afuera por una ventana abierta. Estaba en algún piso de un edificio viejo. Vi gente que llegó y vivió en unas grietas cerca de una ventana en la pared ámbar del edificio de enfrente. Parecía una familia. El padre se iba y regresaba cansado del trabajo. En la lucha. Caminaban por la pared como si fueran hormigas. No había dimensiones, ni arriba ni abajo. Siempre era de día. Al final, no sé si se fueron ellos o me fui yo…  

Hacia adentro y hacia afuera. Amor, amor, amor. Toda la familia. Las amistades. Amor para todos y para todo.

Entré y salí de “La noche oscura del alma”, a voluntad. Sentí brotar las lágrimas, rodando sobre mis mejillas las oí caer en la maca. Solté todo.

Om´s pa dentro y pa fuera, el tercer ojo.

El viento se intensifica y cae la noche.

La tela de la maca revolotea sin parar mientras viajo a toda velocidad por la negrura del vacío, entre las estrellas y el espacio, donde el tiempo no existe.

Volandooo!

Vuelo, navego, y floto a la deriva por las profundidades del ser, el espacio exterior, y esta tierra.  Me doy cuenta de que todo es lo mismo. Amor es la fuerza vital. Amor. Amor. Amor.

Me dejo curar por la Madre Tierra.

Un barco se va navegando hacia la oscuridad en el mar picado por el viento. El ruido de su motor rebota en los acantilados y se transforma en el rugido de un gigante.

Voy y vengo, entro y salgo y vuelvo a entrar.

La brisa marina me acaricia y me dice que ya es hora de levantarme.

Vagamente recuerdo que algún momento pasaron dos españoles y hablamos de la pura vida.

Lentamente empiezo a estirarme. Poco a poco voy volviendo. Me fijo en el reloj que me había quitado desde antes de meterme al mar, queriéndome despojar del tiempo cuando eran eso de las 5 de la tarde.

Son las nueve de la noche.

Una altísima palmera se menea en el viento, despreocupada. Sus hojas brillan y cuchichean en la oscuridad de la noche. Fascinante y magnífica. Camino hasta ella y le doy un beso.

Doy gracias a estos esqueletos de árboles “muertos” que veo llenos de vibración y vida, energía que me sostuvo y me acompañó a volar en esta exploración. Agradezco todo, todo, todo.

Recojo las cosas y camino de vuelta a la casa.

Regreso para compartir la experiencia.

En casa, del otro lado del mundo

Nusa Lembongán, Indonesia

Pasa un anciano cargando un gallo. Hay fotos de la familia por todo lado, surfeando, posando con la torre Eiffel y tirando shakas con surfos famosos. Ganando la lucha contra las fotos están premios de torneos de surf y cheques gigantes, en todas las paredes. “Campeón del circuito de surf de Indonesia, Categoría Open,” “Segundo Lugar, Oakley Bloc Challenge,” “Tercer Lugar, Bali Pro”… Premios en millones de rupias. Toda la familia viste Ripcurl de pies a cabeza.

Hablo con el patriarca y su hija y logro comunicarles que busco conseguir un papalote. Finalmente llego a su nombre en indonesio, es un “layangán”, o por lo menos así suena. Me dicen que puedo conseguir uno en la calle principal y me señalan el camino. “Layangán.” Me voy antes de que se me olvide.

Preselecciono uno entre un montón, apenas conteniéndome para no comprar una inmensa tortuga voladora. Mientras me termino de decidir me como un Nasi Goreng (arroz frito) con mariscos del otro lado de la calle. En lo que preparan el almuerzo voy a la tienda de al lado me compro un banano gigante que en Costa Rica solo podría ser un plátano, pero aquí existen bananos de ese tamaño. Termino de almorzar y escojo un papalote de los baratos, pero no el más barato. Uno que me aguante un par de estrelladas. Papalote, hilo marca Gato Negro “para uso profesional”, y una coca pequeña de plástico para usar como carrete. Listo para volar.

Voy a la playa y un niño llamado Teddy me ayuda a terminarlo de armar y elevarlo, pero el Gato Negro es corto y yo quiero volar más alto. Lo dejo fascinado volando el papalote mientras voy  a la tienda. En el camino decido comprar otro y regalarle a Teddy el amarillo. Me compro uno rojo con dragones y un par de carretes de hilo de coser.

Cuando llego está con un amigo que se me olvido el nombre. Se tratan de pelear por el papalote, pero les digo que compartan y jueguen los dos.

Al cielo los dragones con el nuevo hilo. Según mis pruebas en la tienda este se revienta fácil, pero era el más largo que había. Lo vuelo con mucho tacto, para que no se rompa, sintiendo la tensión en la yema de los dedos y dando hilo para amortiguar la fuerza de las ráfagas en las alturas. Me olvido de la técnica del jalonazo.

El viento es constante y es fácil ponerlos a volar. Los niños juegan con el amarillo y yo con el rojo, sentado en la arena seca para ver el precioso atardecer. Después de un rato lo vuelo acostado, por el dolor de nuca.

Revolotea a través de la penumbra hacia la oscuridad de la noche. Surca entre luna y estrellas mientras pasa un satélite dándole vueltas a La Tierra.

Me regreso caminando por la playa, paseándolo como a un perro que vuela por los cielos.

En la casa los geckos caminan por el techo del cuarto, patrullando patas parriba alrededor del bombillo cazando mosquitos. Hay dos abanicos, regleta, varios enchufes, una tele que no voy a usar, un excusado que jala bien, almohadas suaves, cobijas suficientes, alfombritas para entrar al cuarto y salir del baño y la luz alumbra suficiente para leer.

Afuera hay sillas y mesas, tendederos para poner a secar la ropa y una cocina adecuadamente equipada. Hay de todo, porque es una casa con habitantes permanentes.

Es el polo opuesto de algunos hoteles baratos, donde nadie se ha tomado la molestia de vivir en la habitación ni un día entero. De haberlo hecho se hubieran dado cuenta que los bombillos ahorradores que usan obligan a usar la linterna para poder ver algo en la noche, las sillas son insufribles, el escusado hay que jalarlo mil veces, el chorro de la ducha cae directo sobre el papel higiénico, el lavamanos gotea transformando el baño en un barreal que no tarda en invadir el resto de la habitación y que almohadas son inutilizables para cualquiera que pretenda poder mover el cuello al día siguiente.

Ah, las bellezas de hospedarse en una casa. Conseguir el desatornillador para arreglar la harmónica. Aceite para la cuchilla. Jabón y esponja para lavar la taza de café. Poder hervir agua para hacer café. Tener una tabla para cortar jengibre. Gozar de una cómoda para poner las cosas. Un perro para acariciar. Compartir con la familia. Gatos en el cielorraso…

Salgo un momento frente al mar para ver la luna creciente siguiendo al sol alrededor del mundo.

Cuando vuelvo, me lo encuentro.

Está viendo y acariciando la cuchilla que me prestó Beto. Esa fue la primera vez que me apareció. El Abuelo Silencio. Moreno de pescar toda la vida y con los ojos entre café y amarillo de agua de mar. A las nueve de la noche viste solo su sarong. Tiene una gran cicatriz café en la panza. Su pelo es blanco alrededor del viejo coco de su cabeza. Un aire de misterio lo rodea. Le sonrío, le hablo, y le hago gestos, pero nada. Solo se me queda viendo a los ojos fijamente y me da un poco de miedo. Decido romper el hechizo de sus ojos mientras puedo y sigo a la cocina donde tengo al fuego un té de jengibre. Cuando salgo ya no está y me siento a escribir.

Algo se mueve entre las matas…

Sale el susodicho y se me queda viendo un rato mientras escribo. Cometo el error de volverlo a ver y me atrapa otra vez con su mirada. Se me queda viendo a los ojos y no habla ni cambia su expresión. Mueve una mano mecánicamente como jalando cuerda, pescando en el inconsciente. Yo le hablo en inglés y lo poco que sé de Indonés y Balinés, pero no recibo ningún tipo de reacción.

Aumenta la tensión.

Su mirada se profundiza.

Silencio.

Siento que me está viendo el alma.

Creo que me odia.

Se da media vuelta y se va, caminando lento, como un fantasma en chancletas y justo antes de desaparecer me vuelve a ver y recibo un pequeño asentimiento con la cabeza, mientras se va casa adentro, a dormir, o a asustar otra gente, yo que sé…

Ladran los perros anunciando la llegada de los jóvenes que vuelven de la pesca nocturna, con cigarrillos en la boca y menos palabras que pescados, y pescados no vi ni uno.

Ladran los perros. Ladran por cualquier cosa y siguen ladrando por placer. Ahora sí que me siento en casa.

Buenas noches, desde el otro lado del mundo.