Monos ardilla

Suaves chillidos, los monos tití hablan en secreto mientras recorren el bosque cerca del mediodía.

Estos pequeños parecen ardillas en tamaño y ciertos comportamientos. No hacen mucho ruido y brincan por las más delgadas ramas, lo que les da un aire de ligereza. Son café caramelo por arriba y panza tirando a gris por abajo. Tienen una cola larga que termina en un cuarto oscuro casi negro que dejan colgar relajada casi siempre, pero la activan para los brincos. Su cara es color crema más clarito y todo su pelaje tiene un aspecto suave como la expresión en su rostro. Sus movimientos son ágiles y gráciles.

Andan unos veinte en este grupo, algunas madres llevan a sus crías, quienes se aferran fuertemente a su espalda. Madre e hijo combinados son si acaso del tamaño de la cría (en espaldas también) de la mona araña qué pasa braceando, colgando de eternos brazos y cola. Esta gigante pasa entre los titís sin preocupaciones y no más que un par de miradas casuales y a la vez curiosas.

El grupo sigue de rama en rama, caminando y saltando cortas distancias. Uno de detiene, revisa la parte de abajo de una hoja, agarra un bicho escondido y se lo come. Al frente llegan a una larga rama que termina solitaria en las alturas. Parece el final del camino pero los monos ni se inmutan. Sin dudarlo se lanzan al vacío estilo ardilla, con cría y todo, abriendo todas sus patas y la cola parece que no hace mucho pero ahí va, volando también. Suena un pequeño escándalo cuando el mono “aterriza” o mejor dicho “arboliza” en un aparente caos, agarrandose de lo que pueda en ramas que se doblarían con el reposo de un colobrí. Las ramas se doblan, hojas se arrancan, la cría se aferra…

Un ínfimo instante se estira por siglos.

Madre, rama y cría finalmente logran aferrarse al milagro de la vida y continúan su camino como si nada hubiera pasado. Un pájaro grande y oscuro sale volando de una sombra en medio de los monos, dejando la invisibilidad de su percha para ir a dormir en otra parte.

La zopilota

El sendero se ha puesto morado, cientos de flores han bajado de los árboles para compartir con nosotros y su dulce aroma me llena de alegría.

Esta alfombra de diminutas flores convierte mi día en un cuento de hadas… Y es que la magia está por todas partes, si abrimos los ojos, la mente y el corazón.

Sigo caminando descalzo hasta adonde el sendero cambia de piel y viste el café de la tierra con un toque más claro de hojas secas de palmera y de vez en cuando una joya de piedra de río.

Entre mar y jungla veo en el camino una pequeña culebrilla negra, pero sigo subiendo la mirada de la cola y sigue y sigue y sigue, haciéndose gorda y brillante por más de dos metros hasta adelgazar un poco justo antes de terminar en su cabeza manchada de amarillo claro. Se desliza lentamente, casi vagabunda disfruta el sol mañanero y en silencio desaparece entre la maleza sin dejar más rastro que el de mi boca abierta.

Piedra pelícano

En algún lugar del Sur hay una gran piedra negra, separada de terra firma por un cañón de aguas profundas. Una isla en medio del mar. Sus oscuras paredes emergen casi verticales del agua que sube y baja al ritmo de los latidos del océano.

A la distancia las olas se estrellan contra las rocas de la costa. Mar adentro una tormenta borra el horizonte.

Cangrejos negros con puntos blancos escalan por la línea de agua. Suben a lo seco solo para dejar sus exoesqueletos en los lugares más extraños, donde quedan como pálidos fantasmas aferrados al pasado. Lentos caracoles con redondas conchas espirales se deslizan por la roca con una paz ancestral. Arriba, la isla se torna canosa, confesando su eternidad y la infinidad de pelícanos que en ella han encontrado refugio.

En algún lugar del Sur está; Piedra pelícano.

Noche en maca

Sonrío tirado en la maca, calientito y cobijado.

Envuelto en la magia de la montaña leo bajo las estrellas y veo las nubes pasar.

Cierro los ojos y la vieja casa empieza a cantar…

Ver, Sentir

 “Caras vemos, corazones no sabemos…”

Es otro dicho seguramente mucho más profundo de lo que jamás he imaginado.

Superficialmente parece fácil de entender y muy cierto. Siempre lo he interpretado como que vemos la cara o “fachada” que las personas nos muestran, pero no sabemos sus verdaderas intenciones.

Ahora empiezo a creer que el corazón no se ve, se siente. La cara no siempre lo refleja y mientras sigamos enfocándonos en ver caras, difícilmente sabremos los corazones.

Tal vez, si dejamos de ver caras y empezamos a sentir, corazones sabremos…

Empezar

“Comer y rascar, todo es empezar.”

Eso me dijo Tía Cecilia una vez hace mucho tiempo y como la mayoría de los dichos de los abuelos, venía cargado de sabiduría.

Hoy me pregunto una vez más: ¿Por qué me cuesta tanto hacer lo que quiero?

Pienso en disciplina y me pongo a leer viejos escritos cuando de repente me acuerdo del dicho de Tía Cecilia. Me doy cuenta que aplica también para escribir, y posiblemente para todo…

¿Será, que todo es empezar?