Pescando historias

Todas las noches me voy con la caña al borde del mar.

A veces bajo la luz de la luna y a veces bajo las estrellas, a veces entre la niebla y a veces en la absoluta oscuridad.

Hay noches que los peces brincan por todas partes y otras tenebrosamente silenciosas.

Sea como sea tiro el anzuelo y espero paciente porque sé que nunca se sabe qué se puede sacar de las profundidades del mar.

Y es que mi caña es la pluma y la escritura es el mar, y lo que pesco…

No hay límites a lo que pueda sacar. Peces, sirenas y monstruos del fondo del mar. 

Luz de luna

Flotando en medio de la bahía sobre la tabla de surf disfruto el final del día y el principio de la noche.

En la oscuridad del agua brilla azul algo que nada debajo mío. En el cielo la silueta de un pelícano trasnochado pasa volando bajo la media luna. La blanca luz transforma todo al blanco y negro en una escala de grises fundamental que me devuelve en el tiempo.

De pronto me siento expuesto en la oscuridad. Ocurre un cambio de guardia en el que los seres del día buscan refugio antes de que salgan las bestias de la noche. Veo a mi alrededor y me doy cuenta que estoy muy solo, todos se han refugiado y yo sigo aquí. La tranquilidad aparente y el silencio pesan en una oscuridad que los depredadores no comparten conmigo. Poco a poco me siento cada vez más en presencia de ojos que ven mucho más que los míos. No veo, pero soy visto. Levanto la mirada y las estrellas me dicen que es hora de partir. Escucho el estruendo de las olas reventando en las piedras de la punta y me alisto para lo que venga.

Una sombra negra se levanta mar adentro y remo con todas mis fuerzas, me levanto y forzando los ojos bajo la tenue luz de la luna logro surfear la ola hasta la orilla. Pongo los pies en la arena y corro playa arriba, perseguido por las olas de un mar de oscuridad. Siento el gran alivio de salir de las profundidades del miedo y camino rápido hacia una luz que me espera en el sendero, donde tengo escondidos un foco y las chancletas.

Cambio de perspectiva

Hoy fui al mar varias veces y no logré lo que quería, pero aprendí algo mucho más valioso.

Tabla en mano y bloqueador puesto, iba listo para surfear, pero no me tocaba. Las condiciones no eran favorables, casi no había olas, mucha gente y demasiado viento. El mar me recetó en vez una clase de yoga para el alma y la sonrisa en mi corazón no me dejó duda, lo necesitaba más que surfear.

En la tarde regresé a la orilla pero había todavía menos olas y más gente. Esta vez el mar me sugirió trepar un árbol y desde el tope del viejo almendro de playa me deleité con una vista espectacular del horizonte. Una vista de águila de los mil colores del mar…

…Sopla el viento y me balanceo en el cucurucho que se mece bailando entre cielo y tierra. Me tambaleo por un momento en la mente y riéndome vuelvo al corazón.

Tal vez no todos los días se puede surfear, pero siempre se puede disfrutar.

Escribir

 

¡Qué aventura tan tremenda, tan tentadora, tan arriesgada!

Dejar la mente volar.

Ver cómo va, qué se le ocurre, y hasta dónde puede llegar.

Excavar hacia la luz en las profundidades del ser.

Documentar un viaje al centro de la mente.

Compartir los cuentos de una expedición al corazón.

Navegar el momento.

Entregarse a la deriva.

Jugar.

La voluntad divina de la vida.